domingo, 15 de agosto de 2021

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 

CAPITULO XLIX

BUQUE “CASTILLO DE ALMANSA” - 3ro. EMBARQUE


Volvieron a enviarme al ‘Castillo de Almansa’. Embarqué y desembarqué en San Ciprián, aunque en el desenrole pone Port Kamsar.



Desde que pasamos a bandera de conveniencia variaron los contratos de los todos los tripulantes, pues ahora en el sueldo se fijaban unas horas extra fijas que eran remuneradas tanto se hiciesen como si no; no era una mala solución, pero desde Elcano se empeñaron en que fuera mala.


Nada más embarcar se nos exigió que hiciésemos trabajar más horas a los tripulantes, para mantenimiento del buque, por supuesto sin pagárselas, y como se especificada en los contratos, estas horas debían hacerse cuando fuesen necesarias para maniobras, emergencias, etc., pero no como querían los inspectores, que seguían siendo de Elcano.


A cuenta de ello tuve varias discusiones, y en una de ellas le dije a un inspector que si quería que fuese él a explicárlo ya que los argumentos que me daban me parecían escasos y faltos de profesionalidad.


Como comenté antes, aunque todavía éramos todos españoles en este buque, había algunos en los que sólo dejaron al Capitán y al Jefe de Máquinas español, el resto, de varias nacionalidades.


Como no me plegaba a sus requerimientos, a principios de agosto me mandaron a casa en expectativa de embarque, y así estuve hasta finales de Septiembre; de ahí que en el desenrole y en Port Kamsar figure esta fecha, ya que los días de mar no me vendrían nunca mal para mi jubilación.


Me llamaron a Madrid y me comentaron que como el puesto de Capitán era de confianza del Armador, que podía seguir navegando con el mismo sueldo, pero con otra categoría, o acogerme a lo que teníamos firmado e indemnizarme dejando la Compañía.


Opté por lo segundo y me vine a casa, dando por terminada mi vida en los barcos, aunque no con ellos pues seguí, y sigo, vinculado.


Solo quiero añadir que, como siempre, los sindicatos, sean del tipo que sean, no hicieron más que su conveniencia. No es que en este caso los necesitase, pues pude valerme por mí mismo, pero los representantes del personal que quedaba de la Empresa Nacional Elcano, que seguían navegando en banderas de conveniencia, lo hicieron muy bien, pero para ellos.


Cobraban lo mismo que navegando, en su casa, por no dar la cara ni enfrentase a la empresa en ningún caso, y además, con dietas y gastos para visitar los barcos y seguir engañando al personal.


Cuando llegué a Elcano no comprendía la actitud de los oficiales, pues los encontraba a todos con una apatía fuera de lo normal, por eso siempre que tenía ocasión y necesitaban oficiales, los pedía nuevos. Poco a poco me fui dando cuenta y obrando de la misma forma.


Tenía mas valor en la Central el comentario de cualquier tripulante que la palabra de un Capitán o un Jefe de Máquinas, así que ‘puse pies en polvorosa’ y di por terminada esta relación.

Los Capitanes teníamos que informar de cada tripulante cuando desembarcaba. Intenté desde el principio que mis informes fuesen lo más exactos posibles, pero con el paso de los años, al ir dándome cuenta de cómo funcionaba, decidí darle los informes al Primer Oficial y limitarme a firmarlos. De todas formas no creo que sirviesen para mucho, ya que en algunas ocasiones mandé informes de algunos oficiales y pude observar que volvían los que tenían los peores informes.


Escuché muchos comentarios respecto a tripulantes que embarcaban donde querían, y a través de una serie de favores, pero como son comentarios y no puedo confirmar nada, me limito a hacer el comentario. Quizás sea más el ruido que las nueces, pero los había de muchos tipos.


Así se terminan casi 14 años de relación: fui indemnizado con la cantidad que teníamos pactada, y ‘si te he visto no me acuerdo’. No es que tenga malos recuerdos, comprendo que era mucho más rentable para la empresa pagar dos mil quinientos dólares a un ucraniano, que siete mil a un español; el negocio es el negocio y lo demás no importa, mucho menos las personas.


