viernes, 11 de junio de 2021

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 

CAPÍTULO  XLVIII

 

BUQUE  “CASTILLO DE ALMANSA”  -  2do.  EMBARQUE

 

 

Ya estábamos, definitivamente, sin bandera española, como se puede ver en el sello de caucho correspondiente al embarque.

 

 



Embarqué de nuevo en el ‘Castillo de Almansa, aunque, como antes indiqué, ya no navegábamos con la bandera española a popa, sino que era la de Bahamas.

 

Tanto el embarque como el desembarque lo hice en San Ciprian, y esta vez los viajes fueron mas variados. Cargamos bauxita, que descargamos en San Ciprian, Port Vesme (Italia), Aughinish (Irlanda), siempre en Port Kamsar (Guinea Conakry), y petcoque para Gijón, en el Golfo de Méjico.

 


 En este pequeño puerto de San Ciprian se puede distinguir un buque descargando bauxita en el único atraque existente en la factoría dedicada a la fabricación de aluminio.

 

En un momento determinado de una de las descargas que hicimos en esta campaña, tuvimos que parar porque se desencadenó un temporal que originaba una corrida del buque sobre el muelle, lo que hacía imposible que entrara la cuchara de la grúa sin peligro, ya que el buque se desplazaba de proa a popa con una corrida de más de treinta metros.

 

Como el temporal fue a más tuve que llamar a los remolcadores para que le empujasen por el costado exterior del buque, a fin de parar las corridas sin que se partiesen los cabos de amarre.

 

El temporal duró un par de días durante los que no faltó mucho para que los remolcadores tuviesen que marchar a repostar, pues comenzaron a quedarse sin combustible para el motor principal.

 

A la salida había sido instalado un aparato para medir la altura de las olas y, según me comentaron, hubo algunas de catorce metros de altura. Por el espigón de la izquierda saltaban las olas con tal fuerza que su contemplación era un verdadero espectáculo.

 

Dentro del puerto había cuatro pequeños barcos fondeados que habían entrado de arribada para refugiarse y esperar que pasara el temporal.

 

Una de las mañanas que estábamos con el temporal, Miguel Ángel Lourenzo, director de Alumina-Aluminio, me trajo un fax que me enviaba el Capitán Marítimo de Burela dándome instrucciones para que abandonara el puerto y saliese a la mar, para lo que alegaba motivos de seguridad.

 

Una vez leído le contesté que, si quería, que viniese él a sacar el buque, que mi mujer, mi perro y yo nos quedábamos en el muelle. Para que se comprenda un poco la situación: habíamos tenido que quitar la escala real, con lo que para subir al barco había que hacerlo por el costado del mar, utilizando una lancha y la escala de prácticos para subir.

 

Le comenté a Miguel Ángel que con esas olas era una locura dejar el puerto, ya que la maniobra había que hacerla con poca máquina, pues enfrente hay un par de islotes que, en el momento que saliésemos, el mar no permitiría la maniobra por no tener arrancada, y eso si que sería un peligro.  

 

Horas más tarde vino uno de los Prácticos, quién me dijo que “menos mal que me había negado”, pues a él también le parecía una locura salir de puerto con este tiempo pero que él no hubiese podido negarse.

 

No hubo más comunicaciones de la Capitanía, así que terminamos la descarga y aquí acabó esta anécdota.

 

Salimos para Port Kamsar. Mientras estábamos en el fondeadero interior esperando que terminase un barco del cargadero para pasar nosotros a cargar, me llamó por el VHF Miguel Ángel Lourenzo, que se encontraba allí, pidiéndome que diera una cena para una serie de personas que le habían atendido muy bien durante la visita que había realizado a las instalaciones, ya que no había ningún lugar donde poder hacerlo.

 

Le comenté que no había ningún problema y quedamos para un par de días después, para cenar a bordo, le pregunté que cuántos eran, respondiéndome que sobre unas diez personas.

 

El VHF es un sistema de radio que todo el que se encuentra en el mismo canal puede escuchar la conversación. Me imaginé que, aunque toda la conversación se había realizado en castellano, lo habrían escuchado todas las autoridades, por lo que, previniendo que se podían presentar, ordené que se preparase la cena para unas treinta personas.

 

Media hora antes de la señalada para la cena, empezaron a llegar las autoridades con sus correspondientes esposas, y cuando llegó Miguel Ángel con sus invitados me preguntó que quién los había invitado.

 


 Le conté como se había desarrollado todo y que ellos se habían apuntado, así que la cena se hizo para todos.

 

Yo me senté un el centro de la mesa; a mi derecha lo hicieron todos los invitados ‘negros’ y a mi izquierda los ‘blancos’.

 

A mi derecha tenía al Alcalde, y a la izquierda al Ministro de Minas Canadiense.

 

Una vez cenaron y se tomaron su correspondiente copa se levantaron y nos quedamos solamente los ‘blancos’.  

 

Se hizo la sobremesa cuando las autoridades locales se dieron por satisfechas y decidieron que ya estaban llenos. No sé qué religión profesaban, pero daba lo mismo: comieron de todo lo que se les puso sin preguntar nada, pues todo les gustaba.

