viernes, 18 de diciembre de 2015
jueves, 3 de diciembre de 2015
AMERICA TEMA UNO
Después de
tanto navegar por aguas africanas, mi último viaje -como narré en el tema
siete- fue salir en lastre del puerto de Durban con destino a Magallanes. Y llegamos, como lo demuestra que estoy aquí
escribiendo esta especie de memoria después de veintitantos años, pero he de
confesar que el pantocazo más grande que he sufrido en todos
los años de navegación fue durante ese viaje; aún me tiemblan las piernas y
nunca se me han vuelto a poner de corbata como entonces.
Ahora que
voy a intentar recordar y contar todo cuanto he vivido en la costa americana al
igual que hice con la africana, tengo decidido empezar por el centro, ni por el
sur a donde llegué en mi último viaje en el “Sierra Cazorla”, ni por el norte,
donde recalé siendo segundo oficial del “Rita García” al puerto de Hope Well.
Pienso que
el Canal de Panamá, por lo que ha significado para el tráfico marítimo se
merece ser el primero en estos nuevos episodios que intentaré relatar sobre la
costa americana, desde Hope Well, lo más al norte que he visitado hasta Punta
Arenas en el estrecho de Magallanes e incluso el puerto chileno de Chacabuco en
los canales patagónicos. También creo oportuno hacer un poco de historia sobre
el Canal y no solamente limitarme a decir cuántas veces lo he pasado. Por
supuesto, la historia, no es de mi cosecha propia porque naturalmente no la he
vivido, ha sido extraída de esa interminable fuente de conocimiento que es
internet. Por cierto, que divagando sobre el tema histórico he de manifestar que,
entre internet y la series programadas de TVE: “ISABEL” y “CARLOS I” he
aprendido más historia de España que todo cuanto me enseñaron con los textos
que por aquel entonces se estudiaban en el colegio de los Hermanos Maristas
donde yo me eduqué, ya que los Reyes Católicos no resultaban ser tan católicos
como los pintaban, y porque Fernando resultó ser un "picha brava" de padre y muy
señor mío. Y no digamos de las Cortes, con tantos Cardenales intrigando para
ver quien se llevaba el gato al agua, y por si fuera poco, cuando Carlos I
llegó de Flandes, lo primero que hizo fue encamarse con la ex mujer de su
abuelo Fernando, por lo visto era una viuda que aún estaba de buen ver ó bien
porque Carlos había heredado ese furor que se le atribuía a su madre. Yo todo
lo que aprendí de esa gloriosa época, aparte de que descubrimos América, de que
expulsamos a los moros y judíos del suelo patrio - posiblemente de ahí les
venía lo de católicos- fue el famosísimo
lema “ TANTO MONTA, MONTA TANTO, ISABEL COMO FERNANDO” aunque de verdad
creo por los hechos que Fernando montó muchísimo más que Isabel.
Después de
que Cristóbal Colón realizara la gesta del descubrimiento durante el reinado de
los Reyes Católicos, allá por el año 1492, aún no existía el IMSERSO, empezaron
a organizarse expediciones siempre capitaneadas por valientes conquistadores,
que ayudados de su espada, de la cruz y del estandarte se fueron abriendo
camino y anexionando tierras a nuestro ya vasto imperio, al mismo tiempo que
enviaban oro y todo lo que de valor encontraban para nuestros insignes monarcas
y que, como no podía ser de otra forma, aumentaron las intrigas para ver quien
se quedaba con la mejor o mayor tajada, y eso que aún no existían ni Caja
Madrid, ni Bankia ni se habían inventado las tarjetas negras para los
consejeros del Reyno.
Pero vamos
a lo que vamos. Entre tanto conquistador, hubo uno especial: Vasco Núñez de
Balboa, nacido en Jerez de los Caballeros en 1475, aunque este pueblo pertenece
a Badajoz, él era de origen gallego. Este aventurero cruzó varias veces el
charco, la primera vez fue enrolado en la expedición organizada por Enrique de
Bastida cuando tenía 26 años, con el que se
dedicó a recorrer la costa de Colombia y Panamá haciendo la
correspondiente limpieza de indígenas. En 1509 logró embarcar como polizón en
otra nueva expedición con la que estuvo presente en el año 1510 en la fundación
de un asentamiento estable, el primero en el continente, llamado Santa María de
la Antigua. A partir de entonces se dedicó a efectuar incursiones en el
interior y de esas incursiones tuvo conocimiento (a través de algunos indígenas)
de que existía otra mar tras las montañas. En el año 1513 desembarcó en la
bahía de Darién y acompañado de algunos hombres más, escaló montañas y más
montañas, hasta llegar a la cima de la más alta, y cuando oteó el horizonte, yo
me imagino que como buen español no tuvo más remedio que lanzar un “¡¡coño!!” más
grande que una catedral al divisar aquella gran extensión de agua que bautizó
con el nombre de Mar del Sur, actualmente Océano Pacifico. Bajó hasta la playa, puso el banderín
correspondiente para que todo bicho viviente supiese que aquello ya pertenecía
a la Corona Española y se volvió por donde había venido. Lo narrado tuvo lugar
el 25 de Septiembre de 1513.
A partir de
entonces todo su empeño consistió en encontrar un paso natural entre los dos
mares, todo resultó infructuoso. El hecho de no haber podido encontrarlo le
induciría a pensar que si no existía, había que crearlo de forma artificial,
dando origen de esta forma al Canal de Panamá. Pero por lo visto esta idea no
se la comunicó a nadie, la mantuvo escondida en su mente. Desgraciadamente, el
Gobernador celoso del auge que estaba
tomando entre sus compañeros, se inventó ciertas intrigas que le acusaban de
traición a la Corona y con ese motivo lo hizo prisionero y le rebaneó el cuello
en 1519, con lo cual la posible idea del Canal se quedó sin ver la luz.
Cuatro
siglos tardaron en materializarse todas las ideas que iban surgiendo
posteriormente. El primero que le expuso la idea de una vía fluvial al
Emperador Carlos I, fue Hernán Cortes, pero mucho más al norte, casi dos mil
kilómetros, por la parte de México, que
era donde él repartía el bacalao y por consiguiente de muchísima mayor envergadura.
Carlos I que se encontraba enfrascado luchando contra el Rey de Francia, no
quiso ni escucharle porque lo único que le interesaba del Nuevo Mundo, era el
oro que traían y que le servía para sufragar las guerras en que estaba metido.
