martes, 6 de septiembre de 2016


LA VIDA A BORDO... UN POCO DE TODO.  TEMA NUEVE

Transcurridos los tres meses de embarque en el Dragaminas “EO”, llegó el momento de licenciarme una vez cumplidas mis obligaciones con la “Madre Patria”. Por cierto que salí por el portalón con todo mi petate completo, sin que me obligasen a entregar la mitad del equipo al no haber hecho nada más que seis meses de servicio militar como según tenía entendido era lo reglamentario, nunca me hicieron reclamación alguna.

Llegué a Málaga y solamente tuve tiempo para cambiarme de ropa y salir pitando para Cádiz, ya que el "Norte" estaba a punto de terminar su gran reparación, se habían producido grandes cambios en cuanto a la tripulación se refiere. Una agencia de viajes llamada “BAKUMAR” había reclutado personal para formar dos tripulaciones que debían embarcar en EE.UU. en dos buques tipo "Liberty" de los usados en la segunda guerra mundial y abanderados no recuerdo si en Liberia o Panamá. En el "Norte" se produjo una desbandada debido a la enorme diferencia de sueldos que ofrecían con relación a lo que se ganaba en España. El primero en cambiar fue el Capitán, D. Joaquín Palacios, con lo cual mi padre ocupó su plaza de forma fija; el que ejercía la plaza de 1er Oficial interino D. Julio Valderrama y el Alumno Antonio Terrón también tomaron rumbo a las Américas. Del personal de cubierta -incluido el Contramaestre- abandonaron el "Norte". Solamente y no me explico la razón, en el personal de máquinas no se produjeron cambios. En ese sentido hubo suerte porque buscar y encontrar fogoneros y paleros en Cádiz hubiera sido harto difícil.

Resumiendo: La tripulación quedó formada por mi padre como Capitán, yo asumí la plaza de 1er.Oficial. El 2º oficial era inamovible por propio deseo y el tercero seguía D. Pedro Rodríguez con sus achaques de siempre. Recuerdo que como Alumno embarcó  José Barcelona Marquet, natural y residente en Cádiz. Los tripulantes de cubierta fueron tantos los cambios que me resulta difícil enumerarlos y nombrarlos. De Cocinero -para bien y para mal-seguimos con el mismo de siempre, Pedro Vallina, asturiano de Gijón, que era capaz de hacer cualquier tipo de potaje, todos con el mismo sabor, hay que reconocer que eso no lo hace cualquiera, ni siquiera esos que se creen dioses de la cocina y que actúan semanalmente en la tele.

Salimos de Cádiz para Ceuta para carbonear, allí volví a encontrarme con los Dragaminas que solamente unas semanas antes habían sido mi domicilio patrio y adverti al Jefe de Máquinas que tuviese cuidado con el carbón que le daban porque yo había presenciado durante mi estancia en el “EO” muchas barrabasadas con la manipulación del carbón. Si no lo tenías en cuenta, te metían más escombros que carbón. Desde Ceuta nuevamente para Asturias para incorporarnos a la Astur Line después de una larga temporada.

La vida a bordo siguió su curso normal, pero con el buque remozado y reforzado de una forma extraordinaria después ocho meses cambiando planchas, renovando baos, reforzando trancaniles y bulárcamas y todo aquello que olía herrumbre. Lástima que no hubiesen cambiado las calderas para que el buque hubiera  salido casi nuevo.

Yo aproveché la primera ocasión que tuve para embarcar a mi amigo de la mili, Eíias, quien pronto ascendió a Contramaestre, no por amiguismo sino por buen profesional. Reculando un poco en el tiempo, me encontraba disfrutando de una vacaciones en Málaga cuando volví a encontrarme con Julio Valderrama y Antonio Terrón que estaban de vuelta de su aventura americana una vez cumplido el contrato que habían firmado por un año. Contaban maravillas del país americano, pero allí estaban de vuelta. Julio ya no volvió a navegar; el año transcurrido en el buque extranjero lo aprovechó bien para ejercitarse en el inglés y se estableció como constructor en su pueblo de Benalmádena,  que se encontraba en pleno auge turístico y prosperó muy bien como contratista de obras. Pero toda la suerte que tuvo con el trabajo le faltó en lo referente a salud, ya que falleció muy joven como consecuencia de un ataque al corazón que lo dejo parapléjico durante varios años.  Terrón continuó navegando algunos años más hasta conseguir el título de Capitán. Contrajo matrimonio y eso hizo que cambiara sus miras profesionales; le tiraban los negocios más que la mar. Se estableció en Alicante donde abrió un mesón especializado en tortillas, justamente le puso el nombre de “El mesón de la Tortilla” y abrió un sinfín de negociaos nuevos, de cerámica, de complementos, su vida como comerciante la terminó en Mijas y actualmente vive en Madrid, esperando como todos cambiar de aires pero sin fecha de caducidad. Mantenemos una relación por teléfono en determinadas fechas del año y un cariño que no depende de fechas sino que entra en lo que un día escribí con el título  “amigos del alma”.

Y la vida siguió su curso natural, los viajes se sucedieron al servicio de Renfe año tras año. Llegó el 1958 y nuevamente se volvió a entrar en dique, esta vez fue en los astilleros Juliana de Gijón donde se hicieron bastantes cambios en el buque, se cambio el puente de madera por uno de hierro, se cambió el mamparo del peak de popa con lo cual fue necesario desmontar la Cámara de Oficiales que era de caoba pieza a pieza para poder rehacerla nuevamente en su forma original. Pero volvimos a salir de dique sin haber tocado las calderas y sin haber conseguido instalar siquiera un gonio como ayuda a la navegación en el puente recién estrenado.

En cuanto a mí respecta, yo aproveché esta reparación para contraer matrimonio con mi primera esposa de nacionalidad francesa, y de cuyo matrimonio deseo pasar de puntillas porque lo único bueno que aportó a mi vida fueron los dos hijos nacidos de dicho matrimonio. En 1962, aprovechando su nacionalidad francesa y de que nos habíamos establecido en Casablanca, solicitó el divorcio dando fin a una vida llena de desavenencias.

La verdad es que me gustaría seguir hablando del "Norte", ya que fueron tantos años que me cuesta trabajo decirle adiós, pero lo único que me queda por narrar es la entrada dramática que hicimos en el puerto de Santander, precisamente porque fallaron las calderas que tanto habíamos solicitado de ser cambiadas. Y esa entrada ya la he contado en diversas ocasiones, en el libro MIL AÑOS DE MAR y en el artículo aparecido en el blog “Su último viaje como Capitán”.

Por lo tanto doy por terminado una parte muy importante de mi vida profesional y a partir de ahora continuaré narrando como se me vengan a la memoria el resto hasta que le diga adiós a la mar,  para establecerme en la Ciudad del Paraíso con mi familia, donde afortunadamente se había creado una asociación de jubilados de la mar con el nombre más apropiado que se le pueda poner “El Desguace”, de la cual y sin darme cuenta he llegado a ser el decano, pido perdón a los que me han dado paso para poder llegar a ocupar este puesto y de paso mi cariño y un fuerte abrazo allá donde se encuentren porque de seguro que nos volveremos a reunir y no me importa en absoluto volver a ser el último de la lista.   

Saludos y hasta la próxima  


Capitán A. de Bonis           

lunes, 22 de agosto de 2016


LA VIDA A BORDO... UN POCO DE TODO.   TEMA  OCHO

La vida en el Cuartel se desarrollaba de una forma bastante monótona. Instrucción militar y más instrucción durante toda la mañana hasta la hora de la comida. Por cierto, que cuando nos encontrábamos en la explanada haciendo esta tarea, solía entrar el camión que transportaba el pescado y teníamos que dejar el mosquetón para taparnos la nariz; lo único comestible eran los potajes, el resto lo suplíamos en la cantina a base de bocadillos y cuando salíamos por las tardes en un restaurante que si mal no recuerdo se llamaba la “Cepa Gallega”, donde por cinco pesetas te ponías a reventar de callos y de huevos fritos con patatas. Lo que son las cosas, en la mili empecé a engordar.