 

Como dije antes, en este viaje estaba María José a bordo, y desde que salimos a navegar no dejaba de recordarme que en todos los puertos que tocásemos tenía que comprar un dedal para una amiga que los coleccionaba.

 

No le hice mucho caso, pero insistió tanto que bajamos a tierra, donde el comercio más grande que encontró fue una mesa de mala muerte con unos refrescos, jabón y algunas latas de conserva. En vista de ello desistió de buscar el dedal.

 

Salimos para Porto Vesme y aquí lo único digno de mención es la terminación de la descarga. Como el plan de las bodegas había que barrerlo para sacar toda la carga, y esta tarea era demasiado trabajo para los estibadores italianos, estos negociaron con los marineros del barco para que la hicieran ellos.

 

Todo esto, como es lógico, a través de mí, pero dejándo que ellos decidieran el dinero que querían cobrar. Así que, con independencia del dinero que ganaban, salíamos de puerto con las bodegas limpias, sólo a falta de un pequeño baldeo, evitando así el peligro que supone a veces abrir las escotillas de las bodegas con mala mar.

 

Hicimos un viaje al Golfo de Méjico y volvimos a Gijón. A la vuelta del viaje se puso enfermo un agregado, tenía fiebre y dolores en la parte derecha del bajo vientre, por lo que supuse que podía tratarse de apendicitis.

 

Contacté con el Centro Radiomédico de Madrid; me pidieron hacerle unas pruebas que confirmaron que era una apendicitis bastante avanzada.

 

Nos mandaron dirigirnos al puerto más cercano, en las Islas Azores, que estaba a más de tres días de navegación. De momento, era todo lo que se podía hacer, pero como no estaban muy seguros de que pudiese llegar sin tener más problemas, opté por una segunda solución.

 

Siempre habíamos pasado el telegrama Amver, era un formato para el Coast Guard Americano donde se pasaba la entrada y la salida de puerto, el destino y la carga y, cada tres días, la situación. Esto les servía para tenernos localizados por si podíamos asistir a algún buque en un momento determinado, como había sucedido años antes.

 

Por hacer esto nos prestaban una serie de ayudas, entre ellas la asistencia médica a los tripulantes en cualquier parte del mundo.

 

Actué como decían en sus instrucciones: contacté con el Coast Guard en New York, informándoles del problema, pero nada más decirle que era una emergencia médica me pusieron con un persona que hablaba perfectamente castellano para que pudiese explicarme mejor.

 

Me pidieron que contactara nuevamente con ellos un par de horas más tarde. Me indicaron entonces que a las 8 de la mañana del día siguiente estuviese en una situación determinada, y esperara nuevas instrucciones.

A la hora indicada estábamos parados, cuando se oyó el motor de un avión, que apareció y contactó con nosotros para indicarnos que nos preparásemos para recibir a bordo un equipo médico.

 

Soltaron unos cuantos paracaídas y comprobamos que venían dos médicos, dos ayudantes y un quirófano. Había olas de más de cinco metros, pero debían estar acostumbrados porque lo hicieron todo con mucha rapidez.

 

A bordo, instalaron todo en la enfermería, y una vez reconocido el enfermo me dijeron que pusiese rumbo a Azores, pues de momento no le operarían. Si fuese necesario –dijeron– lo harían, pero de no ser así preferían hacerlo en tierra que dispondrían de más medios.

 

No hizo falta operarle debido a toda la medicación que le dieron, ya que a bordo no teníamos nada para poder parar la infección unos días. Otra vez la efectividad en lugar de la burocracia.

 


 Este es el título que nos expidieron cuando se pasaron los barcos a bandera de Bahamas, así no teníamos problemas de compatibilidad entre nuestro título español y la nueva bandera del barco.

 

A la llegada a Gijón tuvimos que fondear por estar el muelle ocupado, y como hice siempre, en el exterior, pues prefería no hacerlo cerca de tierra ya que esta mar no es de fiar.

 

Había servicio de lancha, y en el relevo de las ocho de la tarde, Arturo Bertrand, que salía para ir a pasar la noche a casa en Oviedo, al ir a saltar a la lancha cayó al mar.

 

Yo estaba en el puente con María José y el Oficial de Guardia, cuando vi como caía. Reaccioné como un cohete, y aunque al costado junto a la lancha había dos personas, fui yo quien le tiró el aro salvavidas que siempre se tiene dispuesto para estos casos, y le retiré de la popa de la lancha para que no pudiese cogerle la hélice.

 

Gracias a Dios no pasó nada más que el susto y la mojadura, así que se cambió y se fue para casa. Poco después empecé a tener molestias en las palmas de las manos: las tenía con ampollas. Había bajado los seis pisos desde el puente a la cubierta sin tocar los escalones, sólo deslizándome sobre los pasamanos.

 

 El siguiente viaje fuimos a descargar a Aughinish, en la Bahía de Limerick, en Irlanda. Desde que habíamos dejado atrás las Islas Canarias, tuvimos un tiempo fatal, sobre todo los dos últimos días: las olas pasaban por encima del buque como Pedro por su casa.

 

A la llegada contacté con Prácticos y me dijeron que no podían salir fuera por el mal tiempo, y que, si quería, que entrara y me recogerían dentro de la bahía.