Después de acabar en Elcano, tuve la oportunidad de entrar en una empresa estibadora en Málaga, donde permanecí hasta finales del año 2001 en que me jubilé.


En estos años pasados en Opemar, nunca tuve añoranza del mar, quizás porque seguía en contacto con él, o porque me sentía algo defraudado.


Ahora que han pasado los años a veces me pongo a pensar si acerté volviendo a la mar o de haber seguido en tierra hubiese sido mejor la vida.


Por ello, espero que tanto mi mujer como mis hijos hayan sabido aceptar la vocación de su padre, pues cuando era joven, al llevar unos años en tierra si sentía nostalgia de mi profesión.


En el tiempo que pase navegando las personas que mas pena me dieron, fueron aquellas que habían estudiado esta carrera equivocadamente, ya que se les notaba y en ocasiones hacían la convivencia a bordo muy difícil y a veces poniendo en peligro la vida de los demás.


Este tipo de personas que lo único que deseaban era un puesto en tierra han sido los que mas daño han hecho a la marina, pues una vez conseguido este puesto sólo han luchado por no perderlo. Espero que el daño que han hecho alguien se lo reclame alguna vez.


Durante el tiempo que estuve esperando hice algunos cursos:










Y mientras estuve de Director en Opemr, también hice otros cursos:






Desde mi jubilación he intervenido en algunos casos como Comisario, Surveyor, o bien asistiendo a Capitanes. También suelo dar algunas charlas en las Jornadas sobre Gestión Portuaria, Marítima y Aduanera, que se realizan todos los años en Málaga.


Con esto termino con mis ‘Recuerdos’, esperando que aquellas personas que lo lean pasen un rato agradable. Bueno, un rato largo, y que las que menciono no se sientan ofendidas pues nunca ha estado ello en mi ánimo.


Un recuerdo a todos los familiares que no han podido leerlo por no estar entre nosotros, y a los que podáis leerlos hacerlo con el mismo cariño con el que yo lo he escrito.


Termino un año después de haberlo comenzado, en Torremolinos igualmente, y no creo que me queden ganas de escribir nada más.









viernes, 11 de junio de 2021

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 

CAPÍTULO  XLVIII

 

BUQUE  “CASTILLO DE ALMANSA”  -  2do.  EMBARQUE

 

 

Ya estábamos, definitivamente, sin bandera española, como se puede ver en el sello de caucho correspondiente al embarque.

 

 



Embarqué de nuevo en el ‘Castillo de Almansa, aunque, como antes indiqué, ya no navegábamos con la bandera española a popa, sino que era la de Bahamas.

 

Tanto el embarque como el desembarque lo hice en San Ciprian, y esta vez los viajes fueron mas variados. Cargamos bauxita, que descargamos en San Ciprian, Port Vesme (Italia), Aughinish (Irlanda), siempre en Port Kamsar (Guinea Conakry), y petcoque para Gijón, en el Golfo de Méjico.

 


 En este pequeño puerto de San Ciprian se puede distinguir un buque descargando bauxita en el único atraque existente en la factoría dedicada a la fabricación de aluminio.

 

En un momento determinado de una de las descargas que hicimos en esta campaña, tuvimos que parar porque se desencadenó un temporal que originaba una corrida del buque sobre el muelle, lo que hacía imposible que entrara la cuchara de la grúa sin peligro, ya que el buque se desplazaba de proa a popa con una corrida de más de treinta metros.

 

Como el temporal fue a más tuve que llamar a los remolcadores para que le empujasen por el costado exterior del buque, a fin de parar las corridas sin que se partiesen los cabos de amarre.

 

El temporal duró un par de días durante los que no faltó mucho para que los remolcadores tuviesen que marchar a repostar, pues comenzaron a quedarse sin combustible para el motor principal.

 

A la salida había sido instalado un aparato para medir la altura de las olas y, según me comentaron, hubo algunas de catorce metros de altura. Por el espigón de la izquierda saltaban las olas con tal fuerza que su contemplación era un verdadero espectáculo.

