martes, 13 de mayo de 2014

RESUMEN PUBLICADO POR "NAUCHER GLOBAL" (JUAN ZAMORA 10-5-2014) SOBRE NUESTRO LIBRO "MIL AÑOS DE MAR".





.Estamos en 1983, el año del cambio que había prometido a los españoles el Partido Socialista en la campaña electoral de 1982 que encumbró al sevillano Felipe González Márquez, el encantador de serpientes. La marina mercante se hallaba en un momento de declive, empezaban a cerrar compañías y los buques quedaban abandonados en los puertos a la espera de quien quisiera hacerse cargo. El proceso, en sus inicios, que llevó a la flota española de los casi 8 millones de toneladas de peso muerto en 1979 hasta poco más de un millón diez años después. El gran derrumbe.


En ese marco, un par de capitanes, tal vez desorientados por faltarles el horizonte de mar, como escribe Vicente Gómez, deciden contactar con otros compañeros jubilados y crean un círculo estable, al que tienen la jovialidad de bautizar como Junta de Desguace. 

Círculos semejantes, en forma de chocos, reuniones informales de café, comidas periódicas y encuentros programados, por ejemplo cada martes, o cada primer viernes de mes, existen en todas las ciudades con un mínimo de marinos, suficientes para completar lo que los físicos y los sociólogos llaman masa crítica, el umbral a partir del cual algo empieza a funcionar, o a morir. He conocido esos círculos en Madrid, apiñados por el gran José Luis Miguélez, jefe de personal de Trasmediterránea, y un par de ellos en Barcelona. Es como si los marinos fuera del agua necesitaran hablar del mar para seguir respirando, sentirse cerca de sus colegas para compartir historias ejemplares, nostalgias de lupanares, recuerdos y más recuerdos. Una comunión extraña, inusual en otras profesiones. Y paradójica, pues ese afán comunicativo convive con el enorme individualismo y la desconfianza en las organizaciones estables que tienen los marinos. 

Tras varios años de reuniones y vivencias, la Junta de Desguace deja paso en 2008 al Círculo Marítimo, ampliado en sus horizontes a gentes de la mar, en general, aunque no hubieran ejercido de marinos profesionales. En su constitución, componen el círculo 34 capitanes; 7 jefes de máquinas; 8 oficiales de cubierta, máquinas y radio; 1 capitán de pesca, 1 patrón de pesca; 2 capitanes de yate; 8 patrones de yate; 2 delegados navales; y 3 “relacionados con la mar sin titulación específica”.

De los relatos que emergían al calor de cada encuentro de la Junta de Desguace, uno de los socios, Vicente Gómez Navas, incorporado al grupo en 1991, les propuso recopilar las historias en el proyecto Mil Años de Mar. Veinte años ha tardado en completar el empeño. Los marinos son resistentes a la disciplina terrestre y reacios a la literatura. Hay excepciones, desde luego.

Me he pasado un montón de horas leyendo “Mil años de mar”, releyendo, volviendo atrás, atando cabos y reconstruyendo a mi modo algunos relatos con mis propios recuerdos y vivencias. Todo el mundo sabe que los libros no hablan por sí solos. Me he cruzado en la vida con varios hombres y con muchos de los nombres de buques y puertos que aparecen en el libro. He sido alumno de náutica en el SAN JORDI con Arturo de Bonis de capitán, magnífico capitán. He conocido a Paco Millet y a Antonio Rodríguez Rubiño, y soy amigo de Aurelio Queraltó. He fatigado los puertos de África y de la costa americana del Pacífico. Me he fumado un Kruger, entero, y he sobrevivido. El PEDRO DE ALVARADO fue mi primer embarque, aunque a punto estuve de embarcar en el SANTA MARTA de Pysbe. Tuve como maestros a don Ángel de Urrutia, a don Cesáreo Díaz y a don Federico Piera. Participé en la redacción y edición del libro del SLMM sobre el siniestro del URQUIOLA (“Urquiola, la verdad de una catástrofe”), un libro excelente, escrito en su mayor parte por uno de los marinos que, sin título náutico, más ha dignificado la profesión, José María Ruiz Soroa, abogado. De modo que he disfrutado en estas semanas de una lectura creativa, en la que más allá del gozo que nos abre el narrador con su relato, he participado activamente en la historia. Doble placer.

Mil años de mar contiene un arsenal de anécdotas, historias y sucesos que componen un cuadro fresco y vivo de los marinos mercantes españoles entre los años 50 y 80 del pasado siglo. Hay de todo y para todos los gustos: accidentes, naufragios, fondeos del buque por autoridades venales, riesgos que acabaron en casi, acciones heroicas para salvar el buque y a su tripulación, temporales de mar y viento, tormentas personales, peripecias sin cuento, lances extraordinarios y seminales periplos por puertos exóticos de los siete mares. En cada historia brillan las emociones y palpitan los sentimientos de la vida en el mar, la soledad, el coraje, la amargura, el amor a distancia. Vidas fuertes, pero vulnerables. Intensas y remotas. 

Unos lo cuentan con el estilo telegráfico de los cuadernos de bitácora y los cuadernos de navegación, otros florean la ocurrencia con detalles y adjetivos. Algunos le ponen ironía, otros humor, y otros lo cuentan con el mismo sufrimiento y con la misma pasión con que lo vivieron. Éste incluye fotografías, documentos transcritos o fotocopias de los periódicos que dieron cuenta del suceso. Aquél se permite un discurso al final de su vida escrita. Uno se atreve con un poema, el otro con una incursión histórica. 

Todos hablan de la mar, de los barcos que tripularon y mandaron, de sus logros y malogros. El título es exacto y veraz: mil años de mar. Que nadie busque en sus páginas florituras de estilo, palabras campanudas y frases cinceladas con paciencia. No va de eso el libro. Sólo contiene años vividos en la mar. Imprescindible su lectura a los titulados náuticos de los últimos 30 años, internautas más que marinos, que han realizado interminables navegaciones por internet y que apenas han pisado cubierta ni aguantado olas rompientes ni han añorado hasta el dolor a sus familiares en tierra. 

Tampoco se detenga nadie en los numerosos defectos de edición, nombres equivocados o mal escritos, comas sin orden, mayúsculas innecesarias y sintaxis desastrada. Peccata minuta ante el valor testimonial inmenso de esta obra.
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“Mil años de mar”, el libro, es en realidad muchos libros. Tras las confesiones de cada uno de los autores late una obra, una novela realista o una biografía novelada. Lo que en “Mil años de Mar” aparece como unos simples renglones, o ni eso, unas simples palabras, es en realidad un complejo destilado de experiencias que la memoria ha conservado de determinada forma. Tal vez sea cierto lo que escribió Juan Marsé, que la memoria es una olla podrida, que selecciona y cuece los recuerdos en función de las necesidades del momento. Aún así, como explica con maestría el profesor Ignacio Morgado en sus tesis sobre el funcionamiento del cerebro humano, lo que recordamos es aquello que ha quedado grabado en la memoria porque su percepción de los hechos vividos iba acompañada de potentes emociones. Y por eso son importantes.

Como estamos ante un libro de libros, iremos recorriéndolos uno por uno, siguiendo el orden en que aparecen en “Mil años de mar” y empezando cada comentario por el nombre del autor.
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Mil años de mar, el libro, cayó en mis manos por la amabilidad de Eugenio Ruiz, marino y periodista que se acercó a la redacción de NAUCHERglobal por si podíamos aportarle alguna ayuda en su propósito de escribir la historia del sextante al GPS contada por los marinos, es decir cómo los profesionales vivimos y procesamos la revolución tecnológica que, como pasa siempre, los contemporáneos no sabemos valorar, no obstante sufrir de lleno sus consecuencias.

De no ser por esa afortunada casualidad, tal vez no hubiera llegado siquiera a tener noticia de este libro, editado por el propio Círculo Marítimo, bajo la supervisión de los socios Carlos Navarrete Trigueros y Vicente Gómez Navas. Sigamos con los libros albergados en “Mil años de mar”.
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El libro “Mil años de mar” no es una lectura fácil, como una novela de aventuras que leída una vez sólo queda, si es buena, recordar la historia. Hay tanta vida acumulada en mil años de mar que, aunque explicada con prosa de tertulia, la obra puede ser releída, ha de ser releída, para obtener de ella esos pequeños detalles, esos destellos que en una primera lectura pasan desapercibidos y que nos ilustran de la vida a bordo, de cómo funcionaba la marina mercante (la marina civil, mejor), y de cómo los marinos nos espabilábamos para salir adelante en situaciones difíciles, absurdas, trágicas a veces, cómicas pero sin gracia en no pocas ocasiones.
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Mucho me temo que “Mil años de mar”, el libro, tenga una vida comercial escasa. Las ferias de libros exhiben en primer plano los futuros éxitos de ventas, los best sellers, libros que llevan en portada a Belén Esteban y otras figuras del toreo social, libros casi obscenos, sin interés literario alguno, compuestos de chismorreos y alborotos sin gracia. En ese horizonte, mil años de mar queda arrinconado en el lado oscuro, sus historias requieren lectores con afán de saber y conocer. Me consuelo pensando que los libros de BE y similares son un simple fogonazo, humo de pajas, mientras que mil años de mar tendrá un recorrido, espero, lento, pero duradero.   

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Finalizo mi buceo por la obra colectiva de los cofrades del Círculo Marítimo, antigua Junta de Desguace. Confieso quer tras mi primera lectura del libro tomé unas pocas notas que en su mayoría lamentaban la ruinosa edición de la obra, plagada de faltas de todo tipo que debían haberse corregido con un pequeño esfuerzo: nombres de ciudades mal escritos, comas sin sentido, puntos colocados a voleo, etcétera. Pensaba ventilar el comentario con unas pocas frases sobre la génesis del libro, el valor heterogéneo y desigual de su contenido, y mi proximidad personal con algunos autores y situaciones. Pero cuando me puse a escribir y volví a leer algunas páginas caí en la cuenta de que el libro era un compendio de vida marinera, mejor o peor contada, pero de un valor inmenso. De modo que me releí el libro completo, más de 540 páginas. Y entonces decidí dedicar a cada autor al menos unas líneas, lo que me obligó a trocear el comentario para adaptarlo al formato del periódico y a releer no pocas páginas. Los libros se me han acumulado en la mesa del periódico mientras me didicaba a escudriñar y comentar esos Mil años de mar. No me arrepiento. Mi profunda admiración a quienes pensaron la obra y tuvieron la paciencia de recopilar los textos; mi sincero agradecimiento a quienes han participado en la obra, esos 23 marinos y navegantes que se han decidido a contar su experiencia, venciendo la timidez y la pereza de quien no se dedica al oficio de escribir. El tiempo que he dedicado al libro, Mil años de mar, es mi modesto homenaje. 





PEDRO AGUADO MONTERROSO

Jefe de máquinas. Explica, jocoso, que en octubre de 1970, martes y 13, embarcó por primera vez como alumno de máquinas en el CABO SAN ROQUE, legendario buque de Ibarra, en Vigo, y que cuando salieron antes de llegar a las islas Cíes, el mareo era tal que sólo se levantaba de la cama para vomitar. Lo superó como tantos otros, con voluntad profesional. Navegó muchos años en Ibarra y siente devoción por el recuerdo de su primer buque. Desaparecida la marina mercante bajo pabellón español, Aguado entró en 1992 como asesor técnico-laboral marítimo (ATLM), en la dirección provincial de Cádiz del Instituto Social de la Marina, ocupando sin duda una de las plazas que habían quedado vacantes por el paso de unos cuantos ATLMM a la dirección general de Marina Mercante para construir la nueva administración marítima civil.  