 

Así que para adentro, pues, como siempre he dicho, los únicos momentos en los que he mandado fueron cuando estaba de Capitán en un barco, ‘siempre y cuando no estuviese mi mujer’.

 

Una de las mañanas nos fuimos a Limerick, y a la vuelta llegamos un poco tarde para la comida y dejamos los pasaportes encima de la mesita de noche. Cuando después de comer fuimos al camarote, vimos que “Pepe”, nuestro perro, había hecho de ellos más de cien pasaportes; menos mal que desembarcamos en España y no nos hicieron falta.

 

Cuando fuimos a renovarlo le llevamos los restos, pues no estaban caducados, para demostrar lo que había pasado.

 

 

 

 

 

 

martes, 4 de mayo de 2021

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 


CAPÍTULO  XLVII

 

BUQUE  “CASTILLO DE ALMANSA”  -  1er.  EMBARQUE

 

 Durante las vacaciones se terminó la etapa de los buques con bandera española, y aunque muchos de los tripulantes nos habíamos resistido a pasar a otra bandera, a pesar de la indemnización que nos daban, al fin todos los barcos pasaron a bandera de Bahamas.


 

Embarqué en San Ciprián (Lugo), después de pasar por Bilbao, donde la empresa Ibernor se encargaba de la tripulación. Tuve que hacerme unos cuantos análisis, más que nada por asuntos de alcohol y drogas. Desde allí fui a embarcar al “Castillo de Almansa”, otro Panamax muy similar al anterior pero bastante más acondicionado.

 


     Aunque al principio hicimos un par de viaje con bauxita desde Port Kamsar (Guinea Conakri) a San Ciprián, el resto de la campaña fue muy parecida a la que realicé en el “Castillo de Arévalo”, con la diferencia de que me tocaban las vacaciones en New Orleans, para pasar el verano en casa; pero no solamente no me las dieron allí, sino que tuve que llegar hasta Hachinoe (Japón), prolongándose bastante el tiempo de embarque.

 

En el primer cargamento que hicimos en Port Kamsar se despistaron y sobrellenaron una bodega, por lo que no podíamos cerrarla. Me dijeron que una vez terminada la carga saliese a fondear, y que mandarían personal para trimarla (acondicionarla) con el fin de que la bodega se pudiese cerrar.

 

Sabía que presentar una carta de protesta era una tontería, por lo que me limité a decirles que mientras no arreglasen el problema no movería el barco del atraque, lo que les hubiese supuesto muchos retrasos con los barcos que estaban en espera. Tras muchas discusiones lo hicieron de muy mala gana, sobretodo cuando vieron que mi actitud era no moverme.

 

Atracamos en San Ciprián para realizar la descarga por la tarde, y como había muchos gallegos se llenó el buque de familiares. Sobre la una de la mañana me llamó el Segundo Oficial, Jaime Oñate (q.e.p.d.), porque se había puesto muy enfermo el Primer Maquinista. Por la forma de decírmelo supuse que la cosa era seria.

 

Enseguida fui a su camarote y nada más verle subí lo mas rápidamente que pude al puente y contacté con la terminal para que enviaran al médico de guardia: pensé que le había dado un ataque cardiaco. Tardaron muy poco en llegar, trataron de reanimarle pero no pudieron hacer nada.

 

Lo peor de todo es que la mujer y un hijo de unos siete años habían llegado hacía unas horas.

 

Tuve que realizar todo el papeleo, con el correspondiente parte a la autoridad, visita del Juez y muchas más cosas, y a las ocho de la mañana los familiares pudieron trasladar el féretro a El Ferrol, donde residían. Por la tardé asistí al entierro.

 

 A las nueve de la mañana me puse en contacto con la oficina en Madrid; se pusieron algo nerviosos preguntando si necesitábamos algo, aunque cuando les aseguré que todo estaba solucionado se quedaron más tranquilos.

 

Como he comentado antes, al no mandarme el relevo tuve que seguir viaje y llegar hasta Japón. La travesía del Pacífico y la llegada a Japón se hizo muy pesado, pues los pronósticos daban un tifón en aquella zona para la fecha de llegada; menos mal que pasó entre Japón y China y no nos afectó.

 

Al día siguiente hacía un tiempo malísimo de lluvia y viento. Nos habían avisado de que llegaban los relevos, entre ellos el mío. Tenía todo preparado, y a eso de las nueve de la noche, bajo una lluvia torrencial apareció Pablo de Prada, que era mi relevo, como siempre, voceando porque no habíamos previsto un tripulante para que le cogiera las maletas. Hice lo único que se podía hacer con Pablo: ni puñetero caso. Al rato, ya ni se acordaba, así que hicimos el relevo y me fui a dormir porque al día siguiente nos venían a buscar a las seis de la mañana.

 

Desde Hachinoe nos llevaron al aeropuerto de Morioka, y desde allí a Tokyo, donde estuvimos alojados en un Hotel pues hasta el día siguiente no volábamos.