Posteriormente, el beato de su hijo Felipe II, no quiso saber nada del tema
alegando que lo que Dios había creado no se podía romper, o sea, que eso de
tirar montañas para abrir un paso que comunicase a los dos océanos no iba con
él ni con sus creencias religiosas. Total, nada de nada. Pasaban los siglos y
nadie aportaba nuevas ideas ni dinero. Durante este tiempo lo único que se
hizo, y con un gran esfuerzo, fue un camino para poder transportar el oro que
traían de Perú hasta el Caribe para posteriormente ser llevado a España,
evitando de esta forma que los barcos tuvieran que dar un rodeo por el Cabo de
Hornos ó el Estrecho de Magallanes. Este camino fue construido casi paralelo a
lo que posteriormente fue el Canal. Pero pronto se corrió la voz entre los
corsarios que habitaban en las islas Antillas y sin pérdida de tiempo
organizaron expediciones para atacar y desvalijar a las caravanas que
transitaban por ese camino cargadas de oro y de piedras preciosas, que aunque
venían protegidas por cierto número de tropa, éstos a la voz de "maricón el
último" corrían que se las pelaban al
menor signo de peligro, dejando todo a merced de los piratas. En vista de
tantos inconvenientes el uso del camino se fue abandonando de forma progresiva.
El tiempo
corría y nada se solucionaba, pero ante las necesidades que iban surgiendo paralelas
a la fiebre del oro que se había declarado en la zona, se proyectó la
construcción de un ferrocarril que se llevó a cabo entre 1855 y 1880 para
alivio de la situación y al igual que el
camino que se construyó con anterioridad, el ferrocarril se hizo paralelo a lo
que sería posteriormente el Canal de Panamá.
En 1869 se
finalizó con éxito la construcción del Canal de Suez, el artífice de tal
proeza, Fernando de Lesseps era considerado como un verdadero héroe en Francia.
Fue a partir de ese momento y pensando en Lesseps, cuando se comenzó a tomar en
serio la posibilidad de construir una vía fluvial que uniese los dos océanos,
construido entre las ciudades de Panamá en el Pacifico y Colón en el Atlántico.
En 1876 se constituyó un Comité bajo la presidencia de Lesseps encargado de
organizar todos preparativos de trabajo. Él se encargó durante la espera del
permiso que debería otorgar el Gobierno de Colombia, de obtener los fondos
necesarios para llevar a cabo la ingente obra y finalmente en 1881 empezaron
los trabajos que debían ejecutarse para la construcción del Canal de Panamá en
la modalidad de grandes esclusas y cuya duración se preveía que sería de seis
años.
Canal de Panamá. Esclusa
Inexplicablemente
el Reino Unido y Norteamérica, no estaban muy conforme con la construcción del
Canal, aducían que era contrario a sus intereses comerciales. Los hijos y los
nietos de la Gran Bretaña pusieron tanto empeño y obstáculos en que no se
llevara a cabo la construcción, que la empresa francesa en 1890 echó el cierre
por quiebra de la misma; culpaban a Lesseps de malversación de fondos, fue
juzgado y condenado y las obras quedaron paralizadas nuevamente. Esto que
antecede fue simplemente una artimaña elaborada por los norteamericanos para
quedarse con la construcción del Canal, pero cuando solicitaron el nuevo
permiso a Colombia, estos aumentaron el número de exigencias de tal forma que
lo americanos no aceptaron por considerarlas fuera de lugar. Entonces tuvieron
que inventarse otra de más calado, instigaron a Panamá que entonces era una
provincia de Colombia, a que bajo el hipotético derecho de libertad (como
intentan hacer hoy día los catalanes en España) se declararan independientes,
ellos lo consiguieron ayudados por los norteamericanos, y en compensación en
1903 los panameños le dieron el permiso para seguir con la construcción. No
solamente obtuvieron el permiso de construcción, sino que compraron toda la
zona por donde discurría el Canal más cinco millas de terreno a banda y banda,
con lo cual el Canal discurriría por terreno completamente americano y de esa
forma se aseguraban su administración y los beneficios económicos del mismo
hasta el año 2000 que volverían a pasar a manos del Gobierno de Panamá. El
Canal se terminó y el día 15 de Agosto de 1914 transitó el primer buque en dirección
Colón Panamá. Sobre la historia del Canal solo me queda decir que el número de
víctimas que se cobró la construcción junto con la del ferrocarril fueron de
miles de obreros a causa de las condiciones sanitarias e higiénicas que
tuvieron que soportar. La malaria producida por los mosquitos hizo verdaderos
estragos. Los americanos, conscientes de este problema, una de las buenas cosas que pusieron en práctica fue la
construcción de numerosos hospitales
donde poder atender a los numerosos enfermos que a diario caían. Hoy día el
Canal se ha quedado pequeño para los grandes buques portacontenedores que
surcan los mares, se intenta subsanar este inconveniente con la construcción de
tramos paralelos que alberguen esclusas de mayor tamaño. Toda esta grandiosa
obra, gracias a los adelantos tecnológicos de internet que hoy tenemos se puede vivir casi en directo.
Y aquí
finaliza la historia del Canal ligada a la de España, contada a mi manera.
Perdonen los entendidos en la materia si en algo he metido el remo. Ahora le
toca el turno a la historia vivida personalmente que procuraré no hacerla muy
extensa para no aburrir a los que tengan a bien leerla.
Una vez más
y cómo no, mi llegada a Panamá estaba ligada a los atunes, siempre siguiendo la
estela de los pesqueros, en este caso concreto de los atuneros. Hasta este
momento que ahora narro, siempre me había dedicado a transportar los atunes que
se pescaban en la costa africana a las factorías que los americanos tenían en
Puerto Rico, principalmente al puerto de Mayagüez. Pero los armadores, que como
todo buen empresario que se precie siempre intentan aumentar los beneficios,
pensando que abanderando los buques en Venezuela, obtendrían el combustible a
un precio inferior que lo que pagaban por el agua, allá se fueron, al Pacifico,
allí pescaban y una vez completada la carga cruzaban el Canal y se dirigían al
puerto de Cumaná para efectuar los transbordos y al mismo tiempo llenaban de
combustible, incluso los tanques que tenían que mantener después el pescado
congelado en salmuera, tan barato les resultaba el combustible. Después ellos
volvían al Pacifico y nosotros
transportábamos el atún transbordado al puerto más interesante de acuerdo con
el mercado. Pero resultó que los transbordos en Cumaná no resultaron rentables.
Los estibadores no estaban acostumbrados a manipular este tipo de carga, no
sabían sacar el pescado de las cubas de los pesqueros, ni sabían estibarlo en
las bodegas del mercante. El tiempo empleado en los transbordos triplicaba al
de cualquier otro puerto y con mucha perdida de espacio en las bodegas a causa
de la deficiente estiba. El resultado de este problema fue que nosotros
cruzaríamos el Canal y los transbordos se efectuarían en la isla de Taboga, una
pequeña isla situada en el Pacifico a una hora escasa después de desembarcar
Práctico en Panamá.
Playa de Taboga
No recuerdo
exactamente el número de veces que lo he cruzado, sí que estuvimos un año
completo haciendo viajes continuos entre Taboga y Puerto Rico, por lo tanto
puedo asegurar que fueron bastantes. La
primera vez que recalé en Colón para mí fue una sorpresa, nos dieron orden de
entrar sin práctico y que procediésemos a la zona de fondeo para esperar la
inspección. Aquello estaba lleno de barcos y la verdad es que resultaba un poco
difícil encontrar el sitio idóneo donde dejar caer el ancla.