 

Dentro del puerto había cuatro pequeños barcos fondeados que habían entrado de arribada para refugiarse y esperar que pasara el temporal.

 

Una de las mañanas que estábamos con el temporal, Miguel Ángel Lourenzo, director de Alumina-Aluminio, me trajo un fax que me enviaba el Capitán Marítimo de Burela dándome instrucciones para que abandonara el puerto y saliese a la mar, para lo que alegaba motivos de seguridad.

 

Una vez leído le contesté que, si quería, que viniese él a sacar el buque, que mi mujer, mi perro y yo nos quedábamos en el muelle. Para que se comprenda un poco la situación: habíamos tenido que quitar la escala real, con lo que para subir al barco había que hacerlo por el costado del mar, utilizando una lancha y la escala de prácticos para subir.

 

Le comenté a Miguel Ángel que con esas olas era una locura dejar el puerto, ya que la maniobra había que hacerla con poca máquina, pues enfrente hay un par de islotes que, en el momento que saliésemos, el mar no permitiría la maniobra por no tener arrancada, y eso si que sería un peligro.  

 

Horas más tarde vino uno de los Prácticos, quién me dijo que “menos mal que me había negado”, pues a él también le parecía una locura salir de puerto con este tiempo pero que él no hubiese podido negarse.

 

No hubo más comunicaciones de la Capitanía, así que terminamos la descarga y aquí acabó esta anécdota.

 

Salimos para Port Kamsar. Mientras estábamos en el fondeadero interior esperando que terminase un barco del cargadero para pasar nosotros a cargar, me llamó por el VHF Miguel Ángel Lourenzo, que se encontraba allí, pidiéndome que diera una cena para una serie de personas que le habían atendido muy bien durante la visita que había realizado a las instalaciones, ya que no había ningún lugar donde poder hacerlo.

 

Le comenté que no había ningún problema y quedamos para un par de días después, para cenar a bordo, le pregunté que cuántos eran, respondiéndome que sobre unas diez personas.

 

El VHF es un sistema de radio que todo el que se encuentra en el mismo canal puede escuchar la conversación. Me imaginé que, aunque toda la conversación se había realizado en castellano, lo habrían escuchado todas las autoridades, por lo que, previniendo que se podían presentar, ordené que se preparase la cena para unas treinta personas.

 

Media hora antes de la señalada para la cena, empezaron a llegar las autoridades con sus correspondientes esposas, y cuando llegó Miguel Ángel con sus invitados me preguntó que quién los había invitado.

 


 Le conté como se había desarrollado todo y que ellos se habían apuntado, así que la cena se hizo para todos.

 

Yo me senté un el centro de la mesa; a mi derecha lo hicieron todos los invitados ‘negros’ y a mi izquierda los ‘blancos’.

 

A mi derecha tenía al Alcalde, y a la izquierda al Ministro de Minas Canadiense.

 

Una vez cenaron y se tomaron su correspondiente copa se levantaron y nos quedamos solamente los ‘blancos’.  

 

Se hizo la sobremesa cuando las autoridades locales se dieron por satisfechas y decidieron que ya estaban llenos. No sé qué religión profesaban, pero daba lo mismo: comieron de todo lo que se les puso sin preguntar nada, pues todo les gustaba.

 

Como dije antes, en este viaje estaba María José a bordo, y desde que salimos a navegar no dejaba de recordarme que en todos los puertos que tocásemos tenía que comprar un dedal para una amiga que los coleccionaba.

 

No le hice mucho caso, pero insistió tanto que bajamos a tierra, donde el comercio más grande que encontró fue una mesa de mala muerte con unos refrescos, jabón y algunas latas de conserva. En vista de ello desistió de buscar el dedal.

 

Salimos para Porto Vesme y aquí lo único digno de mención es la terminación de la descarga. Como el plan de las bodegas había que barrerlo para sacar toda la carga, y esta tarea era demasiado trabajo para los estibadores italianos, estos negociaron con los marineros del barco para que la hicieran ellos.