 

Como tuvimos tiempo dimos unos paseos por Tokyo. Hubo dos cosas que me llamaron la atención, una de ellas un bar donde anunciaban tortilla española, y otro lugar, que me imagino que sería un bar, en el que en la puerta había un cartel que decía “Only Japanesse”, (sólo japoneses). Cierto es que son bastantes racistas, aunque a estas alturas esto es demasiado.

 

Como en el equipaje de mano llevaba un ordenador portátil, me hicieron encenderlo para demostrar que, efectivamente, no era otra cosa. Y así por todos los aeropuertos por los que pasé, hasta llegar a Málaga; menos mal que no se le agotó la pila y encendió siempre.

 

Cuando llegué a casa, como me habían fastidiado el verano, unos pocos días antes de que se me acabaron las vacaciones fui al médico alegando que había tenido un cólico nefrítico y que no me encontraba bien.

 

Hacía años había sufrido uno y expulsado una pequeña piedra, así que empezaron a hacerme pruebas. Cuando pedí la baja, el médico me preguntó que para qué la quería, indicándome que si me daba el dolor acudiese a urgencias. Tras argumentarle que era marino, no puso ninguna pega. Estuve  más de un mes de baja mientras me hacías radiografías, y al final me mandaron una prueba bastante desagradable, así que como ya habían pasado las navidades, pedí el alta y, gracias a Dios, hasta el momento no me ha vuelto a dar. Y que siga así.

 

Antes de incorporarme tuve que pasar por Madrid, pues al pasar el buque a bandera extranjera, y nosotros tener otro tipo de contrato, nos indemnizaron. Desde este momento empezamos a ser tratados como emigrantes, pues todo teníamos que hacerlo así y debíamos pagar nosotros, directamente.

 

Ya se empezaba a escuchar que había barcos donde sólo quedaban el Capitán y Jefe de Máquinas, españoles, y el resto de varias nacionalidades.   

 

 

 

 

sábado, 17 de abril de 2021

Gracias, Capitán de Bonis

 

El pasado día 9 de abril falleció nuestro compañero, colega y amigo Arturo de Bonis Macías.


Quisiera rendir homenaje a su memoria por su colaboración a este blog siendo el autor más prolífico y leído, habiéndonos regalado casi noventa espléndidos escritos.


Como lector y administrador del blog, agradezco –de todo corazón- el tiempo que nos dedicó animando este espacio y gratificándonos con reflexiones, comentarios y críticas sobre su larga experiencia en la mar.


Su colección de escritos refleja una época de la marina mercante en la que, en poco tiempo, se produjo una rápida transformación tecnológica que modificó profundamente la forma de vida a bordo; eran aquellos barcos en los que nos tocaron navegar a la mayoría de los componentes de este grupo, la última generación de marinos que dependió del sextante para llevar sus barcos a buen puerto.


A quienes no leyeron sus relatos aconsejo que los disfruten en este mismo blog y a los que sí lo hicimos decirles que también sería buena ocasión de ojearlos de nuevo porque ésa es su obra. Y es una obra escrita de forma sencilla, amena, didáctica, serena y con un punto de fino humor que, como decía nuestro amigo Dino López, “tiene algo que "engancha" y al mismo tiempo te llena y aún más recordando esos momentos puntuales que jamás se olvidan”.


Gracias, Arturo, por este legado y por haber sido mi amigo.


Donde estés te deseo toda la paz que mereces.



                                                                            Carlos Navarrete

jueves, 15 de abril de 2021

No es un adiós...

 Transcribo el escrito que dirige Marina de Bonis a la memoria de su padre para que sea publicado en nuestro blog.

 


No es un adiós…


El 9 de abril a las 5:30 de la madrugada partiste al puerto más cercano y pusiste rumbo...mar adentro…Las coordenadas sólo las sabes tú.


Te fuiste de mi mano con la tranquilidad absoluta marcada con fuego por mis palabras de los últimos meses. NO HAY NADA PENDIENTE, PAPÁ.


Te vas limpio en todos los aspectos, sin cargas emocionales…sin culpas…


Desde tu puesto de mando habrás podido observar cómo todos te despedían…Has dejado huella en todos los que te han rodeado a lo largo de tu vida.


No es un adiós…


Estarás en nuestro corazón guiándonos, queriéndonos, mostrándonos el camino a seguir.


Tu hijo Arnaud de Bonis quería que te llegaran unas palabras antes de adentrarte en alta mar.


“Un grand merci pour tous ces bons moments passés ensemble depuis que nous nous sommes retrouvé.

Lui dire, merci d´avoir eu la patience d´attendre que je revienne vers lui et ce grâce a toi Marina et la famille de Sophie. Lui dire combien j´ai eté touché par son infaillibilite dans notre relation et celle de Solène, Louis et Armance. Nous nous sommes retrouvés tardivement mon seul regret est de n´avoir pas sur lui donner plus, mais qu´a partir du moment ou nous nous sommes retrouvés je l´ai aimé en tant qu´homme qu´il etait et avait eté… aujourd´hui  l´une de pages de notre histoire de famille singulière se tourne, ceux qui sont tristes et souffrent sont ceux qui restent, lui a rejoint Greta, hereux de ça sans doute… Reposes en paix papá”

Has dejado en tierra muchos corazones que te lloran…pero todos nos volveremos a encontrar contigo en esas coordenadas tan secretas.