El recorrido biográfico de Pedro Aguado se ajusta al patrón de vida profesional de muchos marinos de su generación (que también es la mía). Navegó mientras pudo en buques españoles y acabó su vida marítima en los barcos de la Sociedad de Gestión de Buques, aquel engendro que creó el primer gobierno de Felipe González para liquidar la flota española, llena de barcos incompetentes que unos negociantes espabilados habían mandado construir aprovechando las gangas crediticias que ofrecía el Estado para favorecer la construcción naval. Pasada esa época, tras distintas peripecias de empleos eventuales, acabó refugiado en la Administración pública. Se jubiló, hizo muy bien, en 2006.


ARTURO DE BONIS MACÍAS 

Hombre de Marítima del Norte, capitán. Alumno de náutica en 1951. Se sincera con dos concisos retazos de gran valor, dos flashes vitales cargados de luces y de sombras, de aflicción y nostalgia. Su padre, también marino, represaliado de la guerra civil en base a aquel decreto caníbal del gobierno rebelde que mandaba purgar a todos los marinos que hubieran estado embarcados en buques españoles, obviamente republicanos, tras la sublevación militar de 1936, con quien llega a compartir embarque y navegación. Y el episodio del divorcio de su primera esposa, que en palabras acongojadas y breves deja entrever que le ocasionaron un dolor inolvidable. Su mujer no estaba por la vida marítima “no servía como mujer de marino”. 

Ha recorrido y mandado casi todos los SIERRAs (Marítima del Norte bautizaba sus buques con nombres de sierras españolas), y en un corto período, en 1977, tomó el mando del SANT JORDI. Allí me tuvo como alumno de náutica, agregado, cuando yo decidí acabar las prácticas que había dejado abandonadas por el ejercicio del periodismo y la creación e impulso del Sindicato Libre de la Marina Mercante (SLMM). Hombre inquieto, de mirada crítica y lúcida, Arturo de Bonis participó en la ilusión de la UOMM (Unión de Oficiales de la Marina Mercante), agavillada en el congreso madrileño noviembre de 1963, en el Valle de los Caídos, en realidad una mera asamblea, pues la UOMM no realizó congreso alguno (el lector puede leer una breve historia de la UOMM, capítulo VII de mi tesis doctoral, adjunto en pdf). Jubilado en 1988 en el momento en que “aparecen nuevamente nubes muy negras en el horizonte de la marina mercante”


VICENTE GÓMEZ NAVAS 

Dejó la mar, para dedicarse a la pintura, tras nueve años de navegación “sin llegar a conocer al primero de los instrumentos que cambió la seguridad en la navegación: el radar”. Sufrió una curiosa colisión con un submarino, atracados en el puerto de Ancona. Su pintura, la mar y los barcos. Escribe: “Lo que he contemplado y recreado año tras año con mis pinceles recordando sus movimientos, sus colores y hasta, al matizar con una pincelada, cerrando los ojos, he percibido la fragancia de su aire salino y he oído el sonido del viento mezclado con el batir del mar en la obra muerta del barco”. Gómez Navas entra dentro de la leyenda que Félix Martín de Loeches contaba en NAUCHERglobal (ver artículo): la vida retirada de un viejo capitán mercante dedicado a escribir sus memorias, cultivar rosas únicas o pintar recuerdos. Tengo para mí que Vicente Gómez Navas, impulsor del proyecto Mil años de mar, se ha atrevido con todo: la pintura, la literatura y el cultivo floral.


JOSÉ LUIS GRINDLAY SALMERÓN

Navegó de 1959 a 1970. Luego se quedó en tierra, primero como “constructor de viviendas” y después dedicado a la agricultura”. Cuenta su primer embarque, en el ANTARTICO, de la Empresa Nacional Elcano (no confundir con el ANTARTICO de Marasia, el antiguo LA RIOJA de Elcano). Cuenta la anécdota de su tatarabuelo, Robert Grindlay, inglés, amigo de Mendizabal, el ministro de la amortización, que llegó a España para formar parte de la legion auxiliar británica que había de luchar en pro de la reina Isabel II, contra las pretensiones de los carlistas. Acaba su colaboración con un  poema y una frase rotunda: “Si volviera a nacer sería marino a pesar de los graves inconvenientes”. Del poema me quedo con la fuerza de la definición del marino, quien “vive aspirando el yodo de la mar / y el ansia de familia y de cariño”


JOSE AMADO REGADERA

Radiotelegrafista, madrileño, nacido en 1934, una de esas vidas ricas en historias, sucesos, avatares y anécdotas, cada una de ellas merecedora de un relato corto, por lo menos.

Tras cinco años en petroleros, Amado entró como operador de la costera de Casablanca y de ahí pasó a la Compañía Marroquí de Navegación, finalizando su vida profesional en la más socorrida de las navieras nacionales: Trasmediterránea, líneas cortas, buen ambiente profesional (salvo excepciones), cercanía y comunicación fácil con las familias y salario garantizado.

En ese recorrido, José Amado vivió de todo, aunque sólo cuenta algunas anécdotas. El viaje en el SEABIRD manteniéndose a base de maicena. La llegada a Suez el 26 de junio de 1956, la fecha en la que Gamal Abdel Nasser, a la sazón presidente de Egipto, declaraba la nacionalización del canal, hasta ese momento en manos de compañías inglesas y francesas. La huelga del TORRES contra una compañía insensible y codiciosa y contra la oficialidad alemana del buque. La experiencia en directo del terremoto de Agadir. Los viajes con peregrinos a La Meca en el ATLAS y en el MAURITANIE. Etc.

Al final, ya digo, Trasmediterránea (1972-1992), y la merecida jubilación.


ENRIQUE BIANCHI RUIZ DEL PORTAL

Malagueño, aunque nacido en el 42 del pasado siglo en Tetuán. Capitán en buques de Trafrume y, tras un paso fugaz por la malhadada Sociedad de Gestión de Buques (SGB), jefe de personal/inspector de Frigo Lines, para acabar de práctico en el puerto de Málaga (1990-2010).

Enrique Bianchi comparte con sus colegas “un pequeño cuento, de la serie ‘La mar y la familia’, escrito en la década de 1980”. Se trata de un relato en dos actos o escenas. En la primera, la esposa y la hija de un marino embarcado añoran y sufren por la ausencia del marido y del padre. En la segunda, el marino, acodado en la borda mientas contemplaba la misteriosa inmensidad del mar, la misma noche que su hija grita ¡papá!, oye la voz de su hija que le llama. El primer oficial, amigo del capitán, le aconseja: “…coges a la niña, la sientas en tus rodillas y le dices: Mira… oí tu voz cuando estaba lejos, muy lejos, en medio del Océano, tu voz que me llamaba y, por eso, he venido antes a verte”.


MANUEL FERNÁNDEZ CÁNOVAS

Malagueño, nacido en Granada, “patrón de yate, de los de vela, y enamorado del mar”, doctor ingeniero de construcción y catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Madrid.

A los siete años su padre le llevó a conocer el mar, como a Aureliano Buendía su padre le llevó una mañana a conocer el hielo al inicio de la inolvidable “Cien años de soledad”. Sus aventuras de yates, sobre todos las del YAMILA, resultan de enorme valor marítimo, dentro de lo que es la náutica de recreo.

Al finalizar sus memorias, Manuel Fernández reproduce el conocido poema de Alberti: El mar. La mar. El mar. ¡Sólo el mar! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? ¡Por qué me desterraste del mar? En sueños, la marejada me tira del corazón. Se lo quisiera llevar. Padre, ¿por qué me trajiste acá?


FERNANDO LEGUINA ASÚA

Nacido en Gijón, en 1945. “Mi afición de pequeño siempre fue la mar”. Estudio en Coruña, primer embarque en el CIUDAD DE OVIEDO, con Paco Millet de capitán, en 1966. En el MARIA DE LOS DOLORES, de Pereda, se libró por dos horas de acabar bloqueado por la denominada guerra de los seis días, una de las tantas entabladas por Israel y los países árabes del entorno. Su primer embarque de piloto fue en el REY FAVILA, “una gran experiencia pues en un año recorrimos 14 países, lo cual te va madurando y te da una experiencia”. En ese embarque se casó y sufrió lo mayores temporales de su vida profesional.

Dado que Naviera Astur Andaluza no ofrecía futuro alguno, Fernando Leguina, a punto de nacer su segundo hijo, decidió lo que tantos marinos decidían: probar en tierra. No resultó y en cuanto pudo se embarcó en Remolcadores de Málaga, SA. Tampoco resultó. Se encontró en el fuego cruzado de lo que él llama la “Guerra de los Remolcadores” entre dos empresas “y yo recibiendo las tortas por babor y por estribor. Esta guerra no fue a base de misiles aire-tierra, pero sí fue muy desagradable; cuando no había bronca con los prácticos, era con el Comandante de Marina y sino con el inspector de la compañía. No sabéis lo mal que lo pasé”, explica.

Por fin, en 1975, embarcó en los petroleros de Marflet. Primero en el BARCELONA, donde vivió la muerte de Franco (”Había caras de todos los colores, unas de alegría y otras de preocupación”, escribe de forma telegráfica), y luego en el MALAGA, TARRAGONA, ARAGÓN… con la guerra del golfo, la primera, como telón de fondo. Para ahorrarse la prima de guerra, la empresa consiguió que la zona de navegación fuera declarada simplemente como zona conflictiva, “así la prima del seguro era más pequeña y a nosotros no nos daban ni las gracias”, Cuando Marflet ya no pudo soportar la ficción y reconoció la zona de guerra, “por cien mil pesetas te jugabas el tipo y como dijeras que no, entonces ya verías las consecuencias”.

En el ARAGÓN vivió en directo, a cinco millas, el bombardeo del BARCELONA, en el que murieron cinco tripulantes. A partir de 1988, cuando cierra Marflet, navega en varias compañías, trabajos precarios y breves, hasta que se jubiló con 56 años y 36 de mar. Su último embarque fue en Boluda, el VERA B, “navegando con tripulación cubana y el bueno de Manolito de bombero”.


BERNARDINO LÓPEZ RODRÍGUEZ

Estudió en Barcelona, con Aurelio Qjueraltó de compañero de aulas. El cursillo de capitán lo hizo en Coruña. Práctico de Ceuta desde 1982. Aprovecha su espacio de mil años de mar para reivindicar la figura del capitán del URQUIOLA, Francisco Rodríguez Castelo, a fin de saldar “una antigua deuda”.

Escribe Bernardino López que “la genialidad de mandar a la mar un petrolero cargado y con serias averías sin otra finalidad estratégica que quitárselo de encima volvería a repetirse un cuarto de siglo después en las mismas aguas, con un buque prácticamente idéntico y resultado igualmente desastroso. Quepa la salvedad de que, como en la segunda ocasión, el capitán no tuvo la delicadeza de ahogarse, de acuerdo con las mejores tradiciones de la mar, no fue condecorado sino encarcelado”.

En la cita de las fuentes utilizadas, he sentido la ausencia de Luis Jar Torre, el admirable relator de naufragios, autor de “El honor del capitán Castelo”, un artículo que honraba el libro del SLMM “Urquiola, la verdad de una catástrofe”, una obra pionera, excelente en todos los aspectos, que ha sido silenciada durante años y que merecería una sonada reivindicación.

Por lo que a mí me toca, reconozco la admiración que me produjo el texto de Bernardino López, dedicado a una historia pasada que los marinos deberíamos tener viva en nuestra memoria.