 

Todo esto, como es lógico, a través de mí, pero dejándo que ellos decidieran el dinero que querían cobrar. Así que, con independencia del dinero que ganaban, salíamos de puerto con las bodegas limpias, sólo a falta de un pequeño baldeo, evitando así el peligro que supone a veces abrir las escotillas de las bodegas con mala mar.

 

Hicimos un viaje al Golfo de Méjico y volvimos a Gijón. A la vuelta del viaje se puso enfermo un agregado, tenía fiebre y dolores en la parte derecha del bajo vientre, por lo que supuse que podía tratarse de apendicitis.

 

Contacté con el Centro Radiomédico de Madrid; me pidieron hacerle unas pruebas que confirmaron que era una apendicitis bastante avanzada.

 

Nos mandaron dirigirnos al puerto más cercano, en las Islas Azores, que estaba a más de tres días de navegación. De momento, era todo lo que se podía hacer, pero como no estaban muy seguros de que pudiese llegar sin tener más problemas, opté por una segunda solución.

 

Siempre habíamos pasado el telegrama Amver, era un formato para el Coast Guard Americano donde se pasaba la entrada y la salida de puerto, el destino y la carga y, cada tres días, la situación. Esto les servía para tenernos localizados por si podíamos asistir a algún buque en un momento determinado, como había sucedido años antes.

 

Por hacer esto nos prestaban una serie de ayudas, entre ellas la asistencia médica a los tripulantes en cualquier parte del mundo.

 

Actué como decían en sus instrucciones: contacté con el Coast Guard en New York, informándoles del problema, pero nada más decirle que era una emergencia médica me pusieron con un persona que hablaba perfectamente castellano para que pudiese explicarme mejor.

 

Me pidieron que contactara nuevamente con ellos un par de horas más tarde. Me indicaron entonces que a las 8 de la mañana del día siguiente estuviese en una situación determinada, y esperara nuevas instrucciones.

A la hora indicada estábamos parados, cuando se oyó el motor de un avión, que apareció y contactó con nosotros para indicarnos que nos preparásemos para recibir a bordo un equipo médico.

 

Soltaron unos cuantos paracaídas y comprobamos que venían dos médicos, dos ayudantes y un quirófano. Había olas de más de cinco metros, pero debían estar acostumbrados porque lo hicieron todo con mucha rapidez.

 

A bordo, instalaron todo en la enfermería, y una vez reconocido el enfermo me dijeron que pusiese rumbo a Azores, pues de momento no le operarían. Si fuese necesario –dijeron– lo harían, pero de no ser así preferían hacerlo en tierra que dispondrían de más medios.

 

No hizo falta operarle debido a toda la medicación que le dieron, ya que a bordo no teníamos nada para poder parar la infección unos días. Otra vez la efectividad en lugar de la burocracia.

 


 Este es el título que nos expidieron cuando se pasaron los barcos a bandera de Bahamas, así no teníamos problemas de compatibilidad entre nuestro título español y la nueva bandera del barco.

 

A la llegada a Gijón tuvimos que fondear por estar el muelle ocupado, y como hice siempre, en el exterior, pues prefería no hacerlo cerca de tierra ya que esta mar no es de fiar.

 

Había servicio de lancha, y en el relevo de las ocho de la tarde, Arturo Bertrand, que salía para ir a pasar la noche a casa en Oviedo, al ir a saltar a la lancha cayó al mar.

 

Yo estaba en el puente con María José y el Oficial de Guardia, cuando vi como caía. Reaccioné como un cohete, y aunque al costado junto a la lancha había dos personas, fui yo quien le tiró el aro salvavidas que siempre se tiene dispuesto para estos casos, y le retiré de la popa de la lancha para que no pudiese cogerle la hélice.

 

Gracias a Dios no pasó nada más que el susto y la mojadura, así que se cambió y se fue para casa. Poco después empecé a tener molestias en las palmas de las manos: las tenía con ampollas. Había bajado los seis pisos desde el puente a la cubierta sin tocar los escalones, sólo deslizándome sobre los pasamanos.