La
inspección no llegó el primer día sino el segundo y tardaron un día más en
completarla, ya que al ser la primera vez que el barco transitaba por el Canal,
tenían que extender el Certificado después de haber verificado con los planos
en la mano todas las medidas, efectuar todas las cubicaciones para poder
determinar el pago que le correspondía pagar por el tránsito de acuerdo con las
normas establecidas, te cubicaban hasta la jaula del canario en caso de que la
tuvieses. Los buques pagan de acuerdo a ese certificado que te asignan y
depende si vas en lastre o con carga.
El tránsito
se hace penoso, ya que no consiste el llegar y pasar, ellos acoplan a los
buques de acuerdo con el mejor aprovechamiento de las esclusas, y una vez que
pasas la primera y llegas al lago Gatún te fondean nuevamente porque también
depende del tránsito de buques en sentido contrario, un verdadero rollo, pero
no tanto como tener que dar la vuelta por el Cabo de Hornos o Estrecho de
Magallanes. El trabajo en las esclusas es muy meticuloso y llevado a cabo con
muchísima precaución con el fin de evitar cualquier avería en las compuertas.
En fin, pasadas las esclusas de “Pedro Miguel” y “Miraflores” se navega con más
libertad pero siempre con precaución hasta llegar a Panamá donde quedas libre
de practicaje y nosotros nos íbamos directamente en busca del fondeadero en la
isla de Taboga, donde ya normalmente nos estaba esperando algún atunero listo
para iniciar los transbordos.
Taboga es
una pequeña isla, con pocos habitantes y donde los americanos tenían montado un
observatorio en la cima de la montaña, con dos playas magnificas que se
convertían en una cuando subía la marea y un pequeño embarcadero donde atracaba
el vaporcito que hacía el trayecto entre Taboga y Panamá. Los fines de semana
se inundaba de turistas que venían a la playa, existía un buen hotel con un
buen restaurante donde el plato más solicitado era la langosta. Nuestras
estancias solían ser de dos o tres semanas, naturalmente todo dependía de las
capturas de los atuneros, una vez completada la carga, carretera y manta y a descargar a Puerto Rico, unas veces a
Mayagüez y otras veces a Ponce, en ambos puerto existían grandes factorías
conserveras americanas con mano de obra barata.
Tres historias
que nunca olvidaré de mis viajes a Taboga son las que narro a continuación.
Taboga era llamada por los lugareños “la isla del amor”, seguramente debido a
las facilidades que daban en ese sentido las turistas durante el fin de semana.
Nuestro Alumno de Náutica, joven santanderino de 20 años quedó prendado de una
joven tabogueña más o menos de su edad. A mis oídos llegó la noticia que
pensaba desertar para poderse quedar en Panamá con la joven. La noche anterior
a nuestra salida me presenté en la casa de la joven con la intención de que
hiciera el favor de quitárselo de la cabeza, me contestó que haría todo lo
posible. A la hora de zarpar el Alumno no aparecía por ningún lado y tuve
conocimiento que él y la joven habían tomado el vapor que salía por la mañana
hacía Panamá, el primero a las siete de la mañana. Para nada sirvió mi
conversación de la noche anterior, el amor todo lo puede. Para mí quedó la
papeleta de consolar a los padres cuando meses más tarde se presentaron a bordo
para recoger sus pertenencias y me
informaron que todavía no habían tenido noticias del hijo. Trago bastante
amargo. En viajes posteriores procuré indagar sobre él pero nadie sabía nada de
la pareja. Si la primera historia resulta agridulce, la segunda es
completamente desagradable.
En uno de nuestros viajes de Taboga a Puerto Rico,
embarcaron dos Prácticos en Panamá para hacer el tránsito del Canal. Uno de
ellos, el más joven venía haciendo prácticas y el más viejo que hacía de profe
tenía una borrachera de padre y muy señor mío, casi no podía hablar y cuando
llegó al puente lo único que hizo fue pedir un café y sentarse en un rincón.
Menos mal que llevábamos práctico de repuesto. Poco antes de llegar a la esclusa
de Miraflores su estado era tan calamitoso que tuvo una descomposición de
vientre y se riló por las piernas abajo, él solito. Creándose en el puente un
ambiente difícil de describir y de soportar. Cuando atracamos en la esclusa de
Miraflores desapareció sin decir ni pio, posiblemente antes de que pudiese ser
denunciado a las autoridades del Canal. El tránsito finalizó sin novedad
gracias al Práctico novato.
Otro de los
viajes que efectuábamos entre Taboga y Puerto Rico, al día siguiente de dejar
el Canal por la popa, tuvimos noticias de la existencia de un ciclón ya formado
y que precisamente se dirigía hacia Puerto Rico. Nos encontrábamos en la época
propicia para la formación de estos fenómenos meteorológicos, En vista de lo
cual se acordó proceder de arribada al puerto de Cartagena de Indias y esperar
allí tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos. Dos días de arribada
que nos dieron tregua a que el ciclón pasase por Puerto Rico, exactamente por
Mayagüez que era nuestro destino. Nos libramos del ciclón pero no pudimos
librarnos del asedio que sufrimos los dos días que permanecimos fondeados, ya
que no paraban de llegar lanchas cargadas con sacos de café que intentaban a
toda costa que los metiésemos a bordo. Aquí finalizo mi historia de hoy, un
saludo ya hasta el próximo capítulo.
Capitán A. de Bonis.
jueves, 26 de noviembre de 2015
EL IDES (INSTITUTO DE ESTUDIOS SUPERIORES SAN LEANDRO)
Málaga
dispuso de centro de estudios de Náutica desde 1787 cuando entró en funcionamiento el Real Colegio
de San Telmo que se situó en el edificio del Consulado (Plaza
de la Constitución).
A partir de 1849/50 los estudios de Náutica pasaron al Instituto de Gaona y allí continuaron
durante casi tres cuartos de siglo, aunque
con algunos períodos de inactividad por
motivos varios (falta de alumnos, decisiones políticas y otros).
Tras
la desaparición definitiva de la escuela de Náutica del Instituto de Gaona en
1924, Málaga se quedó sin centro de formación de marinos hasta la inauguración
del IDES.
El IDES, como se le denominaba abreviadamente, era
el Instituto de estudios superiores “San Leandro”, un peculiar centro de
enseñanzas situado en el Muelle de
Heredia, numero 10.
No he
podido encontrar en la red, ni en los archivos locales que he visitado (archivo municipal,
archivo Díaz de Escovar y archivo histórico provincial de Málaga) más que unas líneas relativas al centro, así que sólo puedo hablar de
mis recuerdos durante los tres años que
cursé en él y de los pocos datos que pude hallar.