BRUNO MEDAL FARIÑA

Ferrolano, nacido en 1927, “hijo de militar de la Armada muerto en acción de guerra en 1936”, confiesa sin entrar en detalles. Estudió náutica y máquinas en Barcelona, sacó el título de piloto en La Coruña y el de maquinista en Bilbao, se apuntó a la Reserva Naval (1959) y acabó como inspector del Lloyd’s en 1968, hasta que se jubiló en 1991.

Cuenta Bruno Medal cinco breves historias que vivió como surveyor del Lloyd’s, cinco historias dramáticas narradas con circunspección de cirujano: la del BELLSKY, un bulkcarrier de 11.000 toneladas de registro bruto, bandera griega, que llegó a Las Palmas en diciembre de 1985 cargado de sacos de cemento con tantas averías y problemas que salió de Canarias años más tarde, remolcado hacia el desguace; la inundación de la cámara de máquinas de otro bulkcarrier; el cambio de culatas y “denuncia” por negligente de un petrolero de 110.000 toneladas de registro bruto; la avería en el casquillo superior del eje del timón en otro supertanque similar al anterior; y la entrada de agua por la bocina, de un pequeño carguero de 5.000 toneladas.


CARLOS NAVARRETE TRIGUEROS

He aquí un profesional muy conocido en Barcelona como capitán del gasero LAIETÀ, una persona “que antes de finalizar el bachillerato superior ya tenía claro que quería ser marino o, mejor dicho, capitán de barco”, de la que no he oído jamás decir alguna cosa que pudiera empañar su imagen de hombre cordial, comprensivo, inteligente, y buen profesional.

Narra Navarrete la cronología de su vida, los barcos que fatigó de agregado en Naviera Mallorquina, donde “iban el capitán y el primer oficial a guardias de seis horas y la participación de alumno (por razones obvias) era bien apreciada”. En esos buques, el CALA NOVA, entre ellos, comprobó Carlos Navarrete “las aparentes (¿reales?) contradicciones del comercio mundial. Conocía el famoso mármol de Carrara; no cargué ni una tonelada en su puerto (Marina de Carrara), pero descargué allí muchas toneladas de mármol procedentes de Portugal”.

Su primer embarque como piloto, en 1966 en el SIERRA ARAMO, de Marítima del Norte. Su primer mando, ya de "viejo", con 27 años, en el SIERRA ESTRELLA, “un buque frigorífico que efectuaba transporte de marisco congelado, capturado por pesqueros españoles, entre puertos de Mauritania, Senegal y puertos españoles”, tras su paso por el DENEB, un gasero con “una tripulación de una gran categoría humana” donde, atracados en Castellón, vivió una historia de la psicosis portuaria y ciudadana contra el peligro, real o supuesto, de los buques con cargamentos contaminantes o tóxicos: “…tuvimos una fuga de gas amoníaco que alarmó a toda la zona portuaria, motivando la presencia de autoridades, bomberos, guardia civil, etc. Finalmente, fuimos sacados de puerto y fondeamos en la rada para subsanar el problema nosotros mismos. La avería que ocasionó la fuga fue mínima, pero el penetrante olor del amoníaco magnificó el problema”.

De su paso por los frigoríficos de Marítima del Norte, cuenta Navarrete que “la línea se basaba no sólo en recoger la pesca sino en entregar víveres y pertrechos a cada uno de los pesqueros (…) la carga de pertrechos era caótica porque cada armador de pesca suministraba su carga sin orden ni concierto y sin documentación fiable (pesos inventados); la estiba de esta carga general para quince o veinte unidades de pesca se hacía imposible de distribuir sensatamente por falta de información apropiada (…) Los armadores de pesca de la época [primeros años setenta], algunos de ellos nuevos ricos que con un barquito de catorce metros hacían su ‘agosto dorado’, conocedores de que pagaban un alto flete por su carga, abusaban del mercante en cuanto le pudiera interesar con la carga de los pertrechos”.

Otro apunte que demuestra el alcance del horizonte profesional de Carlos Navarrete y su visión de los conflictos a bordo lo tenemos en su breve comentario sobre el problema de la comida. “Uno de los grandes problemas y fuente de mayores disgustos para mí, como capitán, era la comida; cuando tomé mi primer mando existía el sistema de subvención (cantidad diaria fija por tripulante y día) para la manutención y muchos de los cocineros (que no eran ni siquiera marmitones profesionales) aspiraban a obtener ganancias extras de ese dinero; la hora de comer era un mal trago para todos: atún para comer y para cenar un día sí y otro también (si habíamos cargado atún y nos habían regalado alguno), filetes semicongelados pasados por la plancha, menús escasos, etc., estaban a la orden del día (…) Todavía sufro pesadillas y veo al pseudo-cocinero Olegario en la cocina del SIERRA ESPUÑA, con su mono tití sobre el hombro, planificando diabólicos menús con los que martirizar al personal”.

Su etapa en el SANT JORDI, poco después de que lo mandara Arturo Bonis, su paso por los famosos suppliers AMATISTA Y AMAPOLA al servicio de la plataforma petrolífera Casablanca, y finalmente su fructífera experiencia en el LAIETÀ.

La escritura de Navarrete, clara y sencilla, destaca por su afán didáctico y su ambición por superar la anécdota extrayendo de ella algunas enseñanzas. Por ejemplo: “En los treinta y seis años que pasé en la mar viví, disfruté y sufrí la rápida transformación que se produjo en la marina mercante; soy consciente de haber sido testigo de hechos que cambiaron para siempre piedras básicas de la navegación marítima (…) La llegada del GPS, un sistema de navegación exacto, sencillo y barato, fue una revolución que desplazó al resto de los métodos de posicionamiento. El sextante y el cronómetro, instrumentos emblemáticos de la navegación de altura (…) quedarán guardados en cualquier taquilla del cuarto de derrota (…) Podría decir, con la nostalgia propia de pertenecer a la última generación de marinos que dependieron del sextante para llevar sus barcos a buen puerto que el arte y la práctica en la navegación astronómica han finalizado”.

Y en otro párrafo posterior, siguiendo con el LAIETÁ, remacha: “Al final de los 90, la vida a bordo había cambiado. Los viajes eran cortos y continuos, parte de la tripulación cambiaba a menudo, desembarcaron y se jubilaron algunos ‘pesos pesados’, la mayoría de los oficiales y algunos tripulantes disponían de su propio ordenador y de su televisión y empleaban su tiempo libre en ellos. Las cámaras de oficiales, maestranza y subalternos estaban vacías y la mayoría de los tripulantes vivían aislados a bordo y salían solos a tierra”.

Así que Carlos Navarrete decidió regalarse el día de reyes del año 2000 una digna y bien ganada jubilación.


EMILIO NAVARRETE URIETA 

Patrón de yate, marino de vocación, de quien no resisto la tentación de reproducir la anécdota del examen de patrón de motor de primera: “Al terminar el examen, que era escrito, el presidente del tribunal, que era el contralmirante Cervera, se dirigió a los que nos habíamos examinado y preguntó si teníamos algún inconveniente en que examinara oralmente al patrón de la embarcación del ministro Solís [José Solís Ruiz, ministro de Franco, la sonrisa del régimen, un andaluz gracioso que gustaba de citar la doctrina falangista en unos años en que esa demagogia había sido pistoeada por la realidad] porque escribía muy despacio y tardaríamos mucho tiempo. Como es natural, contestamos que nos parecía bien. Le preguntó primero que explicara como calcularía el rumbo de aguja que nos pidieron a nosotros. Después le dijo: ‘Manuel, usted ha salido del puerto de Málaga rumbo sur y después ha puesto rumbo a Calaburra, de pronto mira usted por estribor y ve una luz verde, una blanca y otra blanca más alta a popa, que es de un barco mercante, ¿qué hace usted?’. Y el examinando contesta: ‘Yo le pongo la popa y salgo huyendo a toda máquina, que para eso el barco del señorito tiene dos motores de trescientos caballos’. A lo que el contralmirante exclamó: ¡APROBADO! Y después nos dijo: Eso es lo que teneis que hacer vosotros”. 

Emilio Navarrete cuenta su experiencia en barcos de recreo, pero sobre todo tiene el gusto de compartir con los lectores las historias que le contaba su padre, nacido en Águilas, capitán de barco hace cien años, historias de regusto antiguo, cuando todavía los marinos habían de estudiar vientos y velas (como ahora todavía han de estudiar astronomía y compensación de la aguja), y los capitanes hablaban al barco sin remilgos. ¡Anda valiente!, le susurraba a su barco el capitán José Navarrete Cantero, padre de Emililo. Y lo mismo hacía el hijo.


JOSÉ PONCE BANDERA 

Patrón de yate. Relata la visión de la serpiente de mar, monstruo marino de “una milla de circunferencia; el lomo tiene un aspecto similar al de una hilera de islotes, y cuernos tan altos como los mástiles de un barco de mediano tamaño, surgen de su cabeza”. Visiones de la mar, donde un pequeño tornado sobre las olas o el cardumen de un banco de sardinas se confunden con un milagro o con un monstruo horrendo. Lo cuenta José Ponce, “de improviso la abominable quimerasufrió unas terribles convulsiones y estalló. ¡Sí! ¡Estalló! Y si el lector lo prefiere, hizo explosión como la mina sumergida se eleva para impactar en la quilla del incauto barco que cruza sobre ella. La silenciosa detonación esparció a su alrededor miríadas de sardinas; las argentadas escamas de estos peces, desprendidas por el efecto de la inesperada disgregación del banco que formaban parte, al recibir la potente iluminación de los Petromax convirtieron la transparencia marina en un profuso hervidero de plata líquida. Sencillamente la fabulosa bestia no había sido otra cosa que un cardumen de estos pequeños y apreciados teleósteos, agrupados de forma compacta para defenderse de los delfines, que adquirió aquella forma ficticia de manera accidental y se deshizo al recibir el efecto combinado de las cegadoras luces, la algarabía de voces y ruidos, más el flujo de agua procedente de la hélice del pesquero”.


PEDRO PORTILLO FRANQUELO  

Patrón de yate, doctor en económicas y carpintero de ribera. Malagueño, aventurero a bordo del LOLA (6,6 metros de eslora, comprado por 3.000 pesetas en 1970), y luego del YAMILA, “el mejor velero que han visto propios y extraños”, construido por el propio Pedro Portillo en el jardín de su casa. Con él remontó tres veces el Guadalquivir, “hasta el puente de Triana, siendo recibido, no con salvas de ordenanzas como lo fue la nao VICTORIA en 1525 después de circumnavegar la Tierra por primera vez, sino como capitán en la feria sevillana. El procedimiento era sencillo: un jamón colgado de la botavara (...) una caja de La Ina y a recibir visitantes en el Club Náutico hasta la una de la noche. Después saltabas a tierra y en todas las casetas eras recibido con honores ab initio”.

El capitán del YAMILA termina su aportación a Mil años de mar con dos reflexiones. Primera: “Al ir escribiendo he ido recordando muchas cosas y como dije al principio, si las cosas no se recuerdan se olvidan y es entonces cuando desaparecen”. Segunda: “Nuestra vida es como una circunferencia”.


FRANCISCO RAGGIO MOLINARI 

El sueco nacido en Málaga, capitán de la marina mercante, que fue al final de su carrera capitán de Puerto Banús, escritor de sagas históricas y pintor ocasional, capaz de vender “3 o 4 cuadros” . Ha escrito para “Mil años de mar” un verdadero libro, dividido en 28 capítulos, donde con buen pulso y mejor prosa desgrana sus recuerdos de marino en agraz y su envidiable experiencia en barcos suecos. 