Los tres meses de cuartel pasaron en un abrir y cerrar de ojos, llegó el ansiado día de la jura de bandera y a continuación conocer los destinos correspondientes. Por cierto que el día de la jura se convirtió en un día bastante triste. Nos encontrábamos paseando con nuestras respectivas familias por el entorno del cuartel, cuando el padre de Rafael Moreno cayó en una zanja plagada de chumberas, con tan mala fortuna que se le clavó una penca en un ojo y perdió la vista del mismo. Rafael Moreno fue destinado al "Canarias". Bonilla había abandonado el cuartel por enfermedad unas semanas antes y yo fui destinado al Dragaminas “EO” con base en Ceuta. O sea, que hice mi petate y me dirigí al puerto de Algeciras y desde allí al de Ceuta donde me estaba esperando el “EO”.

No recuerdo exactamente si eran cuatro o cinco los dragaminas que se encontraban abarloados y amarrados en el muelle Alfau, en el espigón de babor entrando en el puerto de Ceuta. Tuve mucha suerte con ser destinado al “EO”. El 2º Comandante, Alférez de Navío, Sr. Bedoya, era hijo de mi profesor de Astronomía y Navegación de Cádiz, cuando vio mi historial y supo que era Oficial de la Marina Mercante enseguida me dio un destino a bordo acorde con mi título, me destinó al Cuarto de Derrota para que me encargase de corregir las cartas náuticas, dar cuerda al cronometro  y tener siempre en orden las banderas.  El Comandante se llamaba González de Aldama, era naúfrago del dragaminas "Guadiaro", hundido en el Mediterráneo a causa de un fuerte temporal frente a las costa de Estepona.  Según las buenas lenguas se salvó gracias a que un marinero le dio su salvavidas. Parce ser que ese detalle le hizo inclinarse por facilitarle la vida a la marinería bajo su mando. Era una excelente persona. Tenía fijado su domicilio en Ceuta y solía aparecer por las mañanas a bordo, después todo quedaba bajo el mando del 2º Comandante. El único hueso a roer a bordo del “EO” era el Contramaestre, un gallego con verdadera cara de contramaestre y con bigote estilo inglés, que cumplía con creces su cometido de mantener alerta a toda la dotación que tenía bajo su mando, pero sin pasarse, ya que sabía muy bien que el Comandante no tenía mucho apego a la mano dura.

Personalmente he de  confesar que muchas veces trabajábamos más evitando hacer el trabajo que nos encomendaban, que haciéndolo con voluntad. Cada mañana el Contramaestre reunía al personal en cubierta y con cara de pocos amigos dabas las órdenes pertinentes, pues bien, todos nos dedicábamos y no evitábamos esfuerzos por vigilar por donde andaba el Contramaestre para no hacer los que estaba mandado. De cualquier forma no era tan fiero el león como lo pintan y para demostrar mi teoría tengo una buena anécdota que contar sobre el Contramaestre.

Por las tardes nos solíamos reunir en el Puente un buen número de personal, todos fumábamos como carreteros, el hecho de que no hubiese ceniceros donde depositar las colillas apagadas, desde siempre se tuvo la costumbre de echarlas entre el frente del Puente y el embonado, a través de los ventanales que eran de sube y baja, aquel espacio debía estar completamente atestado de colillas después de  años haciendo la misma operación. El Contramaestre solía dormir la siesta debajo del Puente echado sobre una tumbona. Un día de los que nos encontrábamos reunidos, una de las colillas depositadas sin estar debidamente apagada, prendió fuego en todo lo que allí había depositado. Nuestra reacción inmediata fue vaciar botellas de agua para intentar apagar el fuego provocado. Cuando el espacio quedó completamente anegado de agua, comenzó a salir por el espiche que existía para tal menester en el frente del Puente, con tan mala fortuna que daba justamente donde se encontraba durmiendo el Contramaestre y cayéndole encima de su cara. Ya os podéis imaginar el zipi zape que se montó. Pues bien, a pesar de la falta tan grave cometida y que nos podía haber costado un buen paquete, el Contramaestre se olvidó por completo del tema y no hizo ninguna denuncia que nos pudiese acarrear consecuencias.

El inconveniente de esos buques es que permanecían con las calderas apagadas, y cualquier tipo de maniobra que se realizaba de cambio de atraque o cambio de posición entre los buques abarloados, era a base de fuerza humana, mismo si teníamos que virar el ancla se hacía a mano, y naturalmente todo dependía de lo bien o mal que estuviese agarrada el ancla al fondo. En fin, todo aquello pasó como suelen pasar todas cosas en la vida. Durante los tres meses que estuve embarcado en el “EO”, salimos a navegar en dos ocasiones, la primera solo los mandos sabían el por qué y donde nos dirigíamos en realidad, todo resultaba un secreto y después de dar algunas vueltas por el Mediterráneo terminamos fondeados en una pequeña cala al W. de Cabo Tres Forcas donde pasamos la noche y después emprendimos rumbo a nuestra base en el puerto de Ceuta. La segunda vez que salimos a la mar fue para efectuar el relevo de la dotación que se encontraba en la isla de Alborán. No recuerdo el número de hombres que formaban dicha dotación, pero para efectuar el relevo, primeramente tuvimos que ir al puerto de Málaga, para recoger al personal de infantería de marina, agua, víveres y todo lo necesario para el periodo de tiempo que tuvieran asignado hasta el próximo relevo. Toda esta operación se efectuaba a través de una pequeña cala que había al sur de la isla y una vez realizada la operación volvíamos al puerto de Málaga para dejar al personal sustituido y desde allí nuevamente a nuestra base en el puerto de Ceuta. Lo peor de estas salidas a la mar era que una vez que se daba la orden de cerrar puertas y portillos estancos de acuerdo con el protocolo, en el sollado de marinería que era contiguo al compartimento donde se encontraban los aseos y las duchas al no  existir ventilación, el olor era verdaderamente insoportable.

Y hoy voy a terminar mi narración hablando de una buena amistad que hice mientras me encontraba embarcado en el “EO”. Se trata de Elías Ruiz San Isidro, de la Pueble del Caramiñal, si se diese la casualidad de pudiera leer estas líneas, le envio más cordial saludo y un entrañable abrazo. Nos hicimos buenos amigos en el “EO”, posiblemente porque los dos éramos profesionales de la mar. Ël desde muy joven y como buen gallego tuvo que marcharse a la mar para ganarse el sustento y lo hizo de la forma más dura que existe en la profesión, se enroló en los bacaladeros y allí permaneció varios años hasta que fue llamado a filas para cumplir el  servicio militar, en los bacaladeros llegó a ocupar plaza de 2º contramaestre. Me contó todo cuanto se puede contar de la vida en los bacaladeros, me explicó que solían mearse en las manos para curarse las heridas que se producían como consecuencia de las bajísimas temperaturas. Yo desembarqué a los tres meses del “EO”, a él aún le quedaban algunos meses de mili. Cuando nos separamos, en nombre de la amistad que nos unió durante los tres meses que pasamos juntos, me pidió que si alguna vez tenía la oportunidad de ayudarle para embarcar en la mercante, que no me olvidase de él.

En la primera ocasión que tuve al producirse una baja en el "Norte", lo embarqué como marinero y al poco tiempo estaba ocupando plaza de contramaestre debido a su gran profesionalidad. Cuando yo desembarqué del "Norte" nos separamos definitivamente, pero la casualidad hizo que nos volviésemos a encontrar en el puerto de Casablanca cuando yo estaba en el "Sierra Urbión" y él estaba enrolado en un barco que -si mal no recuerdo- tenía bandera panameña y me contó que pensaba desertar a la llegada a un puerto americano. Desde entonces nunca más he sabido de él y espero que las cosas le hayan ido bien. Un abrazo por si lo puedes recibir.

Y hasta la próxima entrega, un saludo para todos los lectores.  