No es un adiós…

Has sido testigo en primera fila de la buena voluntad que todos queríamos que se produjera…El amor puede con todo.


No es un adiós…

Todos seguimos hablando y lamentando que nos hayas dejado…pero era tu voluntad emprender este último viaje cuando las aguas se calmaron.


Miguel Santos lamenta no haber pasado más tiempo contigo. Esta maldita pandemia…ha hecho que las familias estén completamente aisladas. Yo por ser tu hija he tenido el gran honor y suerte de poder estar a tu lado para llevarte al puerto de donde debías partir.


Con amor te recordaremos todos…Hijos y parejas…nietos y parejas…sobrinos y parejas…el bisnieto seguro que te conocerá a través de fotos…amigos del desguace…Marítima del Norte…Maristas…y todos los compañeros del Residencial de Puerto de la Luz.


BUEN VIAJE…ESPERO QUE EL PARAISO TE ABRA SUS PUERTOS.


                                                                            Marina de Bonis

martes, 26 de enero de 2021

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 

CAPÍTULO  XLIV

 

BUQUE  “CASTILLO DE MONTERREY”  -  10º  EMBARQUE

 

 

De nuevo a los cementeros, en esta ocasión al ‘Castillo de Monterrey’. Embarqué en Valencia y desembarqué en Port Everglades (Estados Unidos), con cemento para USA y grano o petcoque para España. Fue la última campaña en estos barcos, pues se vendieron a una empresa griega.

  

Desde que empezamos a llevar cemento a Florida, siempre tuvimos a Philemon como consignatario, primero en Eller & Co. y, más tarde, independientemente, como Usa Maritime Interprises Inc.. Siempre tuve muy buena relación con él, pues era un hombre práctico y solucionaba problemas, algo que es muy importante en este mundo.

 

Cuando salíamos a tomar una copa, normalmente al Carlos&Pepe, muy cerca del puerto, o a comer, me daba las llaves del coche, pues sabía que yo me tomaba una cerveza y pasaba de la segunda, lo que él nunca hacía ni a la segunda ni a la tercera. Bebía vino blanco, Chablis, y no tenía freno. Paco Thalamas decía que cuando nació le pusieron el arranque, pero no la parada.

 

Cogía unas cogorzas de campeonato, así que lo acompañaba a casa y me llevaba su coche. Lo que más me llamaba la atención de este hombre era su poder de recuperación: en menos de dos horas estaba listo para trabajar o para beber de nuevo.

 

A bordo nunca le permitía tomar más de una copa de vino, y por eso salía con él, pues siempre tenía ganas de más. Era conocido por todos y le apreciaban muchísimo. No volví a saber de él después de este viaje. Le deseo lo mejor, pero dudo que al ritmo de copas que llevaba pudiese durar mucho, a menos que se conservase en alcohol.

 

Desde que embarqué en Valencia se sucedieron las visitas de Elías Zanavaras (griego), inspector de una compañía, también griega, que quería comprar los cementeros.

 

Durante la estancia en España estuvo a bordo reconociendo el buque. Se pasaba el día con el Jefe de Máquinas y conmigo preguntándonos por todo y tratando de averiguar por qué se vendían, si eran barcos problemáticos, por viejos, o por cualquier otro motivo.

 

Cuando llegó el momento de salir me avisó de que, durante la descarga y carga en Estados Unidos, iban a venir unos buzos para inspeccionar el casco. Estuvieron estos durante la descarga de cemento, pasando finalmente un informe en el que se aseguraba que el casco estaba en perfectas condiciones.

 

No contento con ello, en el puerto de carga, en Texas City (USA), volvió a enviar buzos, pues no debió confiar demasiado en los primeros. El informe fue el mismo, ya que, efectivamente, el buque estaba en excelentes condiciones. Los espesores de las planchas eran mayores de los especificados en planos, lo que ya nos dio problemas a la salida por las mil toneladas de Peso Muerto extra que metieron en Astilleros al no tener planchas del grosor especificado.   

 

Volvimos para España sabiendo que prácticamente se habían vendido los cementeros, y como fuimos a descargar a Alcanar, me puse en contacto con el departamento de la empresa responsable del aprovisionamiento de los buques, pues teníamos muchas provisiones a bordo y era una pena que se quedaran, ya que por ellas no pagarían nada.

 

Me dijeron que iban a enviar un camión frigorífico para recogerlas (unos catorce millones de pesetas) para enviarlas a otros buques de la empresa.

 

Hicimos la descarga, limpieza del buque y, posteriormente, la carga en Alicante de donde, al final, salimos con las mismas provisiones con las que habíamos entrado. Era el Estado y se miraba poco por algún tipo de gasto, aunque por otros pusieran muchas pegas.

 

En Alicante hicimos la última carga de cemento y para celebrarlo hicimos una comida en el Club Náutico, donde nos pusimos las botas: unos buenos entremeses, paella y champagne. Participamos todos los oficiales menos los de guardia y fue como una pequeña despedida, pues nos mantuvimos mucho tiempo oficiales a los que sólo mandaban a los cementeros.