Afirma categórico que “mi paso por los barcos ha sido lo mejor que me ha ocurrido en mi vida”, y lo cuenta “como si estruviera hablando con un grupo de buenos amigos”. El resultado es un  conjunto de anécdotas y pensamientos que Frisco expone con abundantes dosis de humor e ironía. Una frase resume su alegría de navegante: “Navegar como marino nunca me pareció un trabajo, tanto que a veces me extrañaba que me pagaran por vivir en un barco”. Esta otra, su ingenio: “comedor, el que come; comedero, donde se come”.

En el capítulo III cuenta cómo intentó, sin conseguirlo, embarcar de alumno con el concurso de la Comandancia de Marina, que en esa época obligaba a embarcar al menos un agregado en los buques que no disponían de tal figura. Inició sus prácticas en un buque construido en 1931, de 2610 toneladas de RB y un motor Sulzer de 1729 caballos, “que le hizo alcanzar la velocidad de 12 nudos el día que salió desbocao del astillero”. Un buque “organizado por castas. Primera casta, los vascos, que constituían la clase dirigente (…) sobre todo el mayordomo que con sus trueques y cambalicheos, era realmente y nunca mejor dicho el que partía el bacalao (…) Segunda casta, los gallegos, sufrida clase dirigida por el trío contramaestre, carpintero y caldereta (...) Tercera casta, tres andaluces, el tercer oficial, el alumno de máquinas y yo, el alumno de puente (…) clasificados simplemente como andaluces”. Allí le obligaron a apuntar carga, una forma, escribe, de tener ocupado al agregado, “no fuera que al sentirse ocioso le asaltara un mal repente y se largara por patas hacia el burdel más cercano”. 

En ese barco, atracados en Canarias, a punto estuvieron de acabar con su incipiente carrera de marino. Le invitaron a fumar un cigarrillo del “mejor tabaco canario, de la marca Kruger (…) Lo miré, lo encendí y le pegué una calada larga y profunda (…) En ese mismo instante se me nubló la vista y sentí que dentro de mi pecho había estallado una bomba de gran poder destructivo (…) los ojos se me llenaron de un liquido viscoso que en ese momento pensé que era linfa que quería salire por alguna parte. Luego ví que eran lagrimones como batatas de California (…) Pasado un buen rato, cuando pude reaccionar y abandonar la protección de las cajas de tomates, estaba pálido y ojeroso. Ya nunca volvería a ser el mismo”. 

Su primera guardia en el puente: “No sé cómo se habrán sentido los demás terceros cuando se quedaron por primera vez solos en un puente, pero yo no creí que en ese momento, en todo el mundo hubiese alguien que se sintiera más importante y feliz que yo”. 

Francisco Raggio introduce en el libro el poderoso recuerdo de los olores. “Puedo asegurar que hay algo muy especial que nunca ni la mejor pantalla de plasma puede conseguir: el olor. El fuerte olor del arroz frito que sale de los tenderetes, en los mugrientos callejones de cualquier ciudad oriental, o el olor suave del loto cuando en un atardecer navegas por el estrecho de Malaca, entre Tailandia y Sumatra”. 

Tras referir cien batallas de puertos, buques, tripulantes y navieras, el capitán Raggio confiesa que “a  mí me gusta hablar de los barcos (…) y si alguien me da cuartelillo puedo estar durante horas charlando sobre este fascinante mundo”. En el último capítulo, a modo de epílogo, Frisco deja escrita esta perla romántica, no por sabida, menos conmovedora: “Para mí, más bonito que Alcatraz cuando aparece entre la bruma de la mañana, o más bonito que la silueta nevada del Fuji Yama en un día de sol radiante, son los ojos de una mujer enamorada”. 


SERGIO REYES MOLINA  

Con formación náutica mercante dedicó su vida profesional a la pesca, primero en Pysbe, luego en Pebsa y finalmente en “parejas” de diversas compañías. Un auténtico capitán de bacaladeros, desde que embarcó en 1963 en el ALISIO, de Pysbe como alumno de náutica. 

Reyes vivió y explica el cambio desde el menú diferenciado para oficiales y marineros, al menú único. El cambio desde la pesca salvaje a la pesca regulada. La transformación de una marina civil atemorizada por la Ley Penal y Disciplinaria de la Marina Mercante (que él confiesa que asumió su cabal aplicación), a unos barcos con delegados sindicales y derecho de huelga. Con desparpajo narra su embarque en 1976, inicio “de los problemas en todos los barcos de la flota nacional, fueran mercantes o pesqueros. Problemas que surgieron por la incompetencia de los sindicatos de la época y de sus mandatarios, que inculcaron el espíritu entre las tripulaciones de que todo eran derechos y obligaciones ninguna. Por todo ello fueron cinco años para olvidar”. 

Sergio Reyes nunca se adaptó al régimen de libertades y esa falta de comprensión le amargó y no poco al sentirse indefenso como capitán. Cuenta que ante un problema laboral a bordo, acudió al cónsul español en Saint Jhon’s para que pusiera en vereda a los revoltosos, como en los viejos tiempos, pero el cónsul le sacó de su error: “Mira siento mucho tener que decirte esto, pero la situación laboral en España está muy complicada y en el ministerio nos han amarrado las manos a las autoridades consulares y nos han ordenado que nos inhibamos de estos temas, por tanto no puedo ayudarte con esta situación, además de no poder autorizarte a que desembarques a tripulantes sin su consentimiento”. Ante lo cual, Sergio Reyes se compró una pistola dispuesto a usarla “sin remordimientos de conciencia”. 

Por lo demás, Reyes cuenta que fue un capitán de pesca exitoso y que le hicieron feliz los avances tecnológicos en la comunicaciones, pues podía estar en contacto con su familia cómodamente, cada día. Y también da cuenta del lío judicial que tuvo en Portugal, de donde tuvo que huir sin permiso de las autoridades marítimas. Algunas de las fotos que ilustran su texto son excelentes.


JAIME RODRÍGUEZ MARTÍNEZ 

Catedrático de ecología en la Universidad de Granada. Su aportación al Mil años de mar consiste en reproducir el diario personal que llevó a bordo del HESPÉRIDES, entre el 28 de noviembre de 1995 y 7 de enero de 1996, en el que estuvo embarcado como científico para realizar una serie de mediciones con el objetivo de estudiar el papel que el océano Antártico juega en el control del clima. Diario escrito con pulcritud y sinceridad. Un buen texto, distinto a las historias de marinos, que enriquece con su sabor el gran pastel que componen el resto de autores.


ENRIQUE SALMÓN PALAZUELOS

Jefe de máquinas, 29 años en buques mercantes y 20 Años de profesor en un negocio familiar de autoescuela. Le enseñaron a trabajar el torno y la lima y a soldar y doblegar los metales. Así se trabajó un mechero de yesca, una obra de arte que sigue funcionando 45 años después. Fue alumno en el PEDRO de ALVARADO, descubrió los placeres de San Pauli, en Hamburgo, y la existencia de travestis bellísimas; y la pornografia y prostitución infantil en Pakistán. Navegó en los grandes petroleros de Marflet, el MALAGA, el MELILLA, el TARRAGONA  y el GIBRALTAR; en los buques Trasmediterránea (el ANTONIO LAZARO y el VICENTE PUCHOL, entre ellos); en los pesqueros de Huelva durante los años dorados (los setenta), y tras una azarosa vida en barcos de todo tipo acabó su vida marítima en el buque de pasaje de recreo SAN FRANCISCO, en 2006. Escribe: “primero fui alumno novato, después veterano, posteriormente 3º, 2º y 1º oficial de máquinas y también jefe de máquinas”.


ANTONIO SENTÍ JAIME

Jubilado en 1980 tras 38 de vida en la mar. Hombre de Trasmediterránea, conoció el viejo CAPITÁN SEGARRA y sufrió bombardeos y espantos varios en el transcurso de la II guerra mundial, en la que la neutralidad de España no era protección suficiente contra la suspicacia de aliados y alemanes. Hizo guardias a la intemperie en barcos sin caseta de derrota; navegó por zonas peligrosas sin radar, pero jamás tuvo un incidente. 


ANTONIO TERRÓN DEL RÍO

Una vez obtenido el título de alumno de náutica tuvo que esperar dos años hasta conseguir embarque. Como piloto navegó en buques españoles y extranjeros. Dejó la mar para dedicarse al sector inmobiliario, a la construcción y a negocios varios.

Termina su colaboración en Mil años de mar con una sorprendente confesión: “En los barcos holandeses trabajé como un animal; los holandeses -en aquella época- eran terribles”.


FEDERICO TOMÁS VERA

Estudió en la escuela de náutica de Barcelona. Mandó buque durante años en diversas compañías, pero su vocación pictórica acabó imponiéndose a la profesión. Su última exposición monográfica versa sobre velas latinas y estaba formada por cincuenta óleos.


JUAN ANTONIO ZURITA JIMÉNEZ

Estudió náutica en Cádiz y salió agregado en 1968, aunque en su familia no hay tradición marinera y a él nunca se le había pasado por la imaginación hacerse marino. Navegó en barcos liberianos y llegó a mandar barcos españoles. La Sociedad de Gestión de Buques, la malhadada SGB le corneó, como a tantos otros profesionales, y hubo de quedarse en tierra como profesor de cursos organizados por el Instituto Social de la Marina hasta su jubilación en 2005.

Juan Antonio Zurita aporta a Mil años de mar un magnífico relato. En vez de contar un puñado de anécdotas de viajes variopintos, opta por relatar “Un viaje fundamental”, de capitán del FRIGO ESPAÑA, a finales de junio de 1985, con 39 años de edad, de Amberes a Matadi, en Zaire (ex Congo belga), cargado con carne congelada. Más del cincuenta por ciento de la carga lo componía una partida de “ayuda al desarrollo”, consistente en toneladas y toneladas de culos de pollo y culos de pavo. “Alguien haría un negocio bastante bueno. Según me explicaron, esas piezas generalmente se destinan a fabricar piensos o enlatarlas para consumo animal, pero al parecer las vendía a buen precio a ‘alguien’ que las empaquetaba bastante bien para dar ‘el pego’ y terminaba como ayuda al tercer mundo. Esa operación tenía dos ventajas fundamentales: la primera es que con ello se originaba una plusvalía que iría a alguna parte y la segunda que daba ocasión a políticos e instituciones de salir en prensa y televisión hablando de solidaridad y conmoviendo los corazones de las personas bienpensantes”, explica Zurita con lucidez.

En ese viaje fundamental conoció la extorsión que los nativos con uniforme y gorra de plato practican sobre los marinos y vivió la marga experiencia de que la SGB se hiciera con el control del barco a su mando. Zurita explica con claridad y buena letra la destrucción de la marina mercante bajo pabellón español por el efecto combinado de la protección a los astilleros y la negligente política de créditos sin control para construir barcos en esos astilleros obsoletos. Buen negocio para los especuladores convertidos por mor de esa política en armadores, al menos durante los dos años de carencia, en los que no tenían que devolver ni un duro del crédito a la construcción. “En resumidas cuentas -concluye Juan Antonio Zurita- los que pagamos el pato en todo aquel desaguisado fuimos los marinos mercantes”.