En aquella época, Málaga ofrecía un abanico de enseñanzas muy
limitado; carecía de facultades universitarias y había muy pocos centros de
enseñanzas de rango medio; así el IDES se fundó en el curso 1949-1950 bajo los
auspicios de la Obra Nacional de
formación profesional del SEU (Sindicato español universitario) con el propósito de facilitar posibilidades a los jóvenes malagueños que
(por razones familiares o económicas) no podían desplazarse a otras capitales
para realizar estudios universitarios o de otra índole. En el IDES
(que a mí me conste) se cursaron
estudios de Derecho, de Graduado social y de Náutica.
El
primer director (que continuaba siéndolo
en 1963) fue el padre Rafael López Espinosa, personaje
con poder e influencias en muchos
ámbitos de la sociedad malagueña, que había abandonado la Compañía de Jesús
para convertirse en sacerdote de la Diócesis de Málaga y asesor del Frente de Juventudes
y que había sido profesor de religión en el
Instituto de Gaona.
Parece ser que, por su afición a comer, a comer bien, alguien le buscó el apelativo de "el padre Potaje"; sin embargo otros "investigadores" justifican el alias por otras razones.
En lo que nos interesa,
el IDES impartía los estudios de Náutica
como centro reconocido y dependiente de la Escuela Oficial de Náutica y
Máquinas de Cádiz. Los profesores titulares de esa Escuela
se desplazaban a Málaga para examinar a los alumnos en cada convocatoria
de Junio, debiendo los suspensos devolver la visita a Cádiz en septiembre para
ser reexaminados.
Además del pago de la
matrícula, el centro exigía un pago mensual (como un centro privado) cuyo
importe se duplicaba el mes de junio para cubrir los gastos de viaje de los
examinadores. Las calificaciones dependían únicamente del examen final, aunque en las papeletas de examen constaba el
membrete de “enseñanza oficial”.
En los
tres cursos que permanecí en el IDES
(desde el de 1960/61 al de 1962/63) tuve
buenos profesores de asignaturas
generales y recuerdo con afecto a D. Juan Campal, que explicaba
trigonometría esférica.
Las
asignaturas específicas eran impartidas por pilotos malagueños que, por
distintas razones, habían dejado de navegar definitiva o circunstancialmente:
Rafael de la Cámara, Victorio Cheli que eran los “seniors”; Leopoldo Werner (que fue años atrás X Conde
de San Isidro) y José Luis Rodríguez Carrión que luego navegó como Piloto y
Capitán y tras doctorarse en Derecho fue catedrático de la Facultad de Náutica
de Cádiz y eminente especialista en seguros marítimos.
El
Jefe de Máquinas Joaquín Jurado nos explicó de forma clara y amena Máquinas
Marinas y el abogado Ángel González Caffarena fue nuestro profesor de Derecho
marítimo.
El centro carecía de medios apropiados para la enseñanza; nunca vi equipos náuticos, ni siquiera un sextante
o un cronómetro.
Al finalizar los
estudios se obtenían los Certificados de Alumno de Puente o Alumno de Máquinas
expedidos por Cádiz, que facultaban únicamente para realizar las prácticas de mar requeridas (que eran dos años
de embarque) antes de sufrir los exámenes
para Piloto o Maquinista que -
forzosamente- debían realizarse en Cádiz o en cualquier otra Escuela Oficial de
Náutica.
Al
crearse la Universidad de Málaga, el IDES dejó de existir aunque desconozco la
fecha de su cierre definitivo.
Quizás
este blog pueda servir como plataforma de contacto con otros colegas que hayan
pasado por las aulas del IDES y quieran añadir información a este escrito.
Carlos Navarrete
martes, 24 de noviembre de 2015
Celebradas las IV Jornadas de ”LA MAR Y SUS CRÓNICAS”
Los días 17 y18 de este mes de
noviembre se han celebrado en el salón “Rosa de los vientos” del Real
Club Mediterráneo de Málaga las IV Jornadas de la “Mar y sus crónicas”, organizadas
por el Círculo Marítimo-Junta de Desguace.
El día 17 abrió las jornadas su
Presidente, Capitán Enrique Bianchi, que agradeció al R.C.M. de Málaga y al Coronel Dr. Rafael Vidal Delgado su
colaboración para la realización de estos actos; igualmente agradeció su
participación a los conferenciantes y asistentes.
El Capitán Gómez Navas en su actuación
A continuación, D. Juan Carlos Cilvetti,
investigador e historiador marítimo, pronunció una interesante conferencia sobre
“Leyes que gobiernan en el puerto y bahía
de Málaga según la ordenanza de los puertos de España en 1793 y 1809”.
El día 18 los conferenciantes fueron dos
miembros del Círculo Marítimo-Junta de desguace, Capitanes Federico Tomás y
Rogelio Garcés.
Comenzó la jornada el Capitán Tomás con
su conferencia de sugerente título, “Capitanes
y pilotos de la Marina Mercante”
El Capitán Tomás Vera durante su
conferencia
A continuación el Capitán Garcés, apoyando su intervención en una serie de diapositivas
conferenció sobre “El accidente del buque
Costa Concordia”, tema que interesó mucho
a los asistentes que participaron en un animado debate.
El acto de clausura estuvo a cargo del Secretario General, Oficial Radioelectrónico
de primera, José Manuel Ortiz Morito, alma de la organización de estas Jornadas,
que entregó enseñas de recuerdo de estos actos a los
colaboradores y conferenciantes.
La Junta directiva del Círculo Marítimo- Junta de desguace, conferenciantes
y componentes de la Liga Naval de Málaga
Este blog quiere felicitar a los organizadores y celebrar el éxito de estas IV Jornadas de
“La mar y sus crónicas” que el próximo año cumplirán ya su quinto aniversario
miércoles, 11 de noviembre de 2015
ÁFRICA TEMA Nº SIETE
Aquí
estamos nuevamente, ya metidos en el tema nº siete y la verdad es, que he
intentado cambiar el chip, pero después de tanto tiempo bregando con todo lo
que queda atrás, cuesta un poco efectuar el cambio y no sé si lo habré
conseguido plenamente. Partiendo del último puerto angoleño, Tombwa, enseguida
se alcanza la costa de Namibia donde se encuentra Walvis-Bay, próximo puerto de
destino.
Nunca se me
hubiera pasado por la cabeza que mi vida profesional, sin ser pescador, fuese a
estar tan ligada con la pesca como así ha sido en realidad, ya que desde 1965
hasta 1988 me los he pasado corriendo detrás de los pesqueros, primero de los
marisqueros, después de los atuneros, por último de los merluceros, solamente
me ha faltado correr detrás de los bacaladeros, y como hasta tal punto no
llegué, después de pasar a ocupar plaza de emérito, la vida me ofreció
establecer estrecha y fuerte amistad con el Capitán de Pesca Sergio Reyes, el
cual toda su vida profesional la pasó él corriendo detrás del bacalao; vaya una
cosa por la otra. He aprendido, ya en secano, algo referente al bacalao, sobre
todo las diferentes formas exquisitas como él lo prepara además de pescarlos, gracias amigo Sergio.