Capitán A. de Bonis.               

sábado, 6 de agosto de 2016

LA VIDA A BORDO... UN POCO DE TODO. TEMA SIETE

Durante el tiempo que yo estuve haciendo el cursillo de Piloto, donde volví a encontrarme con los profesores de antaño: D. Mario Vallejo, D. José Bedoya, D. Fernando Portillo, D. Carlos Cavijoli……la vida a bordo del “Norte” siguió su curso normal. El Capitán D. Joaquín Palacios regresó de sus prolongadas vacaciones y mi padre volvió a ocupar la plaza de 1er oficial. La gran novedad y al mismo tiempo gran sorpresa fue, que D. Joaquín volvió acompañado de su reciente  contraída esposa. Nadie sabía que tenía novia y todo el mundo pensaba que se quedaría para vestir santos ya que rondaba los sesenta años de edad, pero nunca has de decir “de ese agua no beberé, ni nunca es tarde cuando la dicha es buena”.

Yo mientras tanto me encontraba en Málaga esperando la oportunidad de volver al “Norte” cuando hubiese una plaza libre que cubrir por vacaciones, como me habían prometido. Hasta el mes de Julio no se produjo esa oportunidad y fue para cubrir la plaza del tercer oficial que al parecer se encontraba enfermo. El “Norte”, en ese  momento, se encontraba en los astilleros de Cádiz pasando la revisión anual. Como es de suponer fue una alegría recibir la orden de embarcar, pero al mismo tiempo un contratiempo ya que acababa de conocer a la que tres años después se convertiría en mi primera esposa. Pero de esa forma comenzaba a valorar lo que siempre ha sido la esencia en la vida del marino, vivir separado de las personas queridas para poder cumplir con la profesión.

Hice las maletas y a trabajar que ya iba siendo hora. El viaje de Málaga a Cádiz fue accidentado. Una vez que el autobús dejó atrás Tarifa y tomó los llanos de Maspalomas se le reventó una rueda delantera, el chófer no pudo hacerse con la dirección del autobús y fuimos a parar después de dar varias vueltas de campana a un descampado que afortunadamente no tenía mucho desnivel con la carretera. Milagrosamente no se produjeron desgracias personales de gran importancia, a pesar de lo aparatoso del accidente. Yo tuve la suerte por ir sentado en el primer asiento, de darme cuenta de lo que se nos venía encima, agarrándome a las barras del portaequipaje soporté las varias vueltas de campana que dimos, con el único resultado de tener que padecer durante varias semanas una tortícolis. Algunas ambulancias se llevaron a las personas en peores condiciones y el resto esperamos pacientemente a que otro coche de la empresa nos trasladara, y con varias horas de retraso y las maletas completamente rotas arribamos a la “Tacita de Plata”, así fue mi entrada triunfal en Cádiz donde se encontraba el “Norte” en el cual me enrolé estrenando el título de Piloto que justamente había obtenido en el mes de Febrero en dicha ciudad.

A mi regreso al “Norte”, nada ni nadie había cambiado, solamente -como he mencionado anteriormente- que el Capitán había contraído matrimonio y que su esposa se encontraba a bordo. El matrimonio parece ser que le sentó bien ya que su carácter algo había cambiado, estaba mucho más comunicativo que cuando era un triste solterón.

Salimos del astillero con destino Asturias, era mi primer viaje como Oficial, la única diferencia era la responsabilidad que como oficial había adquirido tanto en mis guardias de mar como en el trabajo diario a bordo. Conocía perfectamente la costa después de dos años haciendo los mismos viajes y conocía igualmente mis obligaciones durante las guardias de mar, ya que las prácticas siempre acompañando al tercer oficial D. Pedro, me hicieron actuar más como oficial que como alumno dado su mal estado físico.

Transcurrieron los meses, el tiempo pasó volando, continué embarcado hasta finales de 1955 ya que hice varios relevos seguidos, pero en Enero de 1956 después de haber consumido tres años de prorroga me decidí por efectuar mi servicio militar, aprovechando las circunstancias de que el “Norte” se había visto obligado a entrar nuevamente en dique. En Diciembre de 1955 una denuncia presentada en la Comandancia de Marina de Gijón alertaba de las malas condiciones en que se encontraba el casco del buque, la denuncia siguió su curso administrativo y se recibió orden de las autoridades de marina, para que el buque procediera a Cádiz para pasar una inspección extraordinaria. Así se procedió y en vista que la reparación sería larga yo aproveché para desembarcar y efectuar mi servicio militar en el primer reemplazo de 1956.

Recibí una gran alegría al tener conocimiento de que  coincidiríamos varios amigos al mismo tiempo en el que habíamos decidido servir a la Patria. Se trataba de Rafael Moreno, de Eduardo Sanz y de Antonio Bonilla.  El día 1 de Enero de 1956, siguiendo instrucciones de la Comandancia Militar de Marina, a las ocho de la mañana nos encontrábamos en la puerta del recinto militar una cantidad bastante numerosa de “quintos” para ser trasladados a San Fernando (Cádiz) para ingresar en el “Cuartel de Instrucción”. El traslado se iba a efectuar a bordo del buque transporte de la Armada “Contramaestre Casado” que venía haciendo un recorrido por la costa andaluza recogiendo a los mozos de dicha zona. El tema comenzó de mala manera, ya que al mediodía aún no se tenían noticias del ETA (hora de llegada) del “Contramaestre Casado”, por ese motivo nos dieron permiso para que fuésemos a comer a nuestros domicilios y que volviésemos a presentarnos a primera hora de la tarde. Loa amigos citados anteriormente nos fuimos a comer a un restaurante situado en la misma playa y muy próximo a la Comandancia de Marina. En aquella época era un chamizo hecho de madera y se llamaba “Antonio Martín”, fuimos allí pensando en que posiblemente sería la última comida decente que comeríamos en bastante tiempo.

El “Contramaestre Casado”  hizo su entrada triunfal en Málaga sobre las 1800 horas y a las 20 h,  “los borregos”  que desde la 08 estábamos esperando, fuimos alojados en el entrepuente del buque. Eso sí, cada cual escogió el rincón que más le gustaba. Como no estaba permitido salir del entrepuente, no sabíamos en que otros puertos parábamos, pero la travesía se hizo interminable y una vez que el buque salió de Estrecho y comenzó el zarandeo, empezaron las vomiteras. Cuando desembarcamos en la Carraca la dotación del buque supongo que tuvo que emplearse a fondo para dejar aquello decentemente limpio.

La llegada a la Carraca tuvo lugar el día 2 de Enero sobre las 16 00 h. Nos pusieron en una explanada delante del cuartel, parecíamos cadáveres vivientes después de la malísima noche que habíamos pasado entre tanta vomitera, y en vez de darnos ánimos con una arenga de tipo patriótico o algo parecido, el Sargento (con cara de sargento) encargado de recibirnos, las únicas palabras enternecedoras de bienvenida que tuvo fueron las siguientes textualmente: “ Y una cosa os digo: a partir de ahora y antes de entrar por esa puerta, los cojones los dejáis fuera porque dentro no os van a servir para nada”.

A continuación llegó el momento de pasar por la peluquería, momento inolvidable donde el peluquero con cara de recochineo te preguntaba que como querías el pelado, cuando al finalizar te ofrecía un espejo para ver como habías quedado, te daban ganas de cagarte en todos su muertos porque ni tu madre sería capaz de reconocerte.

Todos los amigos que éramos Oficiales de la Marina Mercante fuimos destinados a la sexta brigada, que era la brigada de los analfabetos, en plan de instructores. A la siete de la mañana del día siguiente escuchamos el primer toque de corneta y la desagradable voz del cabo de guardia que decía que había que dirigirse a las duchas, menos mal que los cojones los habíamos dejado fuera el día anterior, porque ducharse en el mes de Enero a las siete de la mañana con agua casi fría era motivo suficiente para que se te congelasen.

A la rutina del cuartel de aprender la instrucción a fuerza de machaqueo impartido por el cabo primero todos los días  y supervisado por el Capitán los fines de semanas. Nosotros teníamos el cometido de alfabetizar a los 150 angelitos de la 6ª brigada, e incluso prepararlos para hacer la Primera Comunión  para los que no la hubiesen hecho.