Superado el trance de pasar de Trasmarina a la SGB, Zurita vivió en Matadi las experiencias más o menos comunes de cuantos hemos navegado por puertos africanos entre los paralelos 30 norte y 25 sur. El choque brutal con la misería, visible en robos impensables y en un estado de violencia latente que resulta difícil no sentir; la propuesta de negocios aventureros a base de extraer ilegalmente las riquezas del país, diamantes, petróleo, oro o malaquita; el contacto con misioneros y misioneras que admiran por su valor y generosidad; y el atisbo de la prostitución infantil porque más cornadas da el hambre. En definitiva, un viaje fundamental, de los que dejan huella, inolvidable.

lunes, 28 de abril de 2014

ÉXITO DE LA MAR Y SUS CRONICAS Terceras Jornadas 2014

Han finalizado las jornadas conmemorativas del 31 aniversario de la fundación de la "Junta de desguace" y 6º de su transformación en "Círculo Marítimo", celebradas en el salón "rosa de los vientos” del Real Club Mediterráneo de Málaga, con buena asistencia de público que siguió atentamente las conferencias pronunciadas los pasados días 23, 24 y 25 de abril.
Al acto de apertura acudió, en representación del alcalde de Málaga, la concejala Dª Gema del Corral, que pronunció unas palabras de inauguración.
El Secretario General del Círculo Marítimo, Oficial Radioelectrónico de la M.M. José M. Ortiz Morito, hizo un breve, acertado y bien estructurado recorrido por la historia de nuestra asociación. 
El Presidente del C.M., Capitán Gómez Navas  inició el ciclo de conferencias con un tema histórico, “Recordando una derrota (poco conocida) de una flotilla turca en las proximidades de la isla de Alborán”.
Por último, el Capitán Enrique Bianchi (vicepresidente del Círculo Marítimo), hizo entrega de diplomas de reconocimiento a varios tripulantes  y el Presidente entregó enseñas del Círculo Marítimo al Coronel Dr. Vidal Delgado y al Real Club Mediterráneo por su valiosísima colaboración para la celebración de estas Terceras Jornadas de “La mar y sus crónicas”.
El Capitán Gómez Navas entrega la enseña del Círculo Marítimo al Coronel Dr. Rafael Vidal Delgado

Por causas diversas, la conferencia inicialmente anunciada para el día 24 fue sustituida por otra también a cargo del Capitán Rogelio Garcés, tripulante del Círculo Marítimo,   sobre “La carga de grano en buques de carga general” apoyando su intervención en una serie de diapositivas. Aunque el tema –en principio- parecía árido para profanos, las excelentes dotes del conferenciante lo hicieron claro y ameno de forma que –finalmente- interesó a todos los presentes.
 El Capitán Rogelio Garcés con parte de la Junta directiva del Círculo marítimo

Finalizaron las Jornadas el día 25 con una conferencia sobre “La pesca del bacalao en España en la segunda mitad del siglo XX” que pronunció de forma brillante el Capitán Sergio Reyes, tripulante del Círculo Marítimo y que fue seguida con atención por los asistentes. Acabó su intervención con la proyección de  dos videos (dos verdaderas joyas) sobre  el tema.
El Capitán Sergio Reyes durante su  conferencia

El Coronel Dr. Rafael Vidal Delgado, Director-Coordinador del Foro para la paz en el Mediterráneo, clausuró las Jornadas con unas improvisadas pero brillantes reflexiones,

Agradecemos  a los conferenciantes su colaboración y les felicitamos por el éxito obtenido.
Autoridades y Junta de gobierno del Círculo Marítimo en el acto de clausura


lunes, 14 de abril de 2014

Rectificación al programa de las TERCERAS JORNADAS DE "LA MAR Y SUS CRÓNICAS"

La conferencia anunciada para el día 24 de abril se sustituye por otra titulada:
"La carga de grano en buques de carga general"
Capitán Rogelio Garcés Galindo, tripulante del Círculo Marítimo

viernes, 11 de abril de 2014

TERCERAS JORNADAS DE "LA MAR Y SUS CRONICAS"

Entre los próximos días 23 a 25 de Abril (ambos incluidos) vamos a celebrar las terceras Jornadas de "LA MAR Y SUS CRÓNICAS" para conmemorar el 31 aniversario de la fundación de la "Junta de desguace" y el  6º de su transformación en "Círculo Marítimo"
A continuación se muestra la programación de actos a los que quedan invitados todos los interesados



miércoles, 19 de marzo de 2014

AGRADECIMIENTO AL CAPITAN D. ARTURO DE BONIS MACIAS.


No puedo pasar sin escribir en este nuestro blog del Círculo Marítimo la nota de agradecimiento al capitán D. Arturo de Bonis Macias, por su inestimable colaboración con sus magníficos y amenos escritos publicados en el mismo, los cuales me han hecho pasar y al mismo tiempo revivir nuestros buenos, regulares y malos "tiempos en la mar", así como recordarlos con nostalgia y como él mismo escribió en uno de ellos: "de volver a nacer hubiera elegido ser marino otra vez", afirmación que comparto integramente.
      La mar y sus gentes, tienen algo que "engancha" y al mismo tiempo te llena y aún más recordando esos momentos puntuales  que jamás se olvidan.
     Quiero desde aquí animar a mi amigo Arturo a seguir escribiendo en este nuestro blog, pues sé, con certeza absoluta, que aún le quedan muchos y variados temas interesantísimos que contarnos y al mismo tiempo hacernos pasar con ellos muy agradables momentos de lectura
     Quiero repito, agradecerte el habernos hecho pasar muy buenos momentos con tus vivencias tan amenas, interesantes y entrañables
      Muchas gracias Arturo, espero seguir leyendo tus articulos.


                                               Capitán: Bernardino López
         
        
                     

sábado, 15 de marzo de 2014

RECORDATORIO (VII)

Éste será mi último recordatorio, algunos de los lectores dirán: por fin, ya iba siendo hora. De cualquier manera, si alguien no estaba contento con tanto rollo, que se queje a nuestro amigo Carlos Navarrete, administrador y responsable del blog, que me ha estado dando cuerda durante todos estos meses para que no parase; pero a mí me ocurre lo mismo que les sucede a los muñequitos que se mueven tocando el tambor con las pilas “duracell”, al final las pilas se agotan y todo se para, la vaca ya no da más leche. Yo, después de escribir en MIL AÑOS DE MAR y los artículos recordatorios del blog me he quedado completamente vacío. A los que han leído los artículos, les agradezco la paciencia esperando no haberles aburrido demasiado.
Ahora ya solamente me queda hacer un recorrido por la pesca de arrastre para dar por terminado mis vivencias con los profesionales de este sector. La verdad es que el contacto con este tipo de pesqueros, ha sido mucho menor que con los marisqueros y atuneros, no obstante, lo suficiente como para poder dedicarles unas cuantas líneas.
Aquí no fue pionera Marítima del Norte ya que cuando iniciamos los transbordos en Walvis Bay aquello ya llevaba funcionando algún tiempo. No recuerdo exactamente el momento en  que se inició el boom de la “Rosada”; desde luego fue en un abrir y cerrar de ojos, de pronto se corrió la voz y aparecieron barcos y más barcos arrastreros españoles que, unidos a los de otros países, convirtió a Walvis Bay en  una base importante de buques de pesca. Durante bastantes años nuestros buques estuvieron realizando transbordos a los pesqueros de la empresa Pescanova y otros independientes y transportando la carga a la factoría que Pescanova tiene en Chapela (Pontevedra). Estos transbordos a veces se realizaban en Ciudad del Cabo, de acuerdo con las necesidades y preferencia de los pesqueros.
Buque factoría "Galicia"
De Walvis Bay recuerdo que aparentaba una ciudad completamente vacía, más bien muerta, la cuestión del apartheid se llevaba de una forma muy estricta.  La aduana hacía unos controles muy rigurosos a nuestra llegada, incluso la revista “Interviú” era necesaria ser declarada por el contenido de desnudos y guardadas en el sello hasta nuestra salida de puerto. Por el contrario, esto era el reverso de la moneda de las famosas reuniones que se solían tener en casa de la “panadera” donde un circulo (bastante grande) se reunía para ver las películas porno que ella proyectaba para tener contenta a su clientela. Una o dos cafeterías en el centro de la ciudad, donde se podía tomar café o helados servido por negros que portaban guantes blancos. Los Capitanes solíamos ser invitados en casa del agente de Pescanova, el Sr. Jalón, donde su esposa nos obsequiaba con algún que otro refrigerio y se pasaban las tardes-noches con reuniones bastante amenas.
De repente la flota de Pescanova le dijo adiós a Namibia y puso rumbo al W. donde encontraron nuevos caladeros cerca de las costas argentinas, por lo visto bastante fructíferos  ya que se comentaba que hacían largadas de 50 toneladas, y como puerto base se estableció el puerto argentino de Bahía Blanca.
Precisamente en Bahía Blanca, coincidiendo con unas Navidades, nos reunimos tres buques de Marítima del Norte y siete de la flota de Pescanova para realizar transbordos. Todos los mandos de Pescanova se fueron a Buenos Aires para reunirse con las familias que habían llegado de España con motivo de las fiestas. Solamente un Capitán de Pescanova quedó en Bahía Blanca al mando de toda su flota para organizar las operaciones de transbordo. Allí se formó un “cacao” de padre y muy señor mío. Cuando Pescanova pidió responsabilidades por la tardanza en los transbordos, a nuestro querido “amigo” no se le ocurrió nada más que decir que los Capitanes de los “Sierras” nos habíamos dedicado a la “dolce vita”, acusación completamente falsa; la cosa no llegó a mayores debido a que fue fácilmente demostrable -por nuestra parte- que todo fue mala intención del Capitán de Pescanova por exonerar su responsabilidad, ya que la mayor parte del día se lo pasaba “mamao”. Varios viajes más realicé a Bahía Blanca sin que se produjese ningún incidente.
Muchos y variados viajes he realizado con las bodegas llenas de pescado, empezando por transbordos efectuados en aguas de Villa Cisneros del buque factoría Galicia (antiguo trasatlántico “Habana” reconstruido por Pescanova) con  destino a España. Otros efectuados en aguas de Irlanda a buques rusos con destino a Nigeria; desde Montevideo para Nigeria; desde Puerto Deseado (Argentina) para España.
De Puerto Deseado lo único que puedo decir es que muchísimas ganas de llegar a puerto tendría él que le puso el nombre a esa ratonera. Las entradas y salidas están supeditadas a la pleamar. Cuando se arriba por primera vez y después de bajar la marea miras por dónde has entrado, los pensamientos no son de lo más agradables. Las salidas no están aseguradas ya que con Práctico a bordo , a veces se tienen que suspender si no calma el viento que suele soplar casi las 24 horas del día con fuerza 6 o 7, salvo en el repunte de la marea que suele  calmar y se aprovecha para maniobrar. Varias veces he hecho escala en ese puerto y la verdad es que el nombre no corresponde a las circunstancias que lo rodean.
Congelador "Conde de Gondomar"
Otros de nuestros destinos fue el Estrecho de Magallanes donde se solía transbordar en Punta Arenas y, cuando Pescanova creó Empresas Mixtas en Chile que le permitía pescar en los canales patagónicos, llegamos hasta el puerto de Chacabuco al que se arribaba después de navegar dos días por dichos canales. Navegar por los canales era una gozada, el único inconveniente es que para entrar en ellos era necesario cruzar el Golfo de Penas, la salida al Pacifico del Estrecho de Magallanes y eran diez horas de verdadera pena atravesados a la mar que se pasaban canutas.
De lo que guardo mejor recuerdo de esta etapa de mi vida profesional, son mis estancias en el puerto angoleño de Tombwa (antiguo Port-Alexandre). La empresa de “Gabrielitos”, aprovechando lo que quedaba de la infraestructura en este puerto de las pesquerías que había cuando era colonia portuguesa, montó un puerto base para su flota que operaba en la zona. Desde Vigo, Huelva y Las Palmas les llevábamos todos los pertrechos necesarios, incluido víveres, entrepot y gasoil para poder mantener aquel puerto base en medio de aquel desierto de arena donde no había de nada en absoluto. Tombwa era un remanso de paz. Nuestras estancias solían durar diez días entra la descarga de pertrechos y el transbordo del pescado. En ciertas épocas del año la bahía se convertía en un paraíso para los pescadores de calamares, pues no había nada más que echar la potera y al momento ya había alguno enganchado,  era una verdadera gozada. Existía cierto pique entre algunos miembros de la tripulación por ser el “Number One” Había noches que antes de las 12, hora de retirada, ya se habían conseguido hasta doscientos kilos de calamares, que no teníamos ningún problema en conservar pues se metían en bandejas y al frigorígeno más cercano se ha dicho.
Estos fueron mis últimos contactos con los pesqueros y con la gente de la pesca. Mi último viaje fue uno mixto y por cierto el más largo de mi vida profesional; 32.000 millas desde nuestra salida de Vigo hasta nuestro regreso al mismo puerto. Vigo-Irlanda en lastre. Irlanda-Durban con carne. Durban- Punta Arenas en lastre. Punta Arenas-Montevideo-Vigo con pescado. De Vigo a Huelva con pertrechos para pesqueros, y si hubiera sido en otra época podría decir: “Y aquí colgué el sextante”, pero ni una sola vez fue necesario utilizarlo durante las 32.000 millas. Desde que embarqué por primera vez en el año 1951 hasta el 1988 en que dije adiós a los barcos, muchísimo habían cambiado las cosas. Los GPS ya se habían impuesto de una forma rotunda y los sextantes se estaban apolillando irremediablemente. No obstante me gustaría hacer un pequeño comentario a este respecto. Cuando no existían los GPS, nos conformábamos con el horario de la mañana y la meridiana del mediodía y todos tan felices y contentos hasta el día siguiente. Cuando aparecieron los satélites que nos proporcionaba una situación exacta cada cuatro horas aproximadamente (dependiendo de la zona), cuando por cualquier causa erraba la situación, ya nos poníamos nerviosos; está visto que al género humano no hay por donde agarrarlo, cuanto más tiene más quiere, no solamente tratándose de dinero.
Y tanto hablar de pesqueros y de pescadores no puedo cerrar mi recordatorio sin expresar mi punto de vista después de tantos años metido en este mundo tan especial. En primer lugar decir que el pescado no tiene precio. Recordarle a la señora que se quejaba en un restaurante porque le habían puesto la rosada congelada, que hay ciertas especies de pescado que no se pueden consumir frescos, uno de ellos es la rosada que se pesca a muchas millas de España y eso hace imposible que llegue fresca a nuestro plato. Expresar mi admiración por todos aquellos que han dedicado su vida al mundo de la pesca, ya que si el ser marino conlleva un enorme sacrificio, al pescador hay que darle un plus por la dureza en que se desarrolla su profesión. En la actualidad los buques pesqueros están dotados de una tecnología que antes no tenían; antiguamente sólo contaban con la experiencia, la vista, el oído y hasta el olfato para poder triunfar en su profesión, eso les hacía ser muy cautelosos y no se fiaban ni de su sombra a la hora de hablar de capturas, las claves de pesca que se intercambiaban entre los más íntimos no se las creían ni ellos mismos. Yo he conocido como un padre y un hijo, ambos patrones de pesca se mentían a la hora de pasarse las notas de pesca, incluso a los propios Armadores siempre les informaban de las capturas por defecto para el caso de que vinieran mal dadas. Todos esos detalles los conocía porque como dije una vez, mi despacho era un confesionario donde no se podía mentir a la hora de firmar las hojas de transbordos. Y otro detalle más, dicho por ellos mismos, si quieres triunfar en la pesca, cuando embarcas debes dejar el corazón en tierra y pensar solamente en que el saco venga siempre lleno y cuantas más veces mejor. La pesca es así y debido a todas esas circunstancias el pescado no tiene precio o por lo menos el precio justo.
¡Adiós, amigo Carlos, hasta más ver!.
Capitán A. de Bonis