 

Uno de los días que estábamos cargando en Alicante me llamó el Primer Oficial por el walkye para decirme que José Luis le había informado de que iban a parar unas horas por la tarde. Como no me sonaba el nombre le pregunté que quién era José Luis, y por debajo se oyó: –dile que soy Vicente.

 

Desde 1982, once años antes, que comenzamos a cargar Cemento de Valenciana de Cementos, en Alicante, le venía llamando Vicente, así que le dije que cómo no me lo había dicho, a lo que me contestó que “como me veía tan convencido, para qué me lo iba a decir”.

 

Esto es un gran problema mío, pues no suelo acordarme de los nombres, y a veces he pasado verdaderos apuros por no recordar el nombre de las  personas a las que trataba usualmente.

 

En Alicante embarcaron personas de la Compañía que iba a comprar el buque: Elías Zanavaras, El Jefe de Máquinas, el Primer Oficial y el Electricista, estos tres últimos ucranianos.

 

Durante todo el viaje estuvieron poniéndose al tanto de cómo funcionaba el buque, mientras Elías seguía con sus preguntas al Jefe de Máquinas y a mí. Por las noches solía venir a mi despacho para tomar una copa y seguir con las preguntas, pues no comprendía cómo se vendía el barco estando en tan buenas condiciones.  

 

Un par de noches antes de llegar a Florida le pregunté, por curiosidad, que cuánto iban a ofrecer por el buque, pues ya habían tomado la decisión de comprarlo, y me comentó que traía un fax para sus jefes en el que recomendaba que se pagasen mil millones de pesetas.

 

Desde que salimos de Alicante le vine diciendo al cocinero que toda la provisión que teníamos a bordo había que comérsela para dejarle lo mínimo a los nuevos armadores, así que todas las tardes asábamos un cordero en la popa, a las brasas, que regábamos con sangría y cerveza. Desde luego, estas comidas fueron las mejores en mucho tiempo.

 

Como se iba a entregar el buque, al firmar los papeles no había que dar cuenta a Madrid ni de comida ni de bebidas, así que traté de que se consumiese todo durante este viaje.

 

Como tuvimos mucha relación con los ucranianos, me enteré de que el sueldo del Jefe de Maquinas era de dos mil quinientos dólares, y de dos mil el del Primer Oficial y el del Electricista. Un día, el Primer Oficial ucraniano me pidió permiso para llamar a su casa por el teléfono vía satélite, pues quería que su mujer comprara su casa, que era de alquiler, le pregunté que cómo era el piso, respondiéndome que era una casa entera con tres plantas.

 

Fue a principios de que se terminase todo en la URSS y tenían un nivel de vida bajísimo, pues con dos mensualidades de dos mil dólares Usa pudo comprar la casa.

 

En Florida les llamó mucha la atención cómo estaban los supermercados, donde podían comprar todo lo que quisiesen. Así, pues, compraron muchos kilos de café que, por lo visto, no debían tener en Ucrania.

 

Cuando vino la tripulación completa en Port Everglades, a los oficiales nos regalaron una lata de caviar y una moneda de un rublo de plata. Quizás fue por las comidas que hicieron a bordo, como más adelante comentaré.

 

El primer viaje que hicimos con cemento a Port Everglades, ya comenté que tomé los calados con el Surveyor, Lucas, y que éste siempre tiraba para abajo o para arriba, según le interesase. En este viaje, una vez terminada la descarga en Port Cañaveral, me dijo muy serio que si podía hacerme una pregunta, respondiéndole sin titubear que sí, aún sin saber a qué se referiría.

 

Me dijo que de los Capitanes que habíamos pasado por los cementeros, conmigo había sido con el único que siempre había dado carga de más, y que no sabía por qué.

 

Me remití entonces al primer viaje y a su manera de proceder en la toma de los calados, así que subimos al puente donde le mostré la piscina del buque, argumentándole que entraba con ella llena y que durante la estancia en puerto la vaciaba.

 

Esto suponía cincuenta toneladas, y si descargábamos en dos puertos eran cien; y en el caso de ir a Tampa como tercer puerto, serían ciento cincuenta. De esta forma me daba igual que tomase los calados a su manera, pues sabía que nunca iba a faltarme carga.

 

 El hombre se fue bastante jodido, pero la verdad es que había sido siempre una ‘mosca cojonera’ a la que, en alguna ocasión, había mandado ‘más lejos’ por meterse donde no le llamaban.

 

Una vez terminada la descarga salimos a fondear y a realizar la limpieza de las bodegas, ya que en ese momento se haría la venta y la consiguiente entrega del  barco.

 

Cuando estuvo terminada, quedamos en que al día siguiente se realizase la venta en el Consulado Español en Miami, y por ello tuve que salir del buque a primera hora, con toda la documentación, y también porque en ese momento se realizaría el cambio de tripulación. Hubo que hacerlo en varios turnos pues la lancha tenía permiso sólo para diez pasajeros.

 

Mientras esto se realizaba, en el Consulado se daba curso a todo el papeleo que llevaba la venta. Primero tuve que entregar la documentación secreta de la OTAN que llevábamos para caso de guerra, y una vez comprobados precintos, sellos y demás, se procedió a la venta del buque.