Voy a terminar mi artículo narrando una anécdota sobre este tema. Entre mis discípulos había uno de Motril de profesión cabrero; no me explico cómo vino a parar un cabrero a la Marina, entre sus historia había una muy singular; contaba que él no tenía ningún problema sexual cuando se encontraba pastando por el monte con sus cabras, Si tenía alguna necesidad y le gustaba alguna, “aquí te pillo y aquí te mato”. Y cuando le pregunté si había hecho la Primera Comunión, me contestó que no sabía, que solamente recordaba que cuando era pequeño en la Iglesia le dieron una pastilla muy grande. Este individuo sin duda pertenecía a la España Profunda. Recordando a este motrileño no puedo dejar de pensar en las duchas, que era un pasillo largo con tubo de agua fría en un costado y otro de agua menos fría en el otro, lo peor que te podía ocurrir era que se te cayese la pastilla de jabón y tuvieras que agacharte para recogerla, sobre todo pensando que el cabrero pudiera venir detrás de ti.

Hasta el próximo un saludo  


Capitán Arturo de Bonis.




jueves, 21 de julio de 2016

LA VIDA A BORDO... UN POCO DE TODO. TEMA SEIS


Hablar de la “Astur Line” es hablar de buques carboneros, y sin que por mi parte exista el menor signo de desprecio ya que en ellos permanecí durante nueve años, no puedo dejar de considerar que en el escalafón de la Marina Mercante, el buque carbonero ocupaba el último puesto, la flor y nata pero al contrario. Todos los que formaban  dicha flota se encontraban distribuidos entre los puertos de Gijón, Avilés y San Esteban de Previa. Todos eran buques de más de cincuenta años y que normalmente las Sociedades Clasificadoras como el Lloyd´s o Bureau Veritas  ya no le permitían dedicarse a otra clase de transporte. Estos buques se dedicaban exclusivamente a suministrar carbón a los “Altos Hornos” bien de Vizcaya o de Sagunto, a las “Centrales Térmicas” y a los “Depósitos de Renfe”. El "Norte" -por ejemplo- tenía firmado un contrato con Renfe que le aseguraban hacer 14 viajes al año, tanto si los hiciera como si no. Dentro del flete iba incluida una cláusula de lastrada, una cantidad fija que aumentaba el flete pero que obligaba al buque a volver en lastre a los puertos asturianos una vez finalizada la descarga y estar siempre a disposición de Renfe. Una vez arribados a Gijón o Avilés quedábamos amarrados en espera de turno de carga. A San Esteban de Pravia no solíamos ir porque nuestro calado no permitía salir con la carga completa.

Los puertos más usuales de descarga eran Barcelona, Tarragona y Alicante, sin descartar cualquier otro puerto del Mediterráneo. Los fletes eran los pactados con el Armador y -por supuesto- al tratarse de carbón resultaban los más bajos. Nosotros cobrábamos los sobordos según el número de viajes que hacíamos sin tener en cuenta los que tenía asegurado el Armador anualmente. Si en los buques mercantes se ganaba poco, en los carboneros "apaga y vámonos", ya que siendo el sobordo el porcentaje sobre el flete (2% en viajes nacionales y 4% en viajes internacionales) resultaba ser la diferencia de estar embarcado en un carbonero y estar embarcado en otro tipo de buque, por ejemplo en petroleros donde solían cobrar un plus de peligrosidad era "el caramelo" que todos los marinos deseaban.

Si a lo que acabo de narrar, le añado que el "Norte" era el único buque que le quedaba a la Empresa Domingo Mumbrú  de Barcelona,  resulta que no era el embarque ideal para ningún marino porque no existía ninguna posibilidad de prosperar en la Empresa. El Armador tendría, aproximadamente, 80 años y vivía en un hotel de Barcelona con su esposa esperando que le llegase su momento, después de haber vivido una vida empresarial prospera con varios buques que hacían viajes a Filipinas (donde mi padre hizo sus prácticas de vela). Todo ésto hacía que la plaza de 1er Oficial fuera un ir y venir de oficiales, ya que enseguida que encontraban una ocasión de mejora, "carretera y manta".

Durante mi permanencia como Alumno, conocí a José Agredano Gonzales,  a Julián Arrien y finalmente a Luis Mañes Revuelta. Este último acababa de obtener el título de Capitán, era novio de una sobrina del Capitán, pero ni éso fue obstáculo para que estuviera poco tiempo, desembarcó al poco tiempo para mandar un barquito de motores que (si mal no recuerdo) se llamaba “Xauen”. Pero su estancia fue fructífera a bordo ya que, recién examinado de Capitán tenía ideas muy recientes de mecánica del buque y se ideó un sistema para poner el buque en calado a falta de 400 toneladas para finalizar la carga y con la posibilidad de jugar con las cuatro bodegas. Esos estudios recopilados en una libreta quedaron a bordo y la utilizaron todos los oficiales que posteriormente pasaron por el Norte, incluido el que suscribe.

Fue en ese momento cuando el Capitán me preguntó si mi padre estaría dispuesto a embarcar de 1er Oficial con la promesa de sustituirle en sus periodos de vacaciones, vacaciones que ya hacía varios años que no disfrutaba.  Estamos hablando del año 1954, a mí me faltaban seis meses para finalizar mis practicas de Alumno y mi padre la última vez que pisó la cubierta de uh barco fue en el año 1936.  Aunque en 1948 tras ser depurado recuperó su título de Capitán, optó por seguir trabajando en tierra porque vio pocas posibilidades de poder volver a navegar. Cuando yo le propuse lo de volver a embarcar, fui el primer sorprendido al escuchar su contestación tan repentina y afirmativa, Yo mismo le dije que lo recapacitase y que tuviese muy en cuenta su estado físico antes de tomar una determinación tan importante. Todos los consejos familiares resultaron inútiles y al final embarcó como 1er Oficial en el "Norte" y con orgullo puedo decir que yo le ayude enormemente a que su vuelta a la mar le resultara lo más cómoda posible. Le puse al corriente de todos los conocimientos que yo tenía del barco y en muy poco tiempo se adaptó a su nueva vida. Se le veía feliz por haber vuelto a lo que tanto siempre amó: la mar.

A los dos meses de haber embarcado, el Capitán D.  Joaquín Palacios se decidió por tomar sus vacaciones que resultaron ser prolongadas y mi padre -de acuerdo con lo prometido- se hizo con el mando del "Norte" durante su ausencia. De esta forma se cumplieron los sueños de un viejo marino, los que fueron truncados en Julio de 1936.

Se dio la casualidad que mi último viaje como Alumno, que fue en Septiembre de 1954, la Renfe como cosa extraordinaria, eligió como destino de descarga los puertos de Huelva y Sevilla, hasta ese momento siempre los puertos de descarga habían sido puertos del Mediterráneo. Eso supuso para mi padre una gran alegría, ya que pudo visitar a los amigos de la empresa donde tantos años estuvo trabando como subdelegado, no fue una visita cualquiera sino una visita con celebraciones. Yo aproveché que desembarqué en Sevilla para dejarle la plaza a un amigo de mi época de estudiante en la escuela de San Telmo, a Juan Chamorro que aún no había conseguido embarcar para efectuar las prácticas de Alumno.

Como esto se ha convertido prácticamente en una autobiografía, aunque a partir de este momento me encuentro en tierra desembarcado del "Norte", seguiré contando mi vida en lo que queda del capitulo.

Me inscribí en el cursillo de Pilotos que impartían en la Escuela Oficial de Náutica de Cádiz que se iniciaban en el mes de Octubre. Allí tuve la alegría de reencontrarme con mi gran amigo Vicente Rodríguez Vicente, que habiendo hecho el tercer curso de náutica conmigo en Sevilla, había realizado las prácticas en Campsa al mismo tiempo que yo en el Norte. También se encontraba en Cádiz otro entrañable amigo, Antonio Terrón del Rio, este aún estaba estudiando Astronomía y Navegación del tercer curso. Los tres nos alojamos en una casa muy particular perteneciente a Doña Francisca Quecuti (doña Paca para los estudiantes), esposa que fue de un Jefe de Maquinas de la Compañía Trasatlántica. Nos cobraba siete pesetas por la habitación, comer lo hacíamos en cualquiera de los múltiples comedores que existían en Cádiz para estudiantes. Recuerdo uno muy especial que conocíamos por el sobrenombre de la ONU por las diferentes regiones que allí estaban representadas, incluso extranjeros sudamericanos.