lunes, 10 de marzo de 2014

RECORDATORIO (VI)

Yo de atunes no tenía ni la más remota idea, solo sabía que existía una almadraba en las proximidades de Tarifa que se dedicaba a la captura de estas especies  y que, llegada cierta época del año, desde el puerto de Bermeo salían barcos y más barcos armados con cañas que se dedicaban a la pesca del bonito. Algunas veces vi recalar a estos cañeros en el puerto de Gijón en mi época del carbonero y los recuerdo porque verdaderamente se hacían notar en El Musel, y para de contar. Hoy día no tienes problemas, entras en Google con las palabras “túnidos” ó “buques atuneros” y en 30 segundos ó menos , te ofrecen más de siete mil artículos que te informan de todo lo relacionado con el mundo de los atunes. Yo que  he leído algunos de esos artículos me ha sorprendido lo poco que conocía del tema a pesar de haber transportado miles de toneladas por el Pacifico y todo el Atlántico, llevando la pesca capturada por atuneros españoles y franceses a diferentes factorías repartidas por Puerto Rico, España, Francia e Italia, donde se elaboran esas enormes piezas de pescado hasta dejarlas reducidas a la “casi nada” porción de 112 gramos metidos en una lata.
No obstante, al igual que he narrado mis experiencias vividas con los marisqueros, deseo hacer lo mismo con las vividas con los atuneros que, por supuesto, no figuran hasta el momento en ninguno de los artículos publicados por Google.
Estaba embarcado en el “Sierra Estrella” cuando, desde el departamento comercial de Marítima del Norte, me comunicaron que debía contactar por radio con el Patrón de un buque atunero llamado “Algeciras” que se encontraba pescando en aguas del golfo de Guinea o proximidades. Hacia esa zona arrumbamos y una vez que el contacto fue establecido acordamos entrar en el puerto de Abidjan (Costa de Marfil) para efectuar el transbordo de la pesca que tenía que, si mal no recuerdo, se trataba de unas 120 toneladas. Así lo hicimos; entramos en Abidjan donde ya se encontraba el “Algeciras” esperándonos, nos abarloamos y ese fue mi primer contacto con el mundo del atún. Mundo que -ya por anticipado digo-  resultaba completamente diferente al de la pesca de marisco. El “Algeciras” era un atunero relativamente pequeño comparado con los que en la actualidad se construyen para este tipo de pesca. El Patrón, un vasco nacido en Fuenterrabía, fue mi primer informador de todo lo relacionado  con esta actividad pesquera, por aquel entonces poco desarrollada y donde primaba la flota  francesa muy superior a la española tanto en número de buques como en tecnología. Los franceses siempre nos llevaron delantera porque se gastaban los cuartos en buques científicos que investigaban todo lo relacionado con la pesca del atún.
Creo recordar que el Patrón del “Algeciras” se llamaba más ó menos Endualle o algo parecido, pero de lo que estoy segurísimo es que el mote que tenía entre los propios pescadores franceses era el de “Napoleón”, como se puede suponer este mote correspondía a que por ellos mismos estaba considerado un fuera de serie. Durante el tiempo que duró el transbordo hicimos bastante y buena amistad. Me contó que el hecho de saber francés le permitía enterarse de mucha información que se cruzaba entre los pesqueros franceses y por supuesto de la cruzada entre los españoles. Cuando en aquellos años los buques no disponían de la gran tecnología de que hoy disponen, la información que podían recoger de otros barcos era primordial y naturalmente esta información era a base de ejercer de espía de una forma continuada las 24 horas del día, intentando interceptar las comunicaciones entre unos y otros con la intención de saber dónde aparecían las manchas de atunes. También me explicó cómo se pescaba con el cerco de jarreta y el uso que se le daba a la embarcación auxiliar llamada panga. De las condiciones de temperatura del agua del mar para que pudiera darse la posibilidad de encontrar pesca, de los signos externos que se daban para poder localizarla y muchísimas cosas más, y como “secreto”. la posibilidad de usar pólvora (petardos) para hacer salir a la superficie cuando se suponía que el pescado estaba en el fondo. Según él, esta circunstancia se daba con mucha frecuencia en la desembocadura del rio Congo. Lo único que no me contó fue lo de la pesca “al objeto” porque aún no se había descubierto. Finalizado el transbordo salió a la mar y a los diez días estaba nuevamente abarloado al “Sierra Estrella”. No recuerdo si realizó una o dos salidas más, pero desde luego sí recuerdo perfectamente que en menos de un mes nos llenó el barco, unas 450  toneladas aproximadamente. Esta carga fue descargada en el puerto de Algeciras, para abastecer la fábrica de conservas Garavilla. De esta descarga recuerdo una anécdota graciosa; un periódico local publicó en las reseñas de movimientos portuarios la siguiente nota: Se encuentra en puerto el buque frigorífico “Sierra Estrella” descargando un cargamento de “tunecinos” congelados…y el cronista se quedó tan pancho.
También efectué varios viajes entre Arrecife de Lanzarote y Algeciras para transportar el atún que los barcos cañeros pescaban y vendían directamente a la factoría de Garavilla en Arrecife, ya que ellos controlaban a la flota bermeana  que se desplazaba a la zona de Canarias.
Pero el verdadero boom del atún comenzó cuando varias compañías de Bermeo empezaron a sacar barcos para la pesca de cerco. Recuerdo principalmente a Echebastar, Pevasa y los Albacoras. Toda esta flota se iba desplazando a lo largo de la costa africana de acuerdo con la época del año, montando bases en puertos que empezando por Dakar se proyectaban hacia el sur: Freetown, Abidjan, Punta Negra. Incluso recuerdo que se efectuaron algunos transbordo en el puerto de Mossamedes en Angola. En todos estos puertos citados se efectuaban los transbordos para transportar la pesca a los sitios más dispares, unas veces a Italia, otras a España, muchísimas veces a Puerto Rico (Mayagüez y Ponce), todo dependía del mercado y el mercado aunque parezca mentira estaba controlado por los italianos.
Yo, la pesca del atún la consideraba la pesca de la paciencia, a diferencia de la de arrastre que puede ser considerada la de la constancia. A esta conclusión llegué después de pasarme días y más días fondeados en Abidjan esperando que los atuneros tuvieran la suerte de encontrar los deseados atunes. En Abidjan se concentraba la mayor parte de la flota; a la mañana los patrones de pesca se reunían en la oficina que el agente tenía en el puerto y allí esperaban noticias de la batida que efectuaba la avioneta que tenían contratada, en la cual, además del correspondiente piloto iba acompañado de un patrón de pesca que era el responsable del ojeo. Este sistema lo consideraban más rentable que tener a toda la flota paseándose de un lado para otro. La avioneta tenía una autonomía de unas cuatro horas, lo cual le permitía hacer un buen recorrido. Cada día se turnaba el patrón que acompañaba al piloto. Entre los patrones había de todo: finos, entrefinos……(como dicen los gallegos), había uno que ocupaba el último escalafón del dicho gallego, que se negaba a montarse en la avioneta alegando que su órgano genital no entraba en el tubo que tenía habilitado en la cabina para poder evacuar la orina en caso de necesidad. Había otro bastante zoquete que le hicieron creer que en la compañía donde solían volar para hacer los relevos del personal, si pagabas un suplemento tenías derecho a roce con la azafata. Las mañanas de espera se pasaban de una forma entretenida como se puede ver De vez en cuando se organizaban buenas reuniones en casa del agente alrededor de un buen marmitaco que como se puede deducir lo solían bordar siendo de Bermeo la mayoría. Un punto de coincidencia que tenían muchos de éstos patrones es que habían hecho el servicio militar enrolados de marineros en el “Azor”; por lo visto D. Francisco seleccionaba a la tripulación pensando en la fama de los bermeanos como pescadores de atún.
Con el tiempo, cada año salían barcos más modernos y cada vez era más difícil encontrar pesca, la novedad en aquella época fueron los helicópteros que ayudaron bastante a solucionar el problema. La flota se expandió y una vez fuimos a Cumaná para realizar un transbordo a un barco que se había abanderado en Venezuela por la sencilla razón de que el combustible lo tenía más barato que el agua. Pero el transbordo fue un desastre porque los venezolanos no estaban acostumbrados a manejar esas piezas de pescado y la solución final fue que los marineros tuvieron que hacer la estiba. Más tarde pasamos el Canal de Panamá y entramos en el Pacifico donde ya había llegado buena parte de la flota atunera española, con barcos aún más modernos y provistos de helicópteros y de spidos, unas lanchas rapidísimas que se empleaban para llegar lo antes posible a las manchas de pescado detectadas con lo cual se consideraba  que tenía prioridad. Los transbordos los efectuábamos en la isla de Taboga (en las inmediaciones del Canal), en Vacamonte  y en el puerto ecuatoriano de Manta. Casi un año pasé llevando atunes al puerto de Mayagüez proveniente de la flota que operaba en el Pacifico. Hoy día hasta los helicópteros pasaron a mejor vida; con los medios tecnológicos que disponen ya no los necesitan. En el Índico, en las proximidades de las  islas Seychelles, opera la mayor flota atunera que uno se puede imaginar que yo mismo me recreo viéndolos en los videos que se publican.