 

 El siguiente viaje fuimos a descargar a Aughinish, en la Bahía de Limerick, en Irlanda. Desde que habíamos dejado atrás las Islas Canarias, tuvimos un tiempo fatal, sobre todo los dos últimos días: las olas pasaban por encima del buque como Pedro por su casa.

 

A la llegada contacté con Prácticos y me dijeron que no podían salir fuera por el mal tiempo, y que, si quería, que entrara y me recogerían dentro de la bahía.

 

Así que para adentro, pues, como siempre he dicho, los únicos momentos en los que he mandado fueron cuando estaba de Capitán en un barco, ‘siempre y cuando no estuviese mi mujer’.

 

Una de las mañanas nos fuimos a Limerick, y a la vuelta llegamos un poco tarde para la comida y dejamos los pasaportes encima de la mesita de noche. Cuando después de comer fuimos al camarote, vimos que “Pepe”, nuestro perro, había hecho de ellos más de cien pasaportes; menos mal que desembarcamos en España y no nos hicieron falta.

 

Cuando fuimos a renovarlo le llevamos los restos, pues no estaban caducados, para demostrar lo que había pasado.

 

 

 

 

 

 

martes, 4 de mayo de 2021

Recuerdos de Rogelio Garcés Galindo, Capitán de la Marina Mercante, Master Mariner y Comisarío de Averías

 


CAPÍTULO  XLVII

 

BUQUE  “CASTILLO DE ALMANSA”  -  1er.  EMBARQUE

 

 Durante las vacaciones se terminó la etapa de los buques con bandera española, y aunque muchos de los tripulantes nos habíamos resistido a pasar a otra bandera, a pesar de la indemnización que nos daban, al fin todos los barcos pasaron a bandera de Bahamas.


 

Embarqué en San Ciprián (Lugo), después de pasar por Bilbao, donde la empresa Ibernor se encargaba de la tripulación. Tuve que hacerme unos cuantos análisis, más que nada por asuntos de alcohol y drogas. Desde allí fui a embarcar al “Castillo de Almansa”, otro Panamax muy similar al anterior pero bastante más acondicionado.

 


     Aunque al principio hicimos un par de viaje con bauxita desde Port Kamsar (Guinea Conakri) a San Ciprián, el resto de la campaña fue muy parecida a la que realicé en el “Castillo de Arévalo”, con la diferencia de que me tocaban las vacaciones en New Orleans, para pasar el verano en casa; pero no solamente no me las dieron allí, sino que tuve que llegar hasta Hachinoe (Japón), prolongándose bastante el tiempo de embarque.

 

En el primer cargamento que hicimos en Port Kamsar se despistaron y sobrellenaron una bodega, por lo que no podíamos cerrarla. Me dijeron que una vez terminada la carga saliese a fondear, y que mandarían personal para trimarla (acondicionarla) con el fin de que la bodega se pudiese cerrar.

 

Sabía que presentar una carta de protesta era una tontería, por lo que me limité a decirles que mientras no arreglasen el problema no movería el barco del atraque, lo que les hubiese supuesto muchos retrasos con los barcos que estaban en espera. Tras muchas discusiones lo hicieron de muy mala gana, sobretodo cuando vieron que mi actitud era no moverme.

 

Atracamos en San Ciprián para realizar la descarga por la tarde, y como había muchos gallegos se llenó el buque de familiares. Sobre la una de la mañana me llamó el Segundo Oficial, Jaime Oñate (q.e.p.d.), porque se había puesto muy enfermo el Primer Maquinista. Por la forma de decírmelo supuse que la cosa era seria.

 

Enseguida fui a su camarote y nada más verle subí lo mas rápidamente que pude al puente y contacté con la terminal para que enviaran al médico de guardia: pensé que le había dado un ataque cardiaco. Tardaron muy poco en llegar, trataron de reanimarle pero no pudieron hacer nada.