Volviendo a doña Paca, era agarrada como ella sola y el mejor regalo que se le podía ofrecer era un paquete de picadura de tabaco porque fumaba como una condenada y cuanto más fuerte mejor. Todas las noches para poder estudiar sin dejarnos las pestañas, estábamos obligados a cambiar las bombillas de 25 que ella tenía instaladas por otras de 60, pero sin olvidarnos de volverlas a esconder antes de irnos a la cama. En la casa -como en todas las de Cádiz- no existía el cuarto de baño en aquel entonces, por lo que estábamos obligados  a hacer uso de los servicios de la Cruz Roja para nuestro aseo corporal.

En el mes de Febrero de 1955 obtuvimos nuestro título de Piloto, el cual lo celebramos a lo grande; a mí me duró el dolor de cabeza casi una semana. Mi amigo Vicente Rodriguez -a pesar de haber obtenido el numero uno de la convocatoria- guardó su Título en el armario, continuó estudiando Derecho y ejerció la profesión de abogado durante toda su vida en la ciudad de Sevilla. Nos hemos vuelto a encontrar en Málaga con ocasión de una reunión que tuvimos en el Real Club Náutico, La Junta de Desguace y la Cámara de Mareantes de Sevilla a la cual él pertenece como miembro fundador. Y como no perdió su afición a la mar, se dedicó a dar clase de Derecho Marítimo en la escuela de San Telmo, donde cursamos estudios juntos en el curso 50/51.

Antonio Terrón, aprobó su asignatura pendiente obteniendo de esa forma su título de Alumno y después de estar rodando por buques extranjeros algunos años, tuve la alegría de poderlo embarcar conmigo donde finalizó las practicas.

Un saludo para todos los lectores y hasta el próximo capítulo. 



 Capitán A. de Bonis.      

domingo, 3 de julio de 2016


LA VIDA A BORDO... UN POCO DE TODO.   TEMA CINCO

Yo nunca había salido durante mi juventud de la ciudad de Málaga, lo máximo a Granada donde naturalmente nada tiene que ver la ciudad con la mar. Después conocí Cádiz cuando fui para realizar mi ingreso en la Escuela Oficial de Náutica y volví para pasar los exámenes del primer y segundo curso por libre y por último me trasladé a Sevilla para estudiar en la Escuela de San Telmo el tercer curso, aprovechando que mi padre era subdelegado de una empresa de transporte en Sevilla y tenía fijada su residencia allí, lo cual servía para hacerle compañía y podría obtener ayuda en mis estudios por parte suya.  Con todo esto quiero decir que no tenía idea de “mares bravas”, ni de puertos con resaca. Cuando en Málaga me encontraba en el puerto y coincidía con la entrada de algún buque, observaba cómo los amarradores tomaban los cabos que le daban desde el buque y los encapillaban en los noráis tanto los de proa como los de popa y una vez tensados para de contar, el buque quedaba amarrado al muelle listo para efectuar las operaciones pertinentes.

Cuando llegué por primera vez al puerto de Gijón y quedamos amarrados de punta después de una ardua maniobra; todo aquello para mí resultaba nuevo, comprendí perfectamente la gran diferencia que existía entre amarrar en un puerto tranquilo del Mediterráneo y un puerto expuesto a la resaca en caso de mal tiempo. De hecho, en Gijón y en Avilés (en la dársena) siempre se tomaban  las debidas precauciones porque la resaca entraba en puerto sin previo aviso. Para combatir la resaca se usaban los calabrotes, que eran unas amarras no muy largas pero sí de un gran calibre y con una gran resistencia a la rotura, que -debido a su peso- resultaban muy difíciles de manejar. Estos calabrotes eran alquilados por una empresa que de antemano los colocaban junto a los noráis que la Capitanía del puerto le había asignado al buque para amarrar. Después cada movimiento por cambio de atraque, los calabrotes tenían que ser colgados en el buque y trasladados para ser utilizados en el próximo atraque. Estas operaciones las efectuaba el Contramaestre ayudados por los marineros con la antelación suficiente una vez que se sabía la hora del cambio de atraque. La duración de estas operaciones dependía principalmente de la maestría del Contramaestre y sobre todo si se tenían que hacer de noche cuando todos los gatos son pardos. Nosotros teníamos uno llamado Arturo Queiruga Mariño, natural de la Puebla, muy buen profesional y del cual aprendí muchísimas cosas, no solamente de  los oficiales tenía que aprender en mis años de prácticas. Él me enseñó hacer costuras, gazas, piñas, la forma de encapillar un cabo cuando ya había otros encapillados y poder zafarlos sin problemas de los noráis  a la hora de zarpar, en fin, detalles que -a la larga- muestran la diferencia entre un buen profesional y otro que no lo es. Entre Alumno y Piloto navegamos juntos varios años y nos apreciábamos mutuamente. Todos estos detalles no los cuento de forma cronológica sino como se me vienen a la memoria.

Y hablando del Contramaestre, no puedo olvidarme del Carpintero, otra institución a bordo, Cándido Senande Caamaño, sin lugar a dudas gallego aunque no recuerdo el pueblo. Tipo peculiar, no pesaría más de 50 kilos, conservado en alcohol de 96º. Yo me preguntaba al principio qué puñetas tendría que hacer un carpintero en un barco de hierro, pues sí, muchísimas cosas. Trabajaba de forma independiente sin que nadie le dijera lo que tenía que hacer, siguiendo una rutina diaria salvo que hubiera cualquier cosa extraordinaria en la que tuviese que arrimar el hombro, aunque el pobre no estaba para muchos trotes. Como cosa curiosa he de manifestar que todas las herramientas de carpintería que existían a bordo le pertenecían. Entre sus cometidos a bordo: Recuerdo que cada mañana lo primero que hacía era tomar las sondas de las sentinas para comprobar si existía alguna anomalía. Sondaba igualmente los tanques de agua dulce, todo esto lo anotaba en una pizarra que existía en el puente para controlar el consumo de agua dulce. Repasaba las cuñas que servían de apriete a las barras que sujetaban a los encerados de las bodegas, quitaba y guardaba las cuñas a la llegada a puerto cuando se abrían las bodegas. Quitaba los tapones de las sentinas que eran de bronce para evitar que fueran robados y ponía unos de madera. Se encargaba de hacer la aguada. Se encargaba de hacer las encajonadas en caso necesario cuando se aflojaba cualquier remache del alguna plancha del costado. Un sin fin de detalles que lo tenían ocupado toda la jornada. Como he dicho anteriormente estaba conservado en alcohol. Pues bien, un día que se había tomado su conservante en demasía y coincidía con hacer aguada desde un remolcador-aljibe, la diferencia de altura entre el Norte en lastre y el aljibe cargado era muy grande, cuando el amigo Cándido lanzó el tirador para que desde el aljibe le amarraran la manguera, él se fue detrás del tirador con tan mala fortuna que fue a dar con todos sus huesos en la cubierta del aljibe con el resultado de las dos rotulas rotas, lo cual le proporcionó unas vacaciones indeseadas de año y medio. Durante este periodo de tiempo la plaza de Carpintero fue ocupada por su hijo, por derecho propio ya que toda la herramienta les pertenecía.

Del Calderetero ya hablé en su momento, cuando expliqué que servía como objetivo del tiro al blanco del Jefe de Máquinas.  El Contramaestre, el Carpintero, el Calderetero y el Mayordomo formaban el grupo de Maestranza que tenían comedor propio y eran servidos por el Marmitón, aunque el Mayordomo prefería  comer con el Cocinero para poder hablar de sus cosas sin ser molestados.  Los tres restantes formaban un grupo muy peculiar, la voz cantante la llevaba el Calderetero que era el más veterano del grupo y siempre estaban discutiendo.

Un día se presentó el Contramaestre protestando del Calderetero y diciendo que no comía más junto al él porque no aguantaba sus guarrerías, por lo visto el Calderetero no sabía que se habían inventado los cepillos de dientes y la pasta dentífrica y solía quitarse la dentadura delante de todos, limpiarla con una navaja y a su vez esta la limpiaba con un trozo de estopa llena de grasa, ya que solía venir de la máquina sin siquiera lavarse las manos. Toda una historia que demuestra la clase de persona que se encontraba uno en los barcos, a veces más parecido a un zoológico. Lamento terminar mi artículo de hoy con esta anécdota tan poco edificante pero de todo tiene que haber y lo hay en la viña del Señor.