Capitán A. de Bonis        

sábado, 22 de febrero de 2014

MIS RECUERDOS (V)

Una vez desembarcado del “Sierra Blanca”, donde di por terminado mis viajes de carga general, pasé al “Sierra Estrella” que -en aquel entonces- estaba experimentado una nueva línea de tráfico frigorífico entre el puerto de Huelva y el de Dakar (Senegal).
Exceptuando unos seis meses que estuve embarcado en el buque gasero “Sant Jordi” toda mi vida profesional (a partir de entonces) ha transcurrido en buques frigoríficos. Esta última y larga etapa (22 años) es la que, a partir de ahora, intentaré comentar en  mi recordatorio. Son muchos los años que ejercí la profesión en este ambiente y también son muchos los años (25) los que han transcurrido desde que dije adiós a los barcos, pero ha sido una vida tan apasionante que son muy pocos los recuerdos que actualmente se me escapan.
Exceptuando algunos viajes que hice con las bodegas repletas de cerdos, corderos, carne de vacuno e incluso de mantequilla, todos estos años los he dedicado al transporte de pescado, cargado casi todo directamente de los pesqueros. Transbordos  efectuados en los lugares más dispares y remotos que se puede uno imaginar, ya que Marítima del Norte no escatimó nada a la hora de prestar sus servicios y ayuda a la gran expansión de la flota pesquera española, que también significaba la suya propia.
No voy a explicar aquí como se carga el marisco, el pescado o las piezas de atunes, esto no tiene ningún misterio, aunque sí existen ciertas reglas o normas para que la carga sufra lo menos posible. Mi intención es contar algunas de las vivencias que durante el transcurso de todos estos años  que permanecí en continuo contacto con los profesionales de la pesca, me hicieron conocer mejor los sacrificios de esa profesión, y desde esa época jamás se me ocurriría  decir que el pescado es caro.
Todos los que hemos navegado tenemos una cosa en común que nos une, es el sacrificio que supone tener que apartarse de la familia para poder ejercer la profesión que nos gusta. A parte de esto, existe bastante diferencia en la profesión, dependiendo del tipo de barco en el cual se navegue y por supuesto dentro de la pesca también existen diferencias, dependiendo a qué tipo de pesca se dediquen.
Yo empezaré mi narración por los marisqueros que fueron los primeros con los que tuve contacto. Ya hace muchísimos años que las mal llamadas gambas de Huelva no son de Huelva, aunque los armadores y el personal que permanece embarcado en este tipo de barcos, continúe siendo preferentemente de Huelva, dándose al mismo tiempo la paradoja, que casi todos los patrones de pesca eran oriundos  de Lepe y alrededores, (al menos en aquella época), que conocían perfectamente el oficio a pesar de ser nacidos en tierras del interior, pero las familias se pasaban los secretos de la profesión de padres a hijos o sobrinos. Yo llegué a conocer a una familia bastante numerosa que todos era patrones de pesca y por cierto bastante buenos.
La flota de Huelva salía y volvía con las capturas efectuadas en la costa de  Marruecos hasta que tuvieron que buscar otros caladeros más lejanos y se plantearon la opción de pescar, transbordar la pesca y seguir pescando en los caladero sin tener que volver al puerto base (Huelva).  Fue en ese preciso momento, allá por el año 1965, cuando Marítima del Norte ofreció el servicio del “Sierra Estrella” y del “Sierra Espuña” para efectuar los transbordos a la flota marisquera  de Huelva que se encontraba faenando en aguas de Senegal, y así comenzó todo. No fue empresa fácil al principio. Los intereses de los Armadores no coincidían con los intereses de las tripulaciones que veían de esa forma cortadas las posibilidades de regresar a casa una vez finalizadas las capturas, como solían hacer hasta entonces. Hasta que se firmaron contratos de larga duración  con la obligación de efectuar relevos de personal cada cierto tiempo acordado  y estos acuerdos se llevaron a cabo, la situación fue muy tensa entre el personal y los únicos que verdaderamente estaban contentos con la situación creada eran los Patrones de pesca ya que suponía para ellos un elevado incremento en sus ganancias.
Poco a poco la situación se fue normalizando, la decisión de transbordar que en un principio dependía de los Patrones de pesca, pasó a  ser tomada conjuntamente con los Armadores en Huelva, ya que al decidir enviar pertrechos a sus pesqueros a través del mercante (los “Sierras”) se comprometían a que sus pesqueros efectuaran los transbordos. Al comienzo la capacidad de carga frigorífica  de cada “Sierra” era de aproximadamente 60 o 65 toneladas, en poco tiempo esto resultó insuficiente ya que Armadores de otras zonas diferentes a Huelva empezaron a enviar sus barcos a la zona de Dakar ante la perspectiva de poder efectuar transbordos y Marítima del Norte no dudó un instante para reconvertir sus tres barcos: Estrella, Espuña y Escudo en frigoríficos totales con una capacidad de carga de 450 toneladas.
Dos años aproximadamente duró este tira y afloja, hasta que finalmente quedó consolidada la línea entre Huelva y Dakar. El numero de pesqueros que faenaban en aguas de Senegal aumentó de forma considerable, hasta tal punto que la Autoridad de Marina de Huelva, ante los problemas del personal que a veces se presentaban a tantas millas de distancia, “verbalmente” nos concedió poderes a los Capitanes que hacíamos la línea para impartir la disciplina que fuese necesaria.
La llegada del mercante a Dakar, que en un principio era visto con malos ojos, al final se convirtió en una pequeña fiesta, ya que significaba poder recibir paquetes enviados por los familiares, correspondencia, pertrechos, víveres…, los pesqueros abarloaban al mercante con cierta alegría e incluso nos traían gambas del último lance, ya cocidas en agua de mar, para obsequiarnos de su mejor manera posible; también nos obsequiaban regalándonos esas bocas y pechos que actualmente alcanzan en el mercado unos precios desorbitados y que en aquella época era una mercancía que pertenecía a las tripulaciones, que justamente aprovechaban el mercante para enviárselo a sus familiares que a sus vez lo vendían particularmente en Huelva. Este tipo de marisco se empezó a consumir en España por primera vez en un famoso bar de Huelva llamado “En la esquinita te espero”. ¡Quien no lo recuerda!
Hasta la Iglesia se dio cuenta del auge que adquirió la flota pesquera en aguas de Senegal y no quiso perder la oportunidad de hacer catequesis en aguas tan lejanas; fue el Arzobispo de Huelva, el entonces Cardenal Cantero Cuadrado, quien se embarcó un viaje en uno de los “Sierras” para poder hacer una visita a sus feligreses pescadores que se encontraban en Senegal alejados de la mano de Dios. El viaje resultó un éxito desde el punto de vista mediático, ya que el Stella Maris de Huelva  lo preparó concienzudamente recopilando cintas grabadas a familiares de los pescadores, y que estas cintas fueron oídas a medida que los pesqueros entraban en Dakar para efectuar los transbordos, todo resultaba muy emocionante, se vieron derramar lagrimas a muchos tripulantes emocionados al poder escuchar las voces de sus familiares queridos.
El Stella Maris de Huelva trabajó de lo lindo en esa etapa difícil, procurando el bienestar de las tripulaciones, luchando por los derechos sociales de tantísimos tripulantes que de la noche a la mañana se habían visto “casi” obligados a emigrar con la nueva situación creada al tener que ejercer su trabajo en unos caladeros tan lejanos. Mi opinión muy personal sobre la mayor parte de los descontentos que se creaban, es que la flota no reunía las condiciones necesarias para que las tripulaciones pudieran hacer su trabajo de una forma digna. El trabajo era agotador, realizado en unas condiciones climatológicas altamente calurosas a la cual no estaban habituados y que les hacía casi imposible poder descansar; ésto unido a que los Armadores no cumplían rigurosamente los contratos en cuanto a relevos se refiere, hacía que a veces se crearan situaciones verdaderamente desagradables. Hubo un momento en que el ambiente estuvo bastante enrarecido. El Stella Maris creyéndose responsable del bien y del mal que pudiera darse en la zona y creo que de acuerdo con los sindicatos, editó una revista llamada “EL CAMARON”, que los Armadores consideraron subversiva  y contraria a sus intereses. Como esa revista llegaba a aguas de Senegal a través de los “Sierras”, algún que otro Capitán tuvo que limar asperezas con los Armadores aunque, al final, todo se resolvió sin problemas.
Mi trato con los Patrones siempre fue bueno; verdad es que había que tener mano izquierda en algunas ocasiones, porque no siempre era posible cumplir con el calendario previsto de transbordo y si ellos consideraban que no se les daba el mismo trato sin una razón justificada, podría haber malos entendidos, pero ése nunca fue mi caso. En la mayoría de las ocasiones, el momento en que venían al despacho para formalizar los transbordos y firmar las hojas de embarque, era como una especie de confesionario; basándome en esas confesiones, llegué a conocer a las personas más profundamente, con algunos intimé más que con otros, pero de todos cuantos traté guardo un grato recuerdo.
Los problemas a la hora de firmar nuevos acuerdos de pesca con las autoridades senegalesas, obligaron a buscar nuevos caladeros. La flota había continuado aumentando de forma considerable, parte de ellos quedaron pescando en Senegal, otros se fueron al golfo de Guinea y la mayoría buscó y encontró nuevos caladeros en aguas de Angola.
Los caladeros de Angola eran los más fructíferos, allí se concentró la mayor parte de la flota marisquera, fue como un volver a empezar, pero esta vez los transbordos eran obligatorios por la lejanía de los caladeros con respecto a Huelva y la necesidad de recibir pertrechos que le permitieran seguir faenando. La pesca en Angola sufrió altos y bajos  debido a varias causas. Cuando la flota llegó a las aguas angoleñas, Angola era colonia portuguesa, poco tiempo después Portugal le dio la independencia y al poco de obtener la independencia se declaró la guerra civil que dividió al país en dos zonas. Las  nuevas autoridades establecieron épocas de veda, unos barcos hacían los transbordos en Luanda y otros en el puerto de Lobito que estaban dominados por facciones contrarias.  Todo esto creó cierta incertidumbre que con el tiempo se fue normalizando pero que nunca llegó a ser como cuando Angola pertenecía a Portugal. Al principio, recalar en Luanda o Lobito era lo mismo que llegar a cualquier puerto de Portugal, era disfrutar de la amabilidad, de las costumbres y de la buena mesa de nuestro país vecino. Una vez que Angola se independizó todo cambió radicalmente, las autoridades se volvieron muy exigentes, todo eran pegas y si a eso añadimos los inconvenientes que supone una guerra civil, resulta que recalar en Angola no resultaba nada atrayente ni suponía ningún placer.
Para los barcos que optaron en quedarse en el golfo de Guinea, los transbordos se efectuaban en el puerto de Duala. Un inconveniente que tenía esta zona, era que cuando se ponía el sol, empezaba a caer agua a mantas y no paraba hasta el amanecer. Por el contrario, durante el día todo era un sol abrasador que hacían peligrar los transbordos por temor a la descongelación. A trancas y barrancas se llevaban a cabo las operaciones siempre dejando a un lado las horas centrales del día que se aprovechaban únicamente para entregar pertrechos.
Yo alterné mis embarques en otros buques de la empresa que se dedicaban a otros menesteres: al transporte de atún y al transporte del pescado normal y cuando volví a embarcar en buques dedicados al transporte del marisco resulta que ya parte de la flota se había desplazado  a Mozambique, que había que doblar el cabo de Buena Esperanza para poderse comer un langostino con la etiqueta de Huelva. No sé por dónde andarán ahora, algunos que se cansaron de Mozambique se fueron a probar fortuna en aguas argentinas, allí encontraron el “gambón” que hoy en día abarrotan los supermercados españoles.
No quiero olvidarme de mencionar que tampoco el Gobierno español dejó pasar el fuerte auge de la flota pesquera española en aguas de África y abrió centros del Instituto Social de la Marina en Dakar y Luanda donde eran atendidas las tripulaciones tanto médicamente como socialmente.
Y ya está bien de tanto marisco, ahora que casi no lo pruebo es cuando tengo a menudo ataques de gota. Espero que cuando narre mis recuerdos de los atuneros no se me declare ninguna enfermedad relacionada con el mercurio.
¡Hasta la próxima!  