En el alerón de babor
Sobre el
año 1967, si la memoria no me engaña, apareció el boom de Namibia, allí se
pescaba la rosada, especie desconocida en España hasta entonces y que hoy no
falta en ninguna carta de los restaurantes dedicados preferentemente al
pescado. Los pesqueros españoles aparecieron en Namibia atraídos por la
posibilidad de efectuar buenas campañas de pesca, como en realidad sucedió,
además de ser una especie muy aceptable como resultó ser la rosada. A esos
caladeros acudieron numerosas compañías pesqueras, una de las más importantes
fue Pescanova con un nutrido número de buques, capitaneados por personal muy
experimentados ya que Pescanova había echado la red al personal de Pysbe que ya
estaba por aquel entonces en declive. Nombró representante en Walvis y Ciudad
del Cabo que hacían al mismo tiempo las veces de agentes, consignatarios e
incluso de relaciones públicas. Por la parte del transporte frigorífico,
Marítima del Norte hizo transformar los Sierrras: “Aramo”, “Andía” y “Aránzazu”
de carga seca a carga frigorífica y desde ese momento todo cuanto construyó,
fueron buques de este tipo y fueron muchos. Una de las líneas preferente fue
Walvis, donde siempre hubo un “Sierra” dispuesto para cargar.
Pero vamos
a navegar un poco. Zarpamos de Tombwa como narraba en mi tema anterior, después
de bordear la costa, de lo poco que queda de Angola y rebasar el límite
fronterizo con Namibia ponemos proa a Pelican-Point y navegamos prácticamente paralelos
a la costa, una costa de la cual poco puedo decir porque resultaba completamente
inhóspita, solamente un poco antes de llegar a Pélican-Point se divisa un
pequeño reducto de origen alemán que se llama Swakopmund - en aquel entonces
muy poco poblado- y de no haber niebla, a esa distancia ya se divisaba el faro de Pélican Point, nombre que le va
perfectamente porque raras veces no se encuentra aquella zona poblada con
bandadas de pelicanos y yo juraría que también he visto flamencos. De lo que no
estoy muy conforme es con el nombre asignado a la extensa bahía que alberga al
puerto, el de Walvis-Bay, ya que en las muchas veces que hice escala en Walvis,
nunca vi una ballena por los alrededores. El único lugar donde he visto una
congregación de este tipo de cetáceos ha sido en la Península de Valdés en
Argentina cuando hacíamos escala en Puerto Madryn.
Se llega a
la bahía y se fondea en espera del Pilot, esto ya me hacía pensar que estábamos
de vuelta a la civilización, eso de entrar en puerto como perico por su
casa y fondear sin pedir permiso a nadie
se había terminado. Habíamos pasado a otro mundo, todo muy reglamentado, yo
diría que demasiado, pero en fin, si queremos ser civilizados hay que atenerse
a determinadas reglas. Lo único que allí no cuadraba con la civilización era la
rigurosa segregación a la que estaban sometidos los negros en aquella época.
Pasada cierta hora de la tarde no se veía un “alma negra” por las calles, todos
recluidos en sus correspondientes guetos, los únicos que podían transitar eran
los que trabajaban en servicio, en las cafeterías , en los restaurantes.., y que por lo visto estaban obligados a
servir provistos de guantes blancos.
De las
cosas que más me chocaron en Walvis fue su falso puritanismo. Las autoridades
portuarias ejercían un firme control sobre todo aquello relacionado con el
sexo, antes de llegar a puerto era necesario recoger y quitar de la circulación
todas las revistas donde apareciese una mujer semi o desnuda por completo, la
revista “Interviú” que era lo más normal en los barcos españoles (incluso en
las casas), era severamente perseguida por los aduaneros en Walvis, estabas
obligado a declararla y guardar en el sello durante la permanencia en puerto.
Incluso los almanaques de pared y de bolsillo con los que los provisionistas de
buques solían inundar los barcos para el
“ sustento” del marino y, que siempre solían mostrar alguna lindeza
provista de una buenísima delantera, hasta éso era obligatorio de ponerlo a la
sombra durante nuestra permanencia. En Walvis si querías algo que tuviese que
ver con sexo tenías que ser invitado por la panadera que abastecía a los buques
que -para regocijo de su clientela- solía proyectar películas porno en su
domicilio particular, a eso nadie se oponía a pesar de ser de dominio público.
Las operaciones
portuarias se ejecutaban de una forma correcta, bien cargando de almacén o de
transbordo directo, los estibadores no intentaban meter mano en la mercancía
porque sabían muy bien a lo que se exponían, en ese sentido no había ningún
problema, nosotros nos limitábamos solamente a controlar las temperaturas del
pescado embarcado y a que la estiba fuera la correcta.
El "·Sierra Gredos" y el "Sierra Luna" abarloados
Como
mencioné anteriormente, el agente de Pescanova, en mi época: Sr. Jalón, también
hacía de relaciones públicas. En Walvis no había muchos lugares de diversión a
parte de un par de cafeterías donde solíamos ir a tomar un helado o un café,
para de contar, entonces él llenaba este vacío invitándonos a su casa a tomar
un refrigerio por las tardes después de la jornada de trabajo, recuerdo que
solíamos jugar al ping-pong en su garaje y a veces, si la velada se prolongaba,
su esposa Lola nos obsequiaba con una cena; todo muy agradable y de buenos
recuerdos.
Como
anécdota de este puerto, me cabe recordar que atracó un barco que transportaba
helado, (nunca antes había visto cosa parecida), este buque entró en puerto
porque sufría avería en su planta de congelación y aviso a todos los buques
surtos en puerto para que fuésemos a coger todo el helado que quisiéramos antes
de que se estropeara. Tuvimos helado de postre durante muchos días.
Dejamos el
puerto de Walvis para dirigirnos al de Ciudad del Cabo, gran puerto donde las
operaciones y la forma de actuar eran parecidas a las del anterior, pero a mi parecer los nativos
tenían más libertad, posiblemente al ser el número muchísimo mayor, fuese más
difícil de controlar. Me extrañó bastante que las coyas de estibadores
estuviesen formadas preferentemente por hindúes, que por cierto con bastante
menos escrúpulos que los negros a la hora de meter mano a las cajas de pescado
y, lo que no me ocurrió en ningún puerto de África, me sucedió en Ciudad del
Cabo; entraron en mi camarote y me robaron dinero y toda la documentación, de
lo cual tuve que dar parte a la policía y en el consulado español. Solamente he
hecho una vez escala en este puerto y precisamente fue para hacer un transbordo
a buques de Pescanova. Pocas cosas dignas mención aparte de recordar la
facilidad de pescar langostas en el propio muelle, cosa que estaba
terminantemente prohibido por las autoridades pero que algunos se lo saltaban a
la torera. Para nosotros era más rentable comerlas en el restaurante dado su
bajo precio, además cosa extraña para mí, se podía llevar libremente el vino ya
que ellos no disponían de carta a pesar de los buenos vinos que existen en el
país.