 

Había dos representantes de Elcano (vendedores) y otros dos de los compradores, uno de ellos Elías Zanavaras. El Cónsul leyó todas las cláusulas, llamándome mucho la atención cuando dijo el precio de venta, que se estipulaba en quinientos millones, sustancial diferencia con lo que había pasado Elías por fax unos días antes, pero como no me interesaba seguí con la firma de los papeles y así terminó la venta.

 

A la vuelta a Port Everglades ya había desembarcado toda la tripulación y nos fuimos al hotel. No se por qué razón tuvimos que estar unos días de espera antes de coger el avión, tal vez por motivo de los billetes, pero lo cierto es que no lo supe.

 

Me comentó el Primer Oficial que cuando embarcaron los ucranianos, lo primero que hizo la cocinera al ver los filetes que había partido nuestro cocinero para la comida de ese día, fue coger un cuchillo y partirlos en tres trozos. Me imagino que los que estuvieron con nosotros el último viaje se acordarían de las comidas que habían tenido a bordo.

 

Como es lógico, cuando se hizo la venta del buque tuve que guardar toda la documentación que debía poner a disposición de Elcano, para ello tuve que comprar unas maletas donde transportarla y llevarlas a las oficinas en Madrid. Comento esto por lo que me ocurrió unos días después.

 

En estos días tuvimos dos comidas, una de ellas la del día de la Virgen del Carmen, Patrona de la Marina, que se celebraba en los barcos, así que aunque tuve que pagarla yo, más tarde pasé la factura a Madrid, dándonos una buena mariscada para celebrar el día y el fin de esta etapa de la que todos teníamos unos gratos recuerdos.

 

La otra comida nos la dieron los Agentes Generales de Elcano en Estados Unidos, Fillete Green and Co., de New Orleans. Se trasladaron dos personas hasta Port Everglades y Usa Maritime Interprises Inc., Agentes de Port Everglades, Philemon, y aunque invitaron a los principales de Rinker Material Corporation, que fueron los receptores del cemento durante todos estos años, no tuvieron la delicadeza de presentarse ni de excusarse ninguno de ellos. Como tuve que pronunciar unas palabras a la finalización de la comida, dí las gracias a los presentes por todas las atenciones recibidas en estos años y les pedí que enviaran una nota a los de Rinker haciéndoles notar su ‘mala educación y falta de principios’.

 

Algo más que, a petición de los Agentes, me tocó hacer esos días, fue la traducción al inglés de los planos del buque, para poder legalizarlos, algo que, aunque me costó bastante trabajo, hice muy a gusto.

 

Como se puede suponer, cuando los marinos embarcamos llevamos ropa para invierno y para verano, por ello vamos siempre al límite de peso en los aviones. En esta ocasión, además de mis pertenencias llevaba toda la documentación del buque, que eran otras dos maletas. Al sacar la tarjeta de embarque y facturar las maletas había sobrepasado en mucho el límite de kilos.

 

La señorita que me atendió en el mostrador, lejos de poner pegas me pidió que esperase al final para que no tuviese que pagar exceso de equipaje, pues pasaría de los mil dólares, y la verdad es que no sé por qué.

 

No hubo forma de hacerle comprender que me daba igual pagar este dinero, y que lo que quería era que facturasen mis maletas para quedarme tranquilo; al final se salió con la suya y no tuve que pagar, pero me tuvo esperando más de media hora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 17 de enero de 2021

Revista de Seguridad de la Empresa Naviera Elcano S.A

 El Capitán Garcés nos ha facilitado información de la revista de seguridad enunciada, confirmando que ha obtenido la autorización adecuada para su divulgación en este blog.


El coordinador de la revista es Carlos de Oyarbide Piriz.


Pulsando sobre el enlace se entra directamente a la revista:

domingo, 20 de diciembre de 2020

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 

CAPÍTULO  XLIV

 

BUQUE  “CASTILLO DE MONTERREY”  -  9no.  EMBARQUE

De nuevo a los cementeros, al ‘Castillo de Monterrey’. Embarqué en Alcanar y desembarqué en New Orleans (Estados Unidos), con cemento para USA y grano o petcoque para España, aunque en Lower Buchanan (Liberia), cargamos mineral de hierro.



Fue una buena estancia; nada más llegar el buque a puerto le hice el relevo al Capitán e hicimos una descarga de carbón y, luego, una carga de cemento, por lo que estuvimos en total unos quince días. Estaba María José conmigo y nos pasábamos el día en la playa, saliendo por la noche a dar una vuelta por San Carlos de la Rápita.


 Lo que mejor recuerdo de esta campaña fue la huelga de tres días que hicimos en Port Cañaveral; estaba previsto que una vez se terminaran las operaciones en puerto el barco entraría en una huelga de setenta y dos horas, así que a la llegada se lo comuniqué al Consignatario y éste hizo lo propio con las autoridades.


 Enseguida se presentó el ‘Sherif’ para comunicarme que no había ningún problema en relación a la huelga, pero que si el atraque se necesitaba, deberíamos sacar nosotros el barco o lo harían ellos. Como siempre, prácticos y resolutivos.