Procuraré que mis próximos recuerdos sean más amenos.  



Capitán Arturo de Bonis

sábado, 18 de junio de 2016


LA VIDA A BORDO...UN POCO DE TODO.  TEMA CUATRO

Ruego que me perdonen que sea tan repetitivo en este tema de las comidas a bordo de los buques. Pero como finalizaba mi artículo anterior, el tema da para escribir mucho y malo. Yo guardo un malísimo recuerdo sobre este asunto por un hecho que se produjo a bordo relacionado con este tema.

Como comenté, se creó un equipo para que controlase al Mayordomo. El 2º Oficial era el encargado de llevar las cuentas y el libro de comidas y el subalterno que lo acompañaba solía rotar mensualmente y era el que normalmente solía ir con el Mayordomo al mercado o al provisionista. Le llegó el turno a un marinero, un magnifico profesional natural de un pueblo cercano a La Puebla de Caramiñal, no menciono nombres porque el asunto terminó de una forma muy desagradable; este marinero que resultaba ser tan buen profesional, los números no iban con él, pero su empeño por hacer bien el control encomendado era tan fuerte que se convirtió en una obsesión hasta tal punto que perdió la cabeza, incluso llegó a convertirse en violento. Su comportamiento a bordo llegó a ser insoportable y tuvo que desembarcar para ser tratado de la forma conveniente. Un hermano suyo menor que él, ocupó su plaza de forma interina. Pasaron varios meses antes de tener noticias suyas, las noticias eran que ya se encontraba restablecido y solicitaba 15 días de vacaciones para contraer matrimonio. Se le concedió y su hermano desembarcaría en el momento oportuno para poder asistir a la boda (nos encontrábamos reparando en Santander). Cuando se recibió un telegrama, pensábamos que era anunciando la fecha de la boda para que su hermano pudiera desembarcar, nuestra gran sorpresa fue que era un telegrama de sus padres comunicando que se había suicidado el día antes de su boda. Por lo visto estaba más tocado de lo que todos creíamos y todo el mundo a bordo lamentó lo ocurrido ya que siempre fue una persona querida por todos sus compañeros y por la oficialidad.

En la actualidad la mitad de la gente vive pendiente de un nutricionista y de los anuncios de la tele que hablan de calorías y nos muestran esas beldades en bañador -incluso de una pieza- que dan verdaderas ganas de seguir los consejos aunque ya la edad no da para nada de éso. Pero en los años cincuenta, que aún estábamos padeciendo las secuelas de nuestra guerra civil, hablar de calorías y otras gaitas era puramente una utopía. Lo que la gente deseaba era comer lo mejor posible y llenarse el estómago sin tener en cuenta tantas y tantas recomendaciones. Por esa razón, cuando los Sindicatos se inventaron lo del libro de control de las calorías consumidas por hombre/día y la obligación de presentarlo ante cualquier reclamación referente a la comida. Eso fue como decir: Apaga y vámonos. Todo el mundo comprendió que aquello era simplemente un ardid burocrático para parar la avalancha de reclamaciones. Cualquier cosa menos aumentar la manutención.

Recuerdo que la manutención era de 22 ptas. para los oficiales y cinco pesetas menos para los subalternos. Todos comíamos la misma comida, la diferencia entre oficiales y subalternos consistía entre el postre o el café, la verdad es que de ese detalle no me acuerdo. Pero el tema no quedaba ahí, la manutención se dividía en dos partes: la computable y la no computable al 50% que no solamente  se tenía en cuenta a la hora de confeccionar la nómina por la cuestión de impuestos, también se tenía en cuenta al liquidarte las vacaciones, solamente tenías derecho a la mitad de la manutención.

El "librito" de las calorías se intentó llevar al principio lo mejor posible. Pero no resulta difícil imaginar el engorro que suponía tener que pesar cada mañana  los alimentos que se iban a emplear para confeccionar los dos menús del día. Con el transcurso del tiempo todo el mundo estaba hasta la coronilla con esta obligación que no conducía a obtener ninguna clase de mejoría. Se rellenaban las casillas del libro a lo loco pero siempre dentro de cierta sensatez para no meter la pata en el caso de cualquier inspección por parte del Sindicato.

Teniendo en cuenta el tema de la corrupción tan de moda hoy día, no resulta nada nuevo porque desgraciadamente va aparejado a nuestra condición del ser humano. Yo nunca he dudado que entre los Mayordomos y Provisionistas siempre ha existido un acuerdo para recibir un porcentaje de las facturas presentadas. Son tan diversas las formas de defraudar en esta materia que resulta imposible controlar de forma eficaz, o te engañan en el peso, o te engañan en la calidad o te engañan el precio, pongas como te pongas si no eres un experto te la dan por los cuatro costados.

Lo único que el Mayordomo no manipulaba era el vino que los fogoneros y paleros tenían derecho de un litro por persona los días que se navegaba y hacían trabajo de calderas. Ese vino era sagrado, ellos lo compraban y lo administraban y no había nadie que se atreviese a echarle un poquito de agua, como solía suceder con el vino que se consumía en las comidas que era mitad vino y mitad agua.

Otro tema que en aquella época clamaba al cielo, era la cuestión de la “Ayuda Familiar” que no estaba unificada y que consistía en el 25% del total de la nómina, a repartir entre los tripulantes casados y con hijos, de acuerdo al número de puntos que cada uno tuviera y que dependía del número de hijos. Por consiguiente, en cada empresa y en cada buque resultaba diferente. Dándose la paradoja de que cuando un tripulante nuevo venía para embarcar, se le pedía antes el Libro de Familia que el Título o la Libreta Profesional. Recuerdo una vez que estando de salida tuvimos que embarcar a un fogonero en el puerto de Gijón por enfermedad del titular. El nuevo en ocupar plaza tenía nada menos que diez churumbeles que alimentar, al final de mes se notó el bajón que se había producido en la Ayuda familiar. Que Dios me perdone, yo siempre fui contrario a la famosa frase que tuvo a  bien lanzar un día el inolvidable Sr. Zubizarreta, diciendo que "mientras las  gallegas siguieran trayendo hijos al mundo, la flota española nunca tendría que parar", pero algunas familias se pasaban y eso que tenían la fama de que en los pueblos no quedaban hombres.

Las tripulaciones en los buques eran de muy diversas regiones españolas. Los Capitanes y Oficiales la mayoría eran de origen vasco, por la sencilla razón de que Bilbao tenía Escuela de Náutica y de que la mayoría de la grandes empresas navieras estaban asentadas en Vizcaya y por consiguiente se nutría del personal de su región, además habría que preguntarle a San Ignacio de Loyola, si sabría explicarnos el por qué : De cada familia vasca por lo menos un varón se iba a la Náutica y la mitad de las mujeres se iban de misioneras. Espero no ofender a nadie, pero en aquella época era la pura realidad. Los gallegos preferentemente ocupaban las plazas de marinería y sobre todo de máquinas, los fogoneros y paleros eran gallegos, no he conocido a ninguno que no lo fuese y además lo tenían a gala y sinceramente era de admirar la maestría con que manejaban la barra para poder quemar el carbón en esas calderas de llama de retorno, nada menos que 24 toneladas diarias. Como menciono anteriormente la marinería la mayoría también eran gallegos aunque no se descartaba encontrar de otras regiones; "falar" el gallego de los barcos se aprendía rápidamente porque casi era el lenguaje normal en el día a día. Para explicar bien este asunto no hay nada mejor que el chiste que corría de boca en boca, en el que se comentaba que: cuando Colón llegó por primera vez a América, ya se encontró con un gallego que desde tierra le gritaba en el momento de atracar “bota sisga”. El resto de las regiones españolas también han dado gente de mar pero en menor medida. Hoy éso -como todo lo demás- ha cambiado enormemente. La flota española ha disminuido tremendamente, a parte de la crisis laboral que se está viviendo en la actualidad, la verdad es que nuestra juventud (sea por la razón que sea) le ha dado la espalda a la mar, posiblemente porque en tierra hoy día las nuevas tecnologías ofrecen más aliciente y mejores oportunidades para poderse ganar las habichuelas y no tener que sacrificarse ejerciendo una profesión que como ya he mencionado con anterioridad es pura vocación y por lo visto la juventud no está para muchos sacrificios, como dice el refrán: el trabajo para los romanos.