Desde aquí
nos vamos para el océano Indico, porque para dar por terminado el tema de
África tengo que navegar hasta el puerto de Beira, en Mozambique, en ese puerto
terminan mis memorias sobre este tema porque de allí no pasé, pero sí que hice
escala también en Maputo (antiguo Lorenzo Marques) y en Durban que son puertos
intermedios.
Menos mal
que al portugués, Bartolomeu Días, se le
ocurrió descubrir el cabo de Buena Esperanza, de lo contrario no hubiéramos
podido llegar navegando hasta el Índico ni
nuestro insigne navegante Vasco de Gama que fue el segundo en pasar por
aquellos mares hubiera podido continuar con sus famosos descubrimientos, lo que
no tengo claro es porque le puso ese nombre de Buena Esperanza, allá él. Como es
natural, la primera vez que tuve que doblar el famoso cabo, tiré del derrotero
para hacerme una idea de cómo se comportaba por aquella zona la meteorología,
ya que aparte de lo que recordaba de los vientos “peroides” de cuando cursé la
náutica, nada más sabía, pero me olía que la cosa no era coser y cantar. Yo no
he tenido “la suerte” de comprobarlo, pero cuando leí en el derrotero que se
producían olas de 22 metros en ciertas condiciones de mar, vientos y
corrientes, la verdad es que era para pensárselo. Siempre que he pasado por el
Cabo, me he acordado de mi padre que navegó en el “Antonia Mambrú”, buque de
vela, de cuatro palos y que hacía la línea entre España y Filipinas. Yo, la
verdad es que en los muchos viajes que efectué a Mozambique, tuve de todo,
malos, regulares y buenos tiempos, nunca tuve que enfrentarme a una mar
arbolada, eso sí, navegando siempre con mucha precaución y atento a los
continuos partes de meteos que emiten las emisoras de radio, incluso las
comerciales. Después de rebasar Cabo de las Agujas, el más al sur de África,
hasta Durban la navegación se hace muy pegado a la costa, naturalmente
dependiendo del tiempo, se hace así para evitar la corriente que procede del
norte y que corre paralela a la costa y a unas dos o tres millas de ella.
Durban en
nada difiere a Ciudad del Cabo y Walvis en cuanto a orden y reglamento portuarios
se refiere. Nuestra entrada en Durban fue para descargar un completo de carne
congelada que habíamos embarcado en Irlanda. La carne resultó ser más golosa
que el pescado. Tuvimos bastantes problemas con los estibadores que cada uno
quería llevarse su filetito para casa.
Durante
nuestra estancia en Durban tuvimos un desagradable problema. Era un domingo por
la mañana, no se trabajaba y todo estaba tranquilo en el muelle. De pronto
aparecieron varios coches de la policía que venían a efectuar un registro a
bordo porque habían recibido un chivatazo denunciando que, un miembro de la
tripulación se dedicaba a atrapar palomas de las muchas que rondaban por los
almacenes para meterlas a bordo, y alegaban que eso estaba completamente
prohibido y por supuesto castigado. Yo que no tenía ni zorra idea de la
acusación di permiso para efectuar el registro. Sabían muy bien de que iba la
cosa porque se fueron directamente al grano. Se dirigieron a uno de los
casetones de cubierta que sirven para
sostener las grúas, abrieron la puerta y efectivamente allí habían por lo menos 20 o 30 palomas que, por cierto,
ya tenían hecho una porquería el habitáculo. No fue necesario indagar por el
autor de los hechos, el contramaestre se declaró culpable alegando naturalmente
que desconocía por completo si aquello era delito pero sus alegaciones no
fueron aceptadas, costó un par de horas de conversación amigable alrededor de
una mesa provista de buen vino, tapas variadas y algunas botellitas de whisky y
cigarrillos para llevar. De esa forma evité que se llevaran esposado al
“jabato” que era el apodo en que se le conocía en la compañía por su buen hacer
profesional. Sin más problemas finalizaron las operaciones de descarga y
después de repostar combustible zarpamos con destino al Estrecho de Magallanes,
valiente viajecito, en lastre, en mi vida he dado tantos pantocazos a pesar de
haber navegado varias singladuras hacia el norte después de rebasar el cabo.
Parecía que
nunca se iba a terminar, pero ya me quedan solamente dos puertos: Maputo y
Beira y los voy a narrar como si fueran uno solo, los dos pertenecen a
Mozambique, a los dos hemos arribado para efectuar transbordo de marisco.
Siempre corriendo tras los pesqueros, que cuando decidieron echar las redes en
los caladeros de Mozambique nos obligaron a darle la vuelta al cabo de Buena
Esperanza y vuelta a cambiar el chip porque nuevamente nos encontrábamos en un
país con las características de Angola, haciendo transbordos a marisqueros con
una mentalidad muy diferente a los merluceros.
Tanto Beira
como Maputo tienen entradas parecidas, muchos bajos que hay que sortear
navegando por canales marcados por boyas, las cuales, en los tiempos que
corrían no eran mucho de fiar por su mal mantenimiento y a veces colocación.
Los Prácticos eran rusos, abordaban los barcos una vez pasados los mencionados
canales y las maniobras de atraque siempre se efectuaban contracorriente y sin
novedad. Maputo situada en la orilla occidental de la bahía es la capital de
Mozambique y principal puerto comercial del país y Beira situada en la
desembocadura del rio Pungue es la
segunda ciudad en importancia y segundo puerto comercial. Los transbordos se
efectuaban indistintamente en un puerto u otro. Allí se encontraban pescando la
flota de los Amasuas, Álvarez Entrena, algunos de Pescanova y otros
independientes, los suficientes para llenar el mercante.
Yo hice
bastantes viajes a la zona, prácticamente hasta que me jubilé y mis últimos
recuerdos relacionados con mi vida profesional son justamente relacionados con
estos viajes. Buenos recuerdos y regulares, como siempre hay de todo en la viña
del Señor. Entre los buenos puedo contar que contribuimos a montar una escuela
de hostelería en Maputo, transportando desde España todo el material y la
maquinaria necesaria para poner aquello en funcionamiento. El director,
español, procedía de una escuela de hostelería de Marbella y resultó tener
amigos comunes. Fuimos invitados a la inauguración -mi esposa me acompañaba en
ese viaje- y obsequiados con una cena en la que lo único destacable era estar
animada por un concertista de piano nativo, que nos amenizó durante la misma,
cenamos una sopa de afrecho y gallina, más no se le podía pedir a los cocineros,
daban lo que tenían. Entre los buenos recuerdos también cuenta el haber
encontrado allí a unos cooperantes españoles, marinos que se habían hecho cargo
de la flota mozambiqueña y entre los cuales se encontraba un viejo conocido:
Juan Zamora, él formaba parte de la tripulación del “Sant Jordi” cuando yo
estuve al mando de ese buque. Aprovecho desde aquí para darle las gracias por
la buena crítica que ha hecho sobre mi persona con ocasión del repaso dado al
libro MIL AÑOS DE MAR. Junto con los demás cooperante fuimos invitado a su casa
donde cenamos bastante mejor que en la escuela de hostelería y donde mi esposa
fue obsequiada con una pulsera de marfil.