 Hicimos la huelga y, como no se necesitó el muelle, estuvimos los tres días; me tocó hacer una guardia, pero el resto del día lo pasé haciendo papeles e informando de los derechos y obligaciones de cada uno.


 Como las necesidades del buque tenían que estar cubiertas, tuve que informar a la tripulación que el que estaba en huelga no cobraba y perdía una serie de derechos, pero que la adhesión a la huelga era voluntaria, por lo tanto, aquellos que no estuviesen a favor de la huelga serían los que montarían las guardias, y que si no había suficientes tendría que coger a algunos más de la tripulación.


 Como siempre suele ocurrir, había un listo asegurando que la huelga era obligatoria, por lo que tuve que insistir en que era voluntaria y que cada uno decidiría lo que quisiese, sin ningún tipo de coacción.


 Como faltaba personal para cubrir las guardias, el resto de la tripulación necesaria se hizo por sorteo; fue una de mis mayores alegrías, ya que los dos cabecillas salieron en las bolas y tuvieron que trabajar los tres días. No tuve que ver nada en el sorteo, pero creo que fue bastante justo que salieran ellos por tratar de coaccionar a los demás.


 Desde Port Cañaveral fuimos en lastre (sin carga) a Lower Buchanan (Liberia), había un cargadero de mineral de hierro y con este cargamento daban por finalizadas las operaciones pues el yacimiento se había agotado.


 Conforme nos íbamos acercando a la entrada del pequeño puerto donde se cargaba el mineral, subieron a bordo el Práctico y dos más de uniforme.


 Le dijeron al alumno que inmediatamente fuese el Capitán a su despacho, pues estaban esperando los oficiales del Coast Guard, les dije que esperaran, y al alumno que no se moviese de donde estaba, y que aguardase hasta que yo pudiese ir a mi despacho.


 Cuando terminó la maniobra y pude bajar, les pregunté si querían ver la documentación, a lo que me respondieron que no, y que querían una caja de tabaco y otra de whisky, para cada uno.


 Empezó la discusión, pero mientras estos no salieran no dejaban entrar al siguiente, que era el de Sanidad, así que tras una acalorada discusión, al final se conformaron con un cartón de tabaco y una botella de whisky, cada uno.


 Enseguida entró el de Sanidad, que fue directamente a la cocina a inspeccionar la gambuza y los frigoríficos. Se metió en la cámara de la carne y empezó diciendo que había mucha carne en mal estado. La carne estaba congelada y había de todo tipo, toda ella congelada, medias vacas, patas, cerdos, corderos y mucha más suelta.


 Decía que dos medias vacas estaban en mal estado y que había que desembarcarlas, por lo que empezó otra vez la discusión, al final hubo que darle una pata de una vaca, que se echó al hombro, desembarcó, la puso al lado de su coche, sacó un hacha, la hizo pedazos y se dedicó a venderla a los que se habían acercado; y eso que estaba en malas condiciones.


 Después subieron los de Aduanas. Estos preguntaron que dónde estaban las bebidas y el tabaco, y se fueron directamente allí. Cogieron una caja y se dedicaron a meter cosas en ella: botellas de whisky, ginebra y cartones de tabaco; detrás estaba el Tercer Oficial, Rogelio Godoy, que iba sacando cosas que me daba a mí, y yo al cocinero que las devolvía a su sitio, así que no se llevaron muchas cosas.


 Siguió Inmigración, Policía y una serie de departamentos que no había oído nombrar en mi vida, pero que todos se llevaban algo, aunque tratamos de que fuese lo mínimo posible.


 Por fin pudo entrar el Consignatario y empezar la carga. Nos informó que era un lugar peligroso y que sería muy prudente que pusiésemos guardias a bordo, por lo que se encargó de esta tarea. Vinieron unos diez o doce, que estuvieron todo el tiempo a bordo donde les dábamos de comer. Aunque no tenían armas, venían con tirachinas, y utilizaban mineral de hierro como proyectiles. Lo hicieron de maravilla pues no dejaban que nadie se acercase a menos de cincuenta metros del costado del buque, so pena de ser acribillado con los tirachinas, que usaban con gran maestría.


 Algo de lo que también nos advirtió el Consignatario fue que la bandera debía arriarse a las seis de la tarde, ni un minuto más ni uno menos, y tanto la española como la liberiana, ambas al mismo tiempo, pues estaban pendientes de ello para multar al barco. Se podía intuir que no tenían posibilidad de hacer más dinero, pues no había más material para exportar y se habían acabado los buques.   

 

  De vuelta a España, estuvimos hablando con el otro buque cementero cuyo Capitán era Luis Domínguez. Nos comentó éste que, mientras estaban subiendo el Río Mississipi, una vez rebasado New Orleans, con el aguaje que levantaba el buque navegando se habían soltado unas cuantas decenas de gabarras con grano, que habían estaba navegando sueltas río abajo, por lo que los remolcadores tuvieron un gran trabajo para volver a recogerlas, así como que le habían echado la culpa a él; al final no pasó nada, pues, como es lógico, la culpa fue de los gabarreros que las habían dejado mal enganchadas, pero el mal rato que pasó no se lo quita nadie.