 

Lo peor de todo es que la mujer y un hijo de unos siete años habían llegado hacía unas horas.

 

Tuve que realizar todo el papeleo, con el correspondiente parte a la autoridad, visita del Juez y muchas más cosas, y a las ocho de la mañana los familiares pudieron trasladar el féretro a El Ferrol, donde residían. Por la tardé asistí al entierro.

 

 A las nueve de la mañana me puse en contacto con la oficina en Madrid; se pusieron algo nerviosos preguntando si necesitábamos algo, aunque cuando les aseguré que todo estaba solucionado se quedaron más tranquilos.

 

Como he comentado antes, al no mandarme el relevo tuve que seguir viaje y llegar hasta Japón. La travesía del Pacífico y la llegada a Japón se hizo muy pesado, pues los pronósticos daban un tifón en aquella zona para la fecha de llegada; menos mal que pasó entre Japón y China y no nos afectó.

 

Al día siguiente hacía un tiempo malísimo de lluvia y viento. Nos habían avisado de que llegaban los relevos, entre ellos el mío. Tenía todo preparado, y a eso de las nueve de la noche, bajo una lluvia torrencial apareció Pablo de Prada, que era mi relevo, como siempre, voceando porque no habíamos previsto un tripulante para que le cogiera las maletas. Hice lo único que se podía hacer con Pablo: ni puñetero caso. Al rato, ya ni se acordaba, así que hicimos el relevo y me fui a dormir porque al día siguiente nos venían a buscar a las seis de la mañana.

 

Desde Hachinoe nos llevaron al aeropuerto de Morioka, y desde allí a Tokyo, donde estuvimos alojados en un Hotel pues hasta el día siguiente no volábamos.

 

Como tuvimos tiempo dimos unos paseos por Tokyo. Hubo dos cosas que me llamaron la atención, una de ellas un bar donde anunciaban tortilla española, y otro lugar, que me imagino que sería un bar, en el que en la puerta había un cartel que decía “Only Japanesse”, (sólo japoneses). Cierto es que son bastantes racistas, aunque a estas alturas esto es demasiado.

 

Como en el equipaje de mano llevaba un ordenador portátil, me hicieron encenderlo para demostrar que, efectivamente, no era otra cosa. Y así por todos los aeropuertos por los que pasé, hasta llegar a Málaga; menos mal que no se le agotó la pila y encendió siempre.

 

Cuando llegué a casa, como me habían fastidiado el verano, unos pocos días antes de que se me acabaron las vacaciones fui al médico alegando que había tenido un cólico nefrítico y que no me encontraba bien.

 

Hacía años había sufrido uno y expulsado una pequeña piedra, así que empezaron a hacerme pruebas. Cuando pedí la baja, el médico me preguntó que para qué la quería, indicándome que si me daba el dolor acudiese a urgencias. Tras argumentarle que era marino, no puso ninguna pega. Estuve  más de un mes de baja mientras me hacías radiografías, y al final me mandaron una prueba bastante desagradable, así que como ya habían pasado las navidades, pedí el alta y, gracias a Dios, hasta el momento no me ha vuelto a dar. Y que siga así.

 

Antes de incorporarme tuve que pasar por Madrid, pues al pasar el buque a bandera extranjera, y nosotros tener otro tipo de contrato, nos indemnizaron. Desde este momento empezamos a ser tratados como emigrantes, pues todo teníamos que hacerlo así y debíamos pagar nosotros, directamente.

 

Ya se empezaba a escuchar que había barcos donde sólo quedaban el Capitán y Jefe de Máquinas, españoles, y el resto de varias nacionalidades.   

 

 

 

 

sábado, 17 de abril de 2021

Gracias, Capitán de Bonis

 

El pasado día 9 de abril falleció nuestro compañero, colega y amigo Arturo de Bonis Macías.


Quisiera rendir homenaje a su memoria por su colaboración a este blog siendo el autor más prolífico y leído, habiéndonos regalado casi noventa espléndidos escritos.