Entre los
malos recuerdos, por qué no contarlo después de 27 años, están los abusos que
cometían los pesqueros españoles, con el beneplácito del inspector de pesca de
Mozambique, que era un portugués, en el pesaje de las cajas de marisco, Cajas
que pesaban hasta treinta kilos, se contabilizaban por 20 para pagar menos
canon de pesca. Para los efectos de flete, la compañía cobraba de acuerdo con
el peso en el momento de la descarga en España, y nosotros nos cubríamos la
conciencia con la famosa cláusula de los conocimientos de embarque en el que se
hacía constar “ignoro peso y contenido”.
Y termino
mis memorias africanas, espero que no se hayan aburrido con tanto transbordo,
si pudiese, para compensarles les invitaría a una cervecita acompañada con unos
langostinos tipo tigre que eran los que yo degustaba en mis viajes a
Mozambique.
Muchas
gracias por leerme y hasta otra ocasión.
Capitán A. de Bonis
domingo, 1 de noviembre de 2015
ÁFRICA TEMA Nº SEIS.
Hubo una
época en que Angola tomó la determinación de prohibir la pesca en sus caladeros
con el fin de darles un descanso y propiciar su regeneración, ya que la
cantidad de pesqueros que operaban en sus aguas era tan grande, que de no
hacerlo pronto estarían completamente esquilmadas. Lo gracioso era que los
pesqueros rusos seguían pescando haciendo oídos sordos mientras que los
españoles tuvieron que buscarse las habichuelas por otros caladeros. Se produjo
una desbandada, parte de ellos optaron por dirigirse hacia las costas de
Camerún y Gabón y así fue como -de la noche a la mañana- nos vimos obligados a
establecer un nuevo lugar de transbordo, y ese sitio fue en Camerún, en Duala para
ser más exactos, en la medianía de la desembocadura del rio Wuari, que es el
rio que da acceso al puerto de Duala; no recuerdo exactamente el nº de la boya, sí que era un sitio
apropiado para dejar caer el ancla y que a pesar de la fuerte corriente del río
y del gran número de pesqueros que por veces se encontraban abarloados a
nosotros, nunca tuvimos problemas de garreo. No hay mucho que explicar
referente al clima de la región, completamente tropical, húmedo y caluroso a
más no poder, un gran inconveniente para efectuar nuestras operaciones de transbordos,
que en situaciones parecidas lo solíamos hacer en horas de menor insolación, a
veces incluso de noche, pero aquí resultaba completamente imposible ya que
enseguida que se ponía el sol, comenzaba a caer agua de una forma descomunal,
como si fuese el diluvio universal y no paraba hasta el amanecer, con lo cual
el invento y las buenas intenciones se iban a la porra. Esta descarga de agua
era ocasionada por nuestra proximidad al monte Victoria, un pico muy elevado
que hacía tope a las nubes cargadas de agua que circulaban, quedaban paradas en
sus laderas y allí descargaban lo visto y no visto. Según los derroteros, es
uno de los lugares del mundo donde más agua cae.
El éxodo de
pesqueros hacía esta zona fue tan grande que nos creó un gran problema. El “mercante”,
(como solían llamarnos los pesqueros) salía de Huelva completamente cargado de
pertrechos para los pesqueros y sin margen de espacio libre en las bodegas para
poder iniciar las operaciones de carga del marisco, como se solía hacer siempre
hasta el momento en que nos encontramos. Ante la dificultad creada con tanto
pertrecho la compañía tomó la determinación de poner en la línea al único buque
que le quedaba de carga seca: el “Sierra Blanca”, con lo cual desaparecía el
problema. El “Sierra Blanca” transportaba los pertrechos y víveres que no
necesitaban frío para su conservación y el mercante frigorífico el resto. La
llegada a Duala se procuraba que fuese al mismo tiempo o con la menor
diferencia posible y se daba orden de entrada a los pesqueros de acuerdo con la
estiba que había realizado el “Sierra Blanca”. El pesquero abarloaba primero al
frigorífico para descargar el marisco y después pasaba a tomar sus
correspondientes pertrechos al “Sierra Blanca”, de esta forma todo era más
sencillo. Nuestra única preocupación era el fuerte calor que no nos permitía
tener las bodegas abiertas de una forma muy prolongada y los transbordos los
limitábamos dejando un margen de descanso en las horas centrales del día y al
llegar la noche ya sabíamos lo que nos esperaba, lluvia y más lluvia. De
Camerún y de Duala en particular poco puedo contar, lo leído en los libros, que
fue un mercado internacional de esclavos, colonizado por los portugueses, los
alemanes y los franceses. Duala la capital económica del país mientras que
Yaundee en el interior era la capital administrativa y sede del gobierno. Puede
ser que por el hecho de ser la capital económica también fuese la capital de
los ladrones, ya que una vez que tuvimos necesidad de fondear justamente en las
proximidades de la ciudad, durante la noche nos desvalijaron el pañol de proa;
lo único que nos dejaron fueron las anclas, una porque estaba fondeada y la
otra me imagino porque pesaba demasiado,
¡que elegancia robando!, el guardián supongo que estaría soñando con los
angelitos, a veces pienso que es mejor que roben sin que se produzcan ataques
violentos como lo que nos sucedió en Nigeria.
Y se dejó
de transbordar en Duala, me imagino que por el elevado coste de la operación ya
que suponía emplear dos buques en un mismo viaje y teniendo en cuenta que los
pertrechos no pagaban flete porque era lo acordado en el servicio que se
prestaba. Pero no lo sé exactamente, yo marche de vacaciones cuando me tocó el
turno y cuando tuve la ocasión de volver a esa misma línea ya los transbordos
se efectuaban en Pointe-Noire (Punta Negra), puerto y capital del
Congo-Brazzaville, aquí no solamente se hacían transbordos de marisco amarrados
al muelle (con más posibilidades de manejar los pertrechos) sino que también se
hacían operaciones con atuneros franceses que tenían allí su puerto base
durante algunas épocas del año. Recuerdo que mi último viaje a Punta negra fue
para tomar un cargamento completo de atunes con destino al puerto de Concarneau
en la Bretaña francesa. Durante esta operación recordé mi francés al mismo
tiempo que tomaba el aperitivo de “pastis” en el pesquero que se encontraba
abarloado y tomaba mi lección sobre la pesca del atún en versión francesa, como
complemento de lo que ya sabía a través de los atuneros españoles. Los
franceses tampoco perdían el tiempo, ellos intentaban sonsacarme información
sobre dónde y cuanto pescaban los españoles.