Sin más por el momento, gracias por soportarme y hasta la próxima que seguiremos dándole vuelta al disco de los recuerdos.    


Capitán A. de Bonis       

jueves, 9 de junio de 2016

Los buques cementeros-graneleros de la Empresa Nacional Elcano S.A.



“Castillo de Javier” en Cádiz



“Castillo de Monterrey” en Port Everglades



  En 1981 Astilleros Españoles construyó en su astillero de Sestao (Vizcaya) dos graneleros-cementeros de 44.800 TPM. Fueron el Castillo de Javier y el Castillo de Monterrey. Al principio solo tenían preparadas para descargar cemento mediante medios neumáticos dos bodegas de un total de seis, durante la construcción se “apañó” también la bodega uno,  siempre fue un  problema su descarga, por lo que no eran cementeros puros,

    Tenían 189,25 metros de eslora, 31,3 de manga y 15,1 de puntal. Tenían dos motores principales diesel Burmeister&Wain 7K45GUC de 6.160 CV acoplados mediante reductora a un solo eje, que les daba unos 15,4 nudos. A esta reductora se podían acoplar también dos alternadores, con lo cual la potencia necesaria para la planta de descarga de cemento se tomaba de los motores principales. Ambos barcos fueron vendidos en 1992.

Estuve en estos barcos desde la construcción hasta su venta, el Castillo de Monterrey se entregó en Port Everglades, siendo yo capitán del mismo, creo que pasó a llamarse “Port Everglades”. El Castillo de Javier se entregó en Bilbao y estaba de capitán Ricardo Motoses Orbe, pasó a llamarse “Texas City”.

La descarga de cemento era por tubería desde el buque al silo, había mucha maquinaría en el casetón del centro del buque destinada a ello, el ruido era enorme pero  nunca tuvimos problemas por ello.

Aunque se hicieron algunos viajes esporádicos para cargar cemento a Aalborg (Dinamarca), Barcelona y Alicante, la mayoría del cemento cargado fue en Valencia, descargando en El Palito (Venezuela), Freeport (Bahamas), Jacksonville y New Orleans (USA) y Puerto Haina (Santo Domingo), la mayoría de las descargas de cemento se hicieron en Port Everglades, Port  Canaveral y Tampa.

Una vez descargado el cemento y limpiadas las bodegas empezamos a traer grano de USA, la mayoría de la veces en cargaderos en el Río Mississipi y alguna que otra vez en Norlfolk, Baltimore, Mobile, etc.

Pero a mediados de los ochenta algunos viajes de retorno a la península cargábamos pet-coke.

No me olvido de algunos viajes que la bodega uno se cargaba de cemento blanco, además de los problemas que siempre planteó para su descarga se añadía otra más, las líneas de descarga siempre tenían restos de cemento gris y había que tirar cemento blanco antes de llegar al puerto de descarga para que éste se quedase sedimentado en las tuberías y así evitar las protestas de los receptores cuando les mandábamos el cemento blanco a sus silos.

No quiero olvidarme de todas aquellas personas que tenían la obligación  de limpiar las bodegas de cemento y prepararlas para la carga siguiente, era un  trabajo tremendo, con mucho calor y humedad ambiente, por lo que sudaban muchísimo y el roce del sudor, el cemento y el mono de trabajo les producía grandes rozaduras y heridas. Hoy este buque no podría trabajar debido a las nuevas reglamentaciones.

Tampoco quiero olvidarme de los malos ratos que he pasado en los viajes desde el último puerto de descarga al siguiente de carga. Como es lógico se buscaba llegar al puerto de carga coincidiendo con la finalización de la limpieza de las bodegas de cemento, y aunque parte de esta limpieza se hacía fondeados otra parte se hacía navegando. para ello teníamos que abrir las escotillas durante la travesía, y en muchas ocasiones el buque en lastre daba unas balances muy grandes, tuvimos mucha suerte todos y nunca se nos fue una tapa de escotilla al agua, aunque muchas veces lo pasamos muy mal.

No quiero que se me pase una pieza muy útil en la descarga del cemento que había en las bodegas tres y cinco, el “gantry”, que llevaba el cemento hacía los costados donde estaban situadas las tolvas a través de las que se succionaba el cemento hacía unos acumuladores y desde allí con el aire que suministraban unos enorme es compresores se mandaba el cemento al silo.

Algunos problemas nos dieron pero se supo salir adelante, gran labor del Departamento de Máquinas.

Los Oficiales de Cubierta montaban guardias como si estuviesen en el mar navegando, aunque mucho mas pesadas, en el control existente en el casetón, con muchísimo ruido, atención a lo que estaban haciendo y calor o en caso contrario ponían el aire acondicionado existente en el control y entonces tenían mucho mas ruido.

Para los marinos es sabido que los buques que van a puertos de Estados Unidos, pasan inspecciones, éstas las realiza personal del Coast Guard, siendo de dos al año, una corta y otra mucho mas extensa. Después de estar mas de diez años haciendo estas travesías, lo que suponía una estancia en Usa cada dos meses, nunca tuvimos problemas graves y creo que no tuvimos nunca multas ni sanciones de ningún tipo, mantuvimos unas buenas relaciones con Prácticos, Autoridad Portuaria, Coast Guard, Aduanas, Inmigración, etc.

Como anécdota quiero referirme a que cuando un buque sale de cualquier puerto para otra de Estados Unidos, la compañía debe mandar una Lista de Tripulantes visada por la Embajada de Estados Unidos del país de bandera del buque, documento sin el cual Inmigración no permitía la salida a tierra de ningún tripulante.

Como nuestro viaje desde España a USA duraba menos de dos semanas, creo que nunca llegó la Lista de Tripulantes visada a tiempo, pero siempre pudimos salir a tierra.

Uno de los últimos viajes el Inspector de Inmigración se puso muy contento porque el Consignatario (Philemon), le trajo un sobre la menciona da lista, pero cual fue la sorpresa que esta lista pertenecía a otro buque de la empresa que iba a New Orleans, creo que el Castillo de Almansa.

Para terminar diré que nos dieron un a comida y pongo una foto de la placa que me entregaron como Capitán del buque Castillo de Monterrey cuando se vendió y se entregó el buque en Port Everglades. 

Estuvieron presentes en la comida personal de Fillette Green y USA Maritime pero no vino nadie de Rinker Materials y por ello comento que durante muchos años que hicimos este viaje la única atención que Rinker tuvo conmigo fue un lápiz de carpintero, no así los demás de los que siempre guardaré un gran recuerdo.

Esta es la placa dice los siguiente:



Cuando las últimas anotaciones en el diario han terminado
Con nuestros deseos de vientos favorables y
siguientes mares en todos sus futuros viajes

Y hasta que nos reunamos de nuevo

“Que el viento esté siempre a tu espalda,
que la lluvia caiga suavemente sobre ti”

Hace muchos años, cuando empezaba a navegar de Agregado, mi tío Pepe, también marino, me comentó, que los barcos por si solos son unos trozos de hierro con formas soldados sin ninguna personalidad, esta se la dan los tripulantes que los manejan, desde el primero al último, sin excepciones, por ello mi reconocimiento a todas aquellas personas con las que trabajé en estos barcos que supieron darle la personalidad, por su gran labor y profesionalidad, a todos sin excepción y si alguno guarda mal recuerdo mío que sepa que nunca antepuse mi “ego” a mi obligación



Rogelio Garcés Galindo
Master Mariner
Capitán de la Marina Mercante
Comisario de Averías
Miembro de Círculo Marítimo – Junta de Desguace

jueves, 2 de junio de 2016


LA VIDA A BORDO...   UN POCO DE TODO.   TEMA TRES

En la actualidad se han puesto de moda los viajes en CRUCEROS, esos que en una semana te prometen unas vacaciones idílicas y aquellas personas que los realizan han guardado unos recuerdos imposibles de olvidar, dependiendo de cómo les haya ido.
Yo tengo ejemplos para todos los gustos. Los que tuvieron que abandonar el viaje porque el buque sufrió una avería y los dejaron más o menos tirado en una isla griega y los que repiten porque lo han pasado bomba, recordando principalmente la noche en que se celebra la cena con el Capitán, sobre todo si han tenido la suerte de compartir la mesa.