Como lector y administrador del blog, agradezco –de todo corazón- el tiempo que nos dedicó animando este espacio y gratificándonos con reflexiones, comentarios y críticas sobre su larga experiencia en la mar.


Su colección de escritos refleja una época de la marina mercante en la que, en poco tiempo, se produjo una rápida transformación tecnológica que modificó profundamente la forma de vida a bordo; eran aquellos barcos en los que nos tocaron navegar a la mayoría de los componentes de este grupo, la última generación de marinos que dependió del sextante para llevar sus barcos a buen puerto.


A quienes no leyeron sus relatos aconsejo que los disfruten en este mismo blog y a los que sí lo hicimos decirles que también sería buena ocasión de ojearlos de nuevo porque ésa es su obra. Y es una obra escrita de forma sencilla, amena, didáctica, serena y con un punto de fino humor que, como decía nuestro amigo Dino López, “tiene algo que "engancha" y al mismo tiempo te llena y aún más recordando esos momentos puntuales que jamás se olvidan”.


Gracias, Arturo, por este legado y por haber sido mi amigo.


Donde estés te deseo toda la paz que mereces.



                                                                            Carlos Navarrete

jueves, 15 de abril de 2021

No es un adiós...

 Transcribo el escrito que dirige Marina de Bonis a la memoria de su padre para que sea publicado en nuestro blog.

 


No es un adiós…


El 9 de abril a las 5:30 de la madrugada partiste al puerto más cercano y pusiste rumbo...mar adentro…Las coordenadas sólo las sabes tú.


Te fuiste de mi mano con la tranquilidad absoluta marcada con fuego por mis palabras de los últimos meses. NO HAY NADA PENDIENTE, PAPÁ.


Te vas limpio en todos los aspectos, sin cargas emocionales…sin culpas…


Desde tu puesto de mando habrás podido observar cómo todos te despedían…Has dejado huella en todos los que te han rodeado a lo largo de tu vida.


No es un adiós…


Estarás en nuestro corazón guiándonos, queriéndonos, mostrándonos el camino a seguir.


Tu hijo Arnaud de Bonis quería que te llegaran unas palabras antes de adentrarte en alta mar.


“Un grand merci pour tous ces bons moments passés ensemble depuis que nous nous sommes retrouvé.

Lui dire, merci d´avoir eu la patience d´attendre que je revienne vers lui et ce grâce a toi Marina et la famille de Sophie. Lui dire combien j´ai eté touché par son infaillibilite dans notre relation et celle de Solène, Louis et Armance. Nous nous sommes retrouvés tardivement mon seul regret est de n´avoir pas sur lui donner plus, mais qu´a partir du moment ou nous nous sommes retrouvés je l´ai aimé en tant qu´homme qu´il etait et avait eté… aujourd´hui  l´une de pages de notre histoire de famille singulière se tourne, ceux qui sont tristes et souffrent sont ceux qui restent, lui a rejoint Greta, hereux de ça sans doute… Reposes en paix papá”

Has dejado en tierra muchos corazones que te lloran…pero todos nos volveremos a encontrar contigo en esas coordenadas tan secretas.


No es un adiós…

Has sido testigo en primera fila de la buena voluntad que todos queríamos que se produjera…El amor puede con todo.


No es un adiós…

Todos seguimos hablando y lamentando que nos hayas dejado…pero era tu voluntad emprender este último viaje cuando las aguas se calmaron.


Miguel Santos lamenta no haber pasado más tiempo contigo. Esta maldita pandemia…ha hecho que las familias estén completamente aisladas. Yo por ser tu hija he tenido el gran honor y suerte de poder estar a tu lado para llevarte al puerto de donde debías partir.


Con amor te recordaremos todos…Hijos y parejas…nietos y parejas…sobrinos y parejas…el bisnieto seguro que te conocerá a través de fotos…amigos del desguace…Marítima del Norte…Maristas…y todos los compañeros del Residencial de Puerto de la Luz.


BUEN VIAJE…ESPERO QUE EL PARAISO TE ABRA SUS PUERTOS.


                                                                            Marina de Bonis