Cuando digo
“de los pesqueros que quedaban en la zona”, es porque en la época en que me
sitúo, ya Angola había vuelto a abrir sus caladeros después de dos años de
inactividad. Se habían firmado nuevos convenios de pesca y la flota pesquera
española nuevamente podía faenar en aguas de Angola. Todo esto,
cronológicamente hablando se desarrolla después de haber obtenido la independencia
de Portugal y de encontrarse el país dividido por una guerra civil que
complicaba un poco la situación y siempre pensando en qué solución final
tendría aquel enfrentamiento. Pero vamos por parte, nuestra primera llegada a
Angola tuvo lugar antes de la independencia, cuando parte de la flota que
faenaba en Senegal decidió probar suerte en otras playas, no recuerdo
exactamente el año, pero sí que los portugueses seguían gobernando el país
después de un número infinito de años, teniendo en cuenta que llegaron a las
costas angoleñas antes de que Colón descubriese el continente americano, y ya
son años.
En aquellas
primeras entradas todo funcionaba con normalidad, los transbordos se efectuaban
fondeados en medio de la gran bahía del puerto de Luanda al principio y
posteriormente se estableció otro lugar más de transbordo, que fue el puerto de
Lobito, para facilidad de los pesqueros que operaban en la parte sur de la
zona.
Antes de
seguir adelante deseo resaltar que muy pocos países han tenido la suerte de que
la naturaleza les haya otorgado la suerte de tener esas ensenadas fabulosas
como Luanda, Lobito, Por Alexandre (Tombwa) y Mossamedes en menor medida.
Cuando pienso y recuerdo aquellas primeras entradas, lo hago con alegría ya que
fueron muchos los momentos agradables los que pasé. Ya conocíamos a todos los
pesqueros de nuestras arribadas a Dakar y, con el transcurso del tiempo,
hicimos buenos amigos que se alegraban igualmente de nuestra llegada, ya que
para ellos significaba tener unos días de descanso, recibir víveres y
correspondencia con noticias de la familia y la oportunidad de tener un poco de
diversión.
Después de
la independencia aquello cambió un “poco bastante”, las autoridades eran muy
exigentes y el ambiente bastante enrarecido; todo cuanto los propios angoleños
aguantaron de los portugueses como férreos colonizadores, parecía que querían
resarcirse haciendo lo propio con los extranjeros, malos modos en todos los contactos
que se tenían con ellos desde nuestra entrada hasta el momento de zarpar.
Las
entradas en Lobito llegaron a convertirse en peligrosas, ya que tuvieron la
ocurrencia de bombardear a los buques en el trayecto de la enfilación hasta la
boya del reviro, lanzaban bombas a babor y estribor para evitar que los
enemigos pudieran introducirse en la rada aprovechando la entrada del mercante;
¡de película!, a mi me recordaba una que vi siendo joven que se llamaba
“Tiburones de Acero”. Estos momentos eran de una tensión nerviosa muy grande,
tanto que un buque de nuestra compañía sufrió un embarrancamiento por los
nervios que sufría el Capitán y los olores que se solían percibir en el puente
algunas veces daban muestra de que no estábamos pasando un buen momento. El
resumen de todo lo narrado es que ya no era una alegría cuando te tocaba hacer
la línea de Angola, salvo que el viaje fuese sólo a Port Alexandre (Tombwa)
Tombwa
seguía siendo un remanso de paz, situada en el extremo sur de Angola parecía
incluso que la guerra se había olvidado de su existencia aunque -en verdad-
aquel remanso de paz era consecuencia de la propia guerra, que obligó hacer
abandono de todas las industrias pesqueras que en sus tiempos más florecientes
allí habían existido. La empresa pesquera española “Gabrielitos” con bases en
Vigo y Huelva, se estableció allí aprovechando uno de los muchos almacenes
abandonados de las antiguas pesquerías que contaba con un pequeño muelle de
madera en el que justamente podía atracar el mercante. Como estaba situado en
pleno desierto, todo cuanto allí se consumía tenía que ser llevado por el
mercante, para cuyo fin se estableció un viaje cada mes. Salíamos de Huelva
cargados hasta la perilla del palo, en Las Palmas tomábamos gasoil para
suministrar a los pesqueros y también entrepot con lo cual el servicio a
domicilio era casi perfecto, ni “Mercadona” lo hubiera hecho mejor.
Primeramente se amarraba al muelle para descargar todo cuanto llevábamos a
almacén, esa operación duraba aproximadamente cuatro días y una vez enfriadas
las bodegas ordenábamos la entrada de los pesqueros para efectuar el transbordo
del pescado y del marisco que se efectuaba fondeados para poder tener los dos
costados libres y facilitar las maniobras. Allí daba igual estar fondeados que
atracados al muelle, más allá de la puerta del almacén todo era puro desierto,
pero el estar fondeados nos permitía de noche dedicarnos algunas horas a la
pesca del calamar, con la ayuda de unas potentes pantallas de luz que poníamos
alrededor de todo el buque. La pesca no se daba siempre por igual pero durante
algunos meses del año – creo recordar que eran Junio y Julio – allí pescaba
hasta el más inepto pescador, ya que solo consistía en echar la potera y
enganchar el calamar, sin más problemas, noches de hasta trescientos kilos sin
exagerar, los cuales metíamos en bandejas y a continuación a los congeladores.
Teníamos asegurado comer calamares para rato. Yo tuve un pequeño percance,
coincidió que un calamar en el momento de ser enganchado por mi potera era engullido
por un pez grande. Cuando noté que tiraba demasiado me lié el sedal a la mano,
yo era uno de los ineptos pescadores que comenté anteriormente porque a nadie
experimentado se le ocurre hacer tamaña idiotez, a punto estuve de perder la
mano cortada por el sedal fino de nylon; menos mal que una luz me iluminó y
largué a tiempo todo, potera, carrete, la madre que parió al bicho con el susto
que me dio.
Para
terminar este relato voy a mencionar también el puerto de Mossamedes, situado
entre Lobito y Tombwa, a diferencia de todos los demás puertos angoleños,
debido a su configuración en el muelle se sentía una fuerte resaca en algunas
ocasiones lo que obligaba a tener muchísimo cuidado con las amarras. Solamente
entré en este puerto una vez para cargar un completo de atún o mejor dicho de
alistados. Los atuneros creían haber encontrado una mina que después resultó
ser un tremendo fracaso, ya que el pescado era tan pequeño que tuvieron grandes
dificultades para que fuese aceptado por las industrias conserveras, dado el
poco rendimiento económico que suponía la elaboración. El ansia de pesca a
veces rompe el saco y nada mejor dicho tratándose de pesca.
Y ya
termino porque pasamos a otra zona completamente diferente, a Namibia,
Sudáfrica y la verdad es que necesito cambiarme el chip.
Hasta
Walvis-bay un saludo.
Capitán A. de Bonis
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