Capitán A. de Bonis
     


sábado, 8 de febrero de 2014

MIS RECUERDOS (IV)

Después de realizar algunos viajes a Cuba ocupando plaza de 1er Oficial en el “Sierra María”, desembarqué para disfrutar de unas merecidas vacaciones y a continuación hacer el cursillo de Capitán, esto ocurría allá por Septiembre de 1964. Me matriculé en la academia Santa María de Madrid y obtuve el titulo de Capitán en la primera convocatoria de 1965.  Durante mi estancia en Madrid se produjo el desgraciado accidente del “Sierra Aránzazu”, que fue atacado por anticastristas y donde murió el Capitán D. Pedro Ibargurengoitia junto con dos Oficiales cuyos nombres no concibo recordar. Este abominable hecho junto a la presión ejercida por EE.UU., que incluyó a todos los buques de la Compañía en una lista negra, hizo que la  Empresa reconsiderara su postura y desistiera de seguir manteniendo la línea con Cuba. Los tres buques que quedaban efectuando dicho tráfico: “Sierra Andía”, “Sierra María” y “Sierra Madre”, efectuaron un viaje más y de esa forma quedó cerrado el capitulo cubano.

Una vez finalizado el examen de Capitán, me incorporé como 1er oficial al “Sierra Aramo”, donde volví a coincidir con el Sr. Echevarría como Capitán. Él fue quien unos meses después me notificó que había recibido órdenes de la Empresa de desembarcarme porque tenía que hacerme cargo del mando del “Sierra Blanca” que se encontraba en Bilbao. Nunca podré olvidar que a mi paso por Madrid coincidí con mi padre, quien acababa de desembarcar del V. “ITA” y se dirigía a Málaga para disfrutar de una merecida jubilación, fue un día entrañable difícil de olvidar.
Como estaba previsto tomé el mando del “Sierra Blanca” en el puerto de Bilbao. Ya conocía el barco porque anteriormente había ocupado plaza de 1er Oficial estando al mando de D. Antonio Olondo Elorduy y además, también había estado embarcado en su gemelo “Sierra Banderas” durante algunos meses hasta que –desafortunadamente- se hundió en la entrada de la ría de Suances, cuando salíamos del puerto de Requejada después de haber tomado un cargamento de mineral para el puerto de Bremen. Por tanto, ni el tamaño ni el tipo de buque fueron una sorpresa para mí.
Cuando uno cursa la carrera de Náutica, lo lógico es, que la meta sea llegar algún día a mandar un buque, independientemente del tamaño de éste. En el momento en que se está saliendo por primera vez de puerto como Capitán, además de sentir cierto cosquilleo en el estomago y algo de temblor en las piernas, que nunca antes sentía, suelen pasar por la mente un sin fin de pensamientos que en cada caso será distinto, de acuerdo a como le haya ido su vida profesional hasta ese momento, pero creo no equivocarme si pienso que todos, al mismo tiempo que sentimos la inmensa alegría de haber culminado nuestro mayor deseo profesional, sentimos cierta incertidumbre por lo que está por llegar, por lo que nos deparará la vida a partir del momento en que te conviertes responsable de las vidas y de los bienes que te han sido encomendados. Es un momento inolvidable e inenarrable; para mí así fue.

En el “Sierra Blanca” tomé mi primer mando

El cosquilleo y el temblor de piernas, gracias a Dios me duraron bien poquito, muy pronto tuve que ponerme las pilas porque desgraciadamente a las pocas horas de salir de Bilbao se cerró en niebla, niebla que perduró hasta unas horas antes de llegar a tomar prácticos de Rotterdam. Mi bautizo como Capitán fue un bautizo en condiciones, difícil de olvidar.
Durante el tiempo que estuve al mando del “Sierra Blanca”, me pateé todo el Mar del Norte. La línea regular que tenía establecida la Compañía la cubrían cuatro barcos, que hacían escala normalmente en Hamburgo, Bremen, Ámsterdam, Rotterdam, Amberes, Pasajes, Bilbao, Santander Gijón y Avilés y alguno más que te podía tocar de improviso. Pues bien, esta línea tenía la modalidad de tener un buque “escoba”, que tenía la finalidad de entrar en todos estos puertos para recoger la carga que por falta de espacio no habían podido cargar lo buques titulares; la entrada estaba establecida obligatoria y teníamos que entrar hubiese o no hubiese carga. A veces era llegar y besar el santo y vuelta a salir. Lo peor de esta circunstancia es que siempre íbamos a menos de media carga con lo cual la travesía del Golfo de Vizcaya a veces resultaba bastante penosa. La parte buena de este sistema es que la Compañía nunca puso reparo a que entrásemos de arribada en el momento que lo consideráramos oportuno. La seguridad primaba por encima de cualquier otra circunstancia. Debido a lo cual, a parte de los puertos reseñados, conocíamos infinidad de rincones donde resguardarnos de los frecuentes malos tiempos tanto en la costa inglesa como en la costa francesa.
Después de una temporada haciendo de barrendero, me transbordaron al “Sierra Urbión” que iba a efectuar algunos viajes a Sudamérica, concretamente a Argentina y Uruguay, para transportar maquinaria destinada al montaje de ingenios azucareros. La descarga de toda esta maquinaria se efectuaba en los puertos de Buenos Aires, Ingeniero White, Puerto Belgrano cuando se trataba de maquinaria extremadamente pesada y en Paysandú la destinada a Uruguay. Era la primera vez que tenía contacto con puertos sudamericanos.
Para poder efectuar esos viajes, nos tuvieron que instalar una emisora de onda corta, recuerdo que fue un Furuno, no más grande que un maletín de mano, que me hizo perder muchas horas de sueño, ya que la única posibilidad de conectar con España era de madrugada y no siempre se conseguía; me salieron callos en los codos de tantas horas como le dediqué a intentar establecer contacto con Pozuelo del Rey.   De estos viajes guardo tres malos recuerdos. Un temporal que nos las hizo pasar canutas en el golfo de Santa Catalina (en la costa brasileña) debido a que llevábamos mucha maquinaría en cubierta difícil de trincar (sin daños que lamentar). Una embarrancada  en el rio Uruguay a pesar de llevar dos Prácticos a bordo y navegar en lastre ya que se había finalizado la descarga en Paysandú y de la cual salimos por nuestros propios medios, mientras las autoridades argentinas y uruguayas discutían a quien le correspondía dar el servicio de remolque solicitado.  El tercer recuerdo al que me voy a referir es más bien un caso anecdótico. Una vez finalizada la descarga y para no volver en lastre a España, la Compañía buscó y encontró un flete para transportar un completo de speller de lino desde un puerto argentino al puerto francés de Granville. El puerto argentino prefiero omitirlo y sólo diré que es un puerto pequeño y que se suele cerrar en caso de mal tiempo con mucha frecuencia. En ese puerto había una “Sala de Fiestas” (lo que vulgarmente llamamos un puticlub) regentada por una catalana, que según las malas lenguas estaba liada con el Capitán del puerto. Tres días estuvimos con el puerto cerrado sin poder salir a la mar. Hasta que la tripulación del “Sierra Urbión”  no se dejó el último centavo en la Sala de Fiestas no dieron las órdenes pertinentes para podernos hacer a la mar. Recuerdo perfectamente los comentarios que me hacía el 1er Oficial  que se lo pasó bomba con todo este jaleo, era un solterón empedernido muy dado a pasárselo bien en ese tipo de ambiente. En nuestro viaje de regreso nos cogió bastante julepe ya cuando nos encontrábamos en el golfo de Vizcaya que nos motivó un pequeño corrimiento de carga, la escora producida la pudimos compensar con los tanques de lastre y sin más novedad arribamos al puerto de Granville,  situado muy cerca del famoso Monte Saint Michel, donde tuvimos la ocasión de apreciar el gran efecto de las mareas en aquella zona. Entrabas en puerto con la pleamar, cerraban la compuerta  y pocas horas después no encontrabas la mar por donde habías navegado. Una amplitud de marea parecida solo lo recuerdo en el estrecho de Magallanes.
Después de realizar algunos viajes más hasta la entrega total de la maquinaria contratada, el “Sierra Urbión” volvió a su ruta normal del Mar del Norte, y a  mí me transbordaron al “Sierra Estrella”, un buque mixto con una pequeña bodega frigorífica de aproximadamente 120 m3, que junto con sus gemelos “Sierra Escudo” y “Sierra Espuña” había construido la Compañía en astilleros de Bilbao, y creo que nunca se llegaron a imaginar que ese era el inicio del gran cambio experimentado por Marítima del Norte en los años siguientes, durante los cuales, todo lo que se construyó fueron buques frigoríficos, los de carga seca se reconvirtieron en frigorífico y Marítima del Norte se convirtió en la Compañía más fuerte en España en lo que a transporte frigorífico se refiere. Durante muchos años se prestó servicio de transbordo a toda la flota pesquera española que faenaban en aguas extranjeras, a los marisqueros en Senegal, Guinea, Angola, Mozambique y Argentina, a los merluceros que se encontraban en Sudáfrica, Argentina , Chile y las Malvinas a los atuneros que se encontraban en el Pacífico, Atlántico o Índico.  A todos ellos se le prestó no solo servicio de transbordo sino de avituallamiento y combustible que se les llevaba desde España, facilitando su trabajo y contribuyendo de una forma imparable a la gran expansión que durante algunos años experimento la flota pesquera española.
 “Sierra Estrella”
De lo único que no puedo hablar es de los bacaladeros, ese tema se lo transfiero a mi querido amigo Sergio Reyes, Capitán de Pesca, que lo sabe todo sobre el bacalao y que lo prepara espléndidamente. ¡Avante cuando quiera!                       

Capitán A. de Bonis