Cuando voy al puerto y veo atracado algún ejemplar de este tipo de buque (en Málaga se prodigan muchos), como profesional que he sido de la mar, me echo las manos a la cabeza cuando veo a esos mastodontes que pueden transportar a miles de personas entre turistas y tripulantes, no solamente me rechaza la estética porque lo menos que parecen ser es un buque, más bien una enorme caja de zapatos. En realidad, resultan ser ciudades flotantes donde se encuentra de todo: desde tiendas de modas, espectáculos, restaurantes para todos los gustos y bolsillos…. Para mí, la comparación más idónea sería a la de una “Torre de Babel”, por la diversidad de razas y nacionalidades tanto entre los tripulantes como entre el pasaje. Mi experiencia profesional me haría pensar dos veces antes de apuntarme a uno de esos viajes idílicos que anuncian en la agencias de viaje.

¿Por qué menciono todo esto?, porque pienso que la gente actualmente el concepto que seguramente tienen de la profesión y la vida del marino, es la que se muestra en este tipo de actividad y que me recuerda aquella famosa serie de televisión llamada “Vacaciones en el Mar”, nada más lejos de la realidad. Si la comparamos con la época en que yo comencé a navegar, los únicos buques que solían llevar a gran número de pasajeros eran los que se dedicaban a transportar emigrantes a Sudamérica, pienso en el "Cabo Buena Esperanza· y el "Cabo de Hornos" embarcando familias enteras en el puerto de Cádiz. En la actualidad  los buques mercantes han quedado casi reducidos a los super- tanques y super-contenedores que con las grandes técnicas tanto en descarga como en navegación se han convertido en transportista de “puerta a puerta”, que paran en puerto menos tiempo que los aviones comerciales donde únicamente  las tripulaciones tienen tiempo libre para acercarse a los “free stores” a comprar algún regalito para la familia.

La marina mercante ha cambiado de tal forma que ( la verdad es que) no sé si decir que para bien ó para mal, depende de que tema se toque. La época romántica donde existía un slogan que publicitaba: “hágase marino y visitará países exóticos” está bajo llave encerrado en el baúl de los recuerdos. La generación del sextante ha sido sustituida por la del G.P.S. que la utiliza hasta las pateras que nos traen a los turistas indeseados.

Pero para intentar que se comprenda  el cambio tan enorme que ha experimentado la profesión náutica y la vida en los barcos, es por lo que voy a dedicar hoy un poco de espacio al tema. Comienzo por decir que la profesión de marino tenía que ser necesariamente una profesión vocacional, como la del sacerdocio, ya que los inconvenientes que conlleva son muchísimos más grandes que las ventajas, especialmente si nos referimos al tema familiar.

Cuando pisé por primera vez la cubierta de un buque en 1952, aparte de tener que presentar mi título de Alumno y mi Libreta de Inscripción Marítima, tuve que hacer entrega de mi Cartilla de Racionamiento que aún en aquella época estaba vigente para algunos alimentos. Eso ya indica un poco que la comida no era uno de los alicientes por los cuales se deseaba embarcar, más bien fue siempre un tema de discordia como comentaré posteriormente. Los sueldos no eran para echar campanas al vuelo. Yo, como Alumno, “disfrutaba” de una gratificación mensual (no sueldo) de 150 pesetas, me pasaba todo el día  currelando con los distintos oficiales, o pintando calados, o el disco. No tenía derecho a horas extras y el que te incluyesen en la S.S. dependía de si el Armador lo consideraba oportuno o no, ya que las leyes vigentes no lo consideraban obligatorio. El sueldo base del 3er Oficial era de 1.150 ptas., el  de Capitán si  mal no recuerdo estaba rondando las 3.000  y contando: sobordos, horas extras y ayuda familiar, la nómina al final de mes para una tripulación de 35 personas ascendía a la cantidad de 60.000 ptas. incluyendo la manutención. Si se molestan en dividir, se comprueba fácilmente que el sueldo no resultaba tampoco un aliciente para cursar los estudios de náutica y enrolarse. Como he dicho antes, solamente era cuestión de vocación por no emplear la palabra masoquismo.

Siempre he pensado que los buques, al igual que las personas tienen corazón, en el caso de los barcos tienen necesidad de dos -a mi parecer- para que todo marche como Dios manda en buenas condiciones. Uno principal: La máquina, la que marca la pauta para que el amasijo de hierro que lo compone no se pare nunca, ni de noche ni de día y el segundo no de menor importancia: La cocina. Y sobre este tema he de confesar que siempre he tenido más problemas con el segundo que con el primero. Fueron innumerables las veces, que estando embarcado como Alumno, el inolvidable fogonero Enrique Monteagudo (enlace sindical), se presentaba en la Cámara de Oficiales a la hora de la comida con su plato en la mano y en plan de reproche dirigiéndose al Capitán le preguntaba  “si consideraba que aquello era comida para un hombre” y a continuación se marchaba con la cantinela de siempre, “nos veremos en el Sindicato”.

Tengo que darle la razón al fogonero, pero no puedo culpar a nadie, ni al Mayordomo, ni al Cocinero; era lo que había en aquella época, sobre todo en los buques carboneros que se dedicaban al cabotaje, donde los sueldos eran bajos y la manutención insuficiente para dar bien de comer. Salvo en los buques que hacían viajes al extranjero y los Mayordomos se las arreglaban para obtener ciertas ganancias de forma no muy ortodoxa pero que ayudaban a aumentar la manutención, en el resto de la flota, la manutención oficial asignada de forma oficial por la Administración resultaba insuficiente para dar de comer satisfactoriamente. Sobre todo pensando en el personal de máquinas, los fogoneros y los paleros que hacían un trabajo verdaderamente penoso y agotador, ya que cada singladura se consumían 24 toneladas de carbón, cantidad que se multiplicaba por tres ya que la manipulación consistía en sacarlas de las carboneras, meterlas en las calderas para quemarlas y posteriormente sacar las cenizas y tirarlas al mar. Este trabajo era el necesario para poder conseguir la presión del vapor con que se mantenía el buen funcionamiento de la máquina principal.

La Marina Mercante estaba olvidada de la mano de Dios debido a que los Armadores formaban un grupo muy poderoso que se interponía a cualquier cambio por parte de la Administración. Los Sindicatos Verticales no servían absolutamente para nada, a todos cuantos iban a efectuar cualquier clase de reclamación, les daban la razón para quitarse el bulto de encima, tanto por la parte obrera como por la parte empresarial. ¿Qué se podía esperar de un Sindicato donde el Presidente solía ser un empresario del sector o un jefe de la Armada?. La Administración, en vez de solucionar el problema aumentando la cantidad destinada a la manutención en los buques mercantes, lo único que hacía era aumentar la burocracia, sacándose de la manga unos librejos en los cuales había que anotar diariamente los menús que se daban a bordo, con las calorías que correspondía por hombre/día y alguna chorrada más, la obligación de crear a bordo un grupo de control que acompañase al Mayordomo cuando efectuaba las compras, formado por un Oficial y un subalterno, esta era la situación en la Marina Mercante en los años cincuenta y que paradójicamente (he de  repetir una vez más como ya he narrado en temas anteriores), mi padre que era segundo oficial en el año 1936, y el primer oficial fueron acusados de socialistas por intentar ejercer un control sobre el Mayordomo, les fue retirado el título y mi padre sufrió un encarcelamiento de 5 años en campo de concentración. Este tema que da para mucho más y que para mí supone un engorro narrarlo, lo seguiré a trancas y barrancas como en la tele, comentándolo en mi próximo capítulo.

Un saludo y hasta la próxima     

Capitán Arturo de